Martes, 24 de octubre de 2017
Alba de Tormes al día

Recordando el primer Jubileo Teresiano de Alba de Tormes (1962-1963)

También entonces se abrió solemnemente la Puerta  Santa de la iglesia  del sepulcro teresiano, Madres Carmelitas (25.8.1962)

Primer Jubileo Teresiano en Alba de Tormes

Sorprendidos por lo inesperado de la concesión del Jubileo Teresiano 2017-2018, puede que olvidemos que no es la primera vez que esto ocurre. Y es que aún vivimos muchos que fuimos testigos (adultos y niños) del que podemos considerar como el primer Jubileo Teresiano concedido, también en forma conjunta, a Ávila y Alba de Tormes; esto fue con motivo del IV Centenario de la Reforma Teresiana, es decir, la fundación del primer convento reformado por Santa Teresa, que es el de San José de Ávila (24.8.1962). Sin embargo, la justificación no coincide entre ambos: ahora se hace por coincidir la fiesta teresiana de octubre en domingo (por vez primera se hace así); entonces por una razón conmemorativa y centenaria.

En aquellos años era Papa Juan XXIII, que había visitado años antes como cardenal Ávila y Alba de Tormes (25.7.1954); obispo de Salamanca era Fr. Francisco Barbado Viejo, dominico; gobernador civil de Salamanca, Don Enrique Otero Anelle;  párroco de Alba, Don Miguel Matías; priora de las monjas carmelitas, María Luz Teresa de la Eucaristía; prior de los carmelitas Fr. Ángel Manuel del Niño Jesús (Lagunas), natural de Ciudad Rodrigo; alcalde el maestro nacional Don Esteban Rodríguez Mellado.

El asunto del IV Centenario lo llevaba y organizaba una comisión nacional muy amplia, cuyo secretario ejecutivo era el carmelita Juan Bosco de Jesús Sacramentado (San Román), salmantino, una persona muy competente y eficaz. Gracias a él tenemos un Boletín a ciclostil de todo el centenario que nos informa detalladamente de su actividad y de todo cuanto se hizo en España, una auténtica fuente histórica. En este Boletín de la Junta Nacional se dice lo siguiente respecto a la petición de Año Santo o Año Jubilar: “La iniciativa, nacida en la reunión de la Junta Nacional española del pasado 28 de noviembre de 1961 tenida en Madrid, fue sometida en diciembre del mismo año al parecer del Sr. Obispo de Ávila primeramente y luego al de Salamanca. El parecer de ambos fue plenamente positivo, estando dispuestos en todo momento a formular la petición necesaria o a apoyar lo que hiciera la Orden. En un principio se pensó llevar a cabo esta solicitud solamente para Ávila, puesto que del Centenario de la Reforma Teresiana, acometida en Ávila precisamente, es de lo que se trata. Pronto se vio que era improcedente dejar al margen de la visita del peregrino y del jubileo la tumba que guarda el tesoro de los restos incorruptos de la Santa Reformadora. Y así se pensó también Alba de Tormes” (nº 2, p. 23).

Fue la Orden Carmelita la que solicitó la gracia de la indulgencia plenaria (que en eso consiste el año Jubilar, una ocasión especial de perdón) por medio de su Procurador General (3.2.1962). Y como ahora ha sido, también fue a través del dicasterio vaticano pertinente, el de la Penitenciaria Apostólica, previa audiencia y consentimiento papal, que se concedió (1.4.1962), con las modalidades propias de esta concesión. Venía firmado por el cardenal español, Arcadio Larraona, entonces Penitenciario mayor, el mismo que un año más tarde cerraría el centenario en Ávila y Alba (Agosto 1963).

