Domingo, 22 de octubre de 2017

España, nación a medio hacer

Cuando hay un tema difícil de política le pido Pedro Zabala que me alumbre. Él ha sido profesor de Derecho en la UNED,ha vivido y vive en un lugar de cruce (la Rioja), entre Euskadi, Castilla, Aragón...

Pedro sabe bien (él es Zabala y es Sevilla) que España es una nación a medio hacer, y que de nosotros (y de nuestros políticos) depende que la hagamos nación unitaria que expulsa de sí a los distintos, o nación de naciones, incluyendo no sólo a Cataluña sino a Portugal, con lo que eso implicaría de cambio: Incluso habría que superar el término España y retomar uno más amplio, como Iberia (federación ibérica, con catalanes y portugueses, con vascos y catalanes, con andaluces, gallegos, murcianos...).

De esa forma, nuestra situación, que es actualmente un problema y un choque de falsas legalidades (o legalidades a medias), podría convertirse en una bendición, una forma nueva de vertebrar las españas o la gran Iberia, pero con libertad, sin autoritarismos, sin fijarnos en un pasado normativo, pues tenemos varios pasados, como supieron S. Albornoz y Menéndez Pidal.

De lo contrario, mientras discutimos si son galgos o podencos, sin los bancos son de Barcelona o de Madrid, llegarán otros bancos más grandes, y comerán a los de Madrid o Barcelona, porque el tema no es un nacionalismo u otro, sino una sociedad líquida, sin identidad ninguna,donde diciendo patria, patria, patria... caemos todos en la sin-patria de aquellos que no tienen otro corazón ni lugar que el dinero.

Para recordar eso he querido dejar varios mapas (en uno Cataluña es una "marca hispánica de Francia), y en otros se ven las lindes o rayas desde diversas perspectivas. Esto de ser una nación a medio hacer tiene grandes ventajas, siempre que queramos enriquecernos, buscando cada uno el bien de los otros,sin imposiciones ni insultos, sin ideas preconcebidas.

Hoy le dejo la palabra a Pedro, con tres o cuatro mapas. Gracias, amigo; un agradecimiento de todos mis lectores.

ESPAÑA: NACIÓN A MEDIO HACER (Pedro Zabala)

Aunque algunos quieran remontar nuestra historia hasta los neardentales de Atapuerca o más cerca a los Reyes Católicos, lo cierto es que la nación política española nació el 19 de Marzo de 1812, con la Constitución de Cádiz. Fruto del nacionalismo español, surgido entre los liberales doceañistas por mimetismo del jacobinismo sembrado por toda Europa por los ejércitos napoleónicos. Con ella, se marca la radical diferenciación entre los ciudadanos y los extranjeros. Estos últimos están sujetos a fuertes restricciones, con menos derechos y, a menudo, discrecionales por aplicación del criterio de reciprocidad.

En los últimos tiempos se ha vuelto a hablar con tal desmesurado énfasis de la sagrada unidad de esta nación española, que pareciera haberse retrocedido en el tiempo a los ominosos años de la dictadura franquista. Claro que con el mismo frenesí en la vieja Marca Hispánica, el nacionalismo rival tremola la bandera de una mítica Catalunya.

La pregunta clave es dónde radica la soberanía: ¿en la española o en la catalana?. Antes de meternos en disquisiciones jurídicas, habrá que formular otra pregunta clave: ¿qué vertientes abarca el concepto de soberanía, aparte de su atribución como sujeto a la nación política?.

Un territorio sobre el que se ejerce esa soberanía, demarcado por unas fronteras. Esas fronteras, delimitadas por avatares históricos diversos, pueden alterarse por convenios con otros países, de acuerdo con el Derecho Internacional. Fronteras que además de su aspecto físico, se intenta incrustarlas en la mente de los ciudadanos adoctrinándolos por todos los nacionalismos, sean estatales o no.

Unidad de Mercado, básico para la burguesía, beneficiaria de ese concepto. Por ello, se suprimieron aduanas interiores y se implantaron, con afán proteccionista cara al exterior. La Unión Europea, con la libre circulación, dentro de ella, de mercancías y capitales, ha hecho jirones esta parcela de la soberanía nacional. Con los Libres Tratados de Comercio, firmados y por firmar, se barrerán del todo. La repulsa del presidente Trump a los mismos por su nacionalismo exacerbado es la respuesta a ese aspecto de la globalización. Y la tendencia de los crecientes partidos xenófobos va en esa misma línea de reimplantarlas.

Unidad de Lengua, convertida en idioma oficial y de conocimiento obligatorio por todos los ciudadanos es otra característica. La pervivencia en nuestra Patria de otros idiomas atenúa ese rigor. Y los nacionalismos centrífugos, remedan esa misma tónica, intentando erradicar o disminuir en su territorio el español común.

Moneda Propia, perdida totalmente por la admisión del euro. Ya la soberanía nacional no puede maniobrar con una moneda propia para intervenir en la gestión económica.

Sistema fiscal único en todo el territorio. La pervivencia de los regímenes forales vascos y navarro -con su capacidad incluso de autonomía normativa en la materia-, consagrada en la misma Constitución. A ello, hay que añadir la cesión de tramos de impuestos a las Comunidades Autónomas, con capacidad de variar los tipos aplicables a los mismos.


Una escuela, financiada desde el Estado, cuyo fin principal, aparte de instruir, era adoctrinar a niños y jóvenes, en el nacionalismo español, a través de la enseñanza de una historia acomodada a esa pretensión. Cuando los nacionalismos periféricos consiguen controlar el sistema educativo de su territorio, aplican para sus propios fines la lección aprendida, a través de otra historia falseada acomodada a sus fines.

Un centro neurálgico, Madrid, en lo político, cultural, económico y de comunicaciones que van radialmente al resto del territorio. Pero en esta España de nuestro pecados, había otro rival, Barcelona, potencia económica, cultural y con capacidad de influir decisivamente en la política común. Pero esta singularidad barcelonesa, se está perdiendo por obra de un nacionalismo provinciano que está arrumbando esa pujanza.

Una Bandera Común única. ¿La hemos tenido?. Era la bandera de la monarquía contestada por la corriente republicana que alzó frente a ella la tricolor. Y en este Estado de las Autonomías, cada una de ellas exhibe orgullosamente la suya. Dándose el caso curioso de que la histórica Senyera catalana ha sido arrumbada por unas esteladas, símbolo del nacionalismo catalán. Sin olvidarnos de la de la Unión Europea que se alza junto a las otras en los edificios oficiales.

Un Himno Oficial que aquí nunca llegó a tener una letra para ser cantada. Ese Himno, la antigua Marcha Real, fue contestado desde el principio. Recordemos el Himno de Riego, cantado fervorosamente por republicanos. Y luego tenemos, más antiguos o recientes, los Himnos de las distintas Autonomías.

Un ejército, nación en armas como lo denominaba Napoleón, compuesto obligatoriamente por los varones aptos de edades jóvenes. Pero hubo las exenciones para las familias pudientes que pagaban una cuota para librarles de esa obligación, sobre todo con las guerras de Cuba y Marruecos. Ese concepción del ejército entró en crisis con la multiplicación de los objetores de conciencia -delito castigado severamente con penas de cárcel-. Fue la época de Aznar cuando se suprimió la obligación el servicio militar y pasó a estar compuesto por voluntarios. A ello se unió la admisión de mujeres en sus filas.

¿Donde reside en este Estado, cuyo nombre auténtico es Reino de España, la soberanía nacional?. La Constitución vigente en su art. 1º.2 lo dice claramente: “La soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado”, Y su artículo 66.1, añade “Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de Diputados y el Senado”. O sea que la mítica soberanía nacional del pueblo español está transferida a las Cortes Generales que supuestamente la ejercen en su nombre.

Lo que ocurre en la práctica es que vivimos en una PARTITOCRACIA. Los partidos políticos violan la Constitución por su nula o escasa estructura democrática, por la exigencia de disciplina en las votaciones de las Cámaras, ejerciendo un mandato imperativo. Hay que añadir las listas cerradas y bloqueadas, designadas por las cúpulas de los partidos, la posibilidad de agarrarse al poder durante varios mandatos; aunque a esto último quiere ponerse límite, con la feroz resistencia del partido mayoritario. A esto se une la endémica corrupción de los mismos. Y para más inri, el nombramiento de la cúpula del poder judicial por los grandes partidos. ¿Dónde están los ciudadanos libres y críticos a la hora de votar y de exigir participación superadora de la mera representación?. La mejor descripción es la que hizo recientemente el etnógrafo Félix Cariñanos con esta copla: “Esta jota catalana/yo os la dedico, majos/os ganarán los de arriba/ y perderéis los de abajo”. Y lápidariamente con estas frases certeras de la anarcofeminista, Silivia Federici: “Si las elecciones pudieran cambiar algo, la política sería ilegal... En las elecciones tú sólo decides quién te va a mandar”.

¿Pero no es la palabra PLUTOCRACIA la que mejor revela el sistema en el que vivimos?. ¿No son el Santander, BBVA, la Caixa, las grandes textiles, constructoras, telefonía, medios de comunicación... las que controlan este país llamado en España y los gobiernos, central y autonómicos, títeres que tienen que bailar a su son?.