Ávila y Alba de Tormes, como Roma y Compostela

La noticia salta a la prensa ya en el mes de mayo, y el citado Juan Bosco escribe un artículo para toda la prensa, especialmente para la abulense y salmantina, en el que se viene a decir: “Ávila y Alba de Tormes, como Roma y Compostela”. No exageraba, pues quería simplemente decir que al igual que los años santos romanos y el jacobeo, por la gracia especial ligada a la peregrinación, ahora también se extendía a estas dos ciudades teresianas (ver El Adelanto, 25.5.1962). Incluso se insistía en el mismo rotativo que era la primera vez que dentro de la historia de la secular  devoción teresiana tal concesión se hacía: “Estamos seguros de que nunca en su historia la villa ducal de Alba de Tormes ha sido objeto de una gracia semejante, la de convertirse en Ciudad Santa a lo largo de un año completo, al estilo de ciudades jubilares tradicionales, como Roma y Santiago. Esta gracia ha de repercutir evidentemente en la ciudad salmantina y en toda su provincia, que verán afluir muchedumbres de peregrinos españoles y extranjeros camino de la tumba de la Santa de Castilla y de España. Salamanca y Alba de Tormes deben engalanarse espiritual y materialmente con vistas a este acontecimiento espiritual de su historia” (ibid.). Y era verdad.

Por estas mismas fechas del mes de mayo se hace público el nombramiento de un Legado papal para la apertura del Año Santo por parte del Papa Juan XIII (noticia comunicada al General de la Orden Carmelita por carta privada de la Secretaría de Estado del Vaticano, 15.5.1962), y además se hizo mediante una carta apostólica (16.7.1962);  nada menos que era un cardenal, en este caso el anciano prelado Ferdinando Cento que ejercía entonces el cargo de Penitenciario mayor de la Iglesia y  Protector de la Orden Carmelita. El dato no es banal, puesto que en el reciente V centenario del nacimiento (2015-2016) no hubo legado papal, ni en la apertura ni en la clausura, y lo podemos considerar como una rotura de la tradición vaticana para estos casos.

El legado papal tenía una biografía brillante y hablaba además la lengua española. Nacido en Pollenza, Italia (10.8.1883), después de unos estudios brillantes fue ordenado sacerdote (23.12.1905) y pasó al servicio de la curia vaticana. Elegido obispo (22.7.1922), estuvo casi siempre en la carrera diplomática de la Santa Sede como nuncio en Venezuela, Perú, Bélgica, Luxemburgo, Portugal, Mozambique y Angola. Creado cardenal en 1958, el resto de su vida lo vivió en Roma, donde tuvo diversos cargos en la curia romana y adonde murió (13.1.1973). No le era desconocida España; precisamente siendo nuncio en Portugal, visitó Ávila (1953) y Alba de Tormes (29.10.1954).

Con estos pasos previos ya se pudo ir haciendo el calendario. Y así se determinó que puesto que el cardenal legado estaría en España entre los días 20 y 26 de agosto, la fecha conmemorativa principal sería la del 24 de agosto con la apertura de la Puerta Santa en Ávila, en los dos monasterios carmelitas designados, el de San José de Ávila y el de la Encarnación; mientras que el 25 se haría la misma ceremonia en el monasterio de la Encarnación de Alba de Tormes. Ambas aperturas coincidirían con la presencia del mencionado cardenal y otras autoridades religiosas y civiles, que presidirían otros actos religiosos y culturales no menos importantes.

Apertura de la Puerta Santa

Por lo que fuera, el rito de la apertura de la Puerta Santa, en ningún caso la efectuó el cardenal Cento, como era de esperar, sino los respectivos obispos diocesanos. Álamo Salazar que, además de poeta tuvo que hacer de cronista en estos días, afirma que el cardenal legado delegó en los obispos del lugar esta ceremonia. No sabemos en qué informaciones se apoya para dar tal interpretación (El Adelanto, 23.8.1962, p. 1).

Todavía podemos añadir, antes de entrar en el rito de apertura, que la reacción de la villa ante tales eventos fue inmediata y se hizo una limpieza a fondo de calles y edificios, es decir, un poner a tono todos aquellos ambientes (Puerta del Rio, Cuesta de San Pedro, Plaza de las Madres, Plaza Mayor…) que de alguna manera iban a recibir a peregrinos y a tan importantes visitantes como se anunciaban. Llama la atención el pié de página puesto a una fotografía de “Los Ángeles” en el periódico salmantino que reproduce la subida de la basílica, allí donde estuvo aquella casona, hoy desaparecida, propiedad de Alberto y Angelines Corredera: “No es sólo la cal la que está embelleciendo las casas de la villa teresiana y ducal; varias calles de Alba ofrecen ya nueva pavimentación. Se trabaja afanosamente en la retirada de escombros y materiales sobrantes, para que todo esté a punto en la jornada del sábado” (p.4). Parece que llamó tanto la atención este lavado de cara que, hasta el mismo poeta y corresponsal Antonio Álamo se atreve a escribir un artículo en El Adelanto de este título en vísperas del acontecimiento: “Fantasía albense de la cal y la capa blanca carmelita” (jueves 23.8. 1962, p. 1), donde enfatiza el color blanco de las calles elevándolo a símbolo poético del carmelitanismo de esos días: “Alba de Tormes, bajo el beso de la cal, parece una nueva Teresa de Jesús bajo la amable caricia de su capa blanca” (ibid.).

Ya hemos dicho que la apertura de la Puerta Santa en el monasterio de San José de Ávila fue el 24 de agosto de 1962, aniversario de la Reforma Teresiana, a primera hora de la mañana, oficiada por el obispo de Ávila, Don Santos Moro Briz; y lo mismo en el monasterio de la Encarnación, fuera de la muralla, ésta oficiada por el obispo carmelita de Anagni (Italia) Mons. Enrico Compagnone. A esas primeras horas del día es explicable que no hubiera mucho servicio fotrográfico, pues de hecho tenemos contadas fotografías: una en portada del diario ABC (25.8.1962), y dos fotografías de Mayoral para el acto de la Encarnación. Toda la atención se la llevó la presencia del cardenal Cento en Ávila, el pontifical presidido por él en la catedral y la procesión vespertina de santa Teresa. No le dieron mayor importancia al rito de apertura. Aunque sí hacemos notar que la apertura consistía en el retirar o correr por el celebrante un largo telón con cruz en medio que tapaba la puerta del templo. Algo parecido se hará en Alba de Tormes.

También en Alba de Tormes se repitió idéntica escena, pero en el día siguiente, igualmente acaparado en su atención por la presencia del cardenal legado ya desde esa misma mañana. Fue entonces el sábado 25 de agosto cuando tuvo lugar la jornada festiva de la apertura del IV Centenario, pero compartida por Alba de Tormes y la ciudad de Salamanca, en donde se cerraba solemnemente el Congreso Internacional de la Orden Tercera del Carmen.

En hora muy temprana se abrió la Puerta Santa por el entonces obispo salmantino, el dominico Francisco Barbado Viejo. Son muy breves y escuetas las crónicas del acto y, por las mismas razones que en Ávila, tampoco hemos logrado conseguir fotografía alguna del acto. La crónica oficial del Boletín de la Junta Nacional, lo hace con estas breves palabras, que vienen a ser parecidas a las que se repiten en los periódicos salmantinos y nacionales. Lo que nos induce a pensar que hubo un comunicado oficial servido a toda la prensa: “A las siete y media de la mañana había llegado el Sr. Obispo de la Diócesis, Dr. Barbado Viejo, O.P., que procedía en medio de gran fervor y devoción de los numerosos fieles que llenaban la plaza del convento teresiano, a la apertura de la Puerta Santa. Eran las ocho menos cuarto y la ceremonia fue sencilla. La imagen de la Santa, sacada de la clausura de las Madres a hombros de estudiantes de Teología de nuestro Colegio Salmanticense, que mantuvieron la parte musical de las ceremonias albenses, fue la primera en penetrar por la Puerta Santa apenas abierta. Inmediatamente comenzó la misa de comunión, que celebró para gran multitud de fieles el Sr. Obispo” (nº 3, p. 25).

En términos parecidos, aunque con algunos matices propios es lo que, también en forma breve, dice la prensa nacional. Reproducimos el párrafo respectivo del diario nacional ABC: “A las siete y cuarenta de la mañana llegó a Alba de Tormes el obispo de la diócesis, doctor Barbado Viejo, siendo recibido a la puerta del Monasterio de la Encarnación por el Ayuntamiento y vecindario. Acto seguido se procedió al traslado, desde la clausura del convento, de la imagen de Santa Teresa, hasta la puerta del monasterio [querrá decir: de la iglesia], donde el prelado salmantino procedió a la apertura, con el ceremonial de costumbre, de la Puerta Santa, y ofició la primera misa del día” (26.8.1962, p. 59).

Solemnidad

La escasez de material gráfico y cronístico a nuestra disposición nos obliga a hacer memoria recurriendo a otro tipo de fuentes, incluso orales. No se debe olvidar que estas fiestas de apertura coincidieron en Alba con el triduo de la Transverberación (25/27 agosto) por lo que la salida de la imagen procesional en la mañana de este día era normal, aunque no habitual por esos años en que dicho triduo se hacía con mucha menor solemnidad de lo que la hacemos ahora. Por eso, en cierta manera en aquella ocasión no dejó de ser una salida extraordinaria.

La ceremonia de la Puerta Santa se hace muy temprano, a primera hora, con el fin de dejar la solemnidad del acto para la llegada y actuación del cardenal legado desde Avila, cosa que sucedió casi de inmediato, como a las 9 menos cuarto.

Reconstruyamos el rito en la forma más cercana. El obispo salmantino y sus ministros, acompañado de las autoridades locales y del pueblo (posiblemente en presencia más bien moderada) acuden a la puerta del convento para presenciar y recibir a la imagen procesional, la cual es conducida, salvando la poca distancia que hay, al atrio de la iglesia conventual y del sepulcro. Una vez allí el obispo procede al rito propio de la apertura de la puerta que, en parte coincide y en otra parte no, con los ritos de Roma y Compostela (no se derriba la puerta, no hay martillo…). En aquella ocasión, quiero recordarlo desde lo que contemplaron mis pupilas infantiles aquel día, era un gran telón de damasco blanco el que cubría toda la puerta de la iglesia, y en medio tenía una cruz grande (queriendo imitar la puerta tapiada de las basílicas romanas y la de Compostela). Dichas las palabras de rigor (entonces en lengua latina) que provienen del salmo 117: “Abridme las puertas de la justicia, y entraré para dar gracias al Señor”, el obispo corrió la cortina blanca dejando visible de este modo jambas y dintel de la puerta de la iglesia que todos bien conocemos. Seguramente (no lo recuerdo bien) el obispo se arrodilló en el suelo orando por breves instantes, para dejar pasar por la Puerta a todo el cortejo que era precedido, en primer lugar, por la imagen de santa Teresa, seguida del obispo, autoridades, sacerdotes y religiosos y pueblo en general. Algo bien sencillo, pero significativo de lo que iba a ser este templo durante un año para los peregrinos que surcasen su entrada: lugar de acogida, de encuentro con Dios y de acceso a la misericordia y el perdón de Jesucristo que la Iglesia había dispuesto de forma extraordinaria para este año jubilar.

Y seguidamente el mismo obispo salmantino celebró la misa en el altar del sepulcro teresiano, en la que todos pudieron recibir la comunión eucarística.

La parte del coro musical y del servicio al altar estaba a cargo del Colegio Teológico carmelita de Salamanca, un grupo muy nutrido de frailes y bien preparados en la música litúrgica, los cuales dieron mucha solemnidad al acto.

Mientras que este acto fue transmitido por Radio Popular de Salamanca para todo la región y, dato curioso, con programa y guiones para toda la jornada propios del estudiante teólogo carmelita José Francisco de Santa Teresa, ya fallecido, que hizo además de locutor en el día y al que en Alba todos conocimos con el nombre poético de Francisco Soto del Carmen (1933-1988).

Y un detalle que hace perdurar todavía en nuestros días la ceremonia de aquel día. Quiero recordar que de aquel paño enorme de damasco, color blanco, de calidad y de grandes proporciones (que debió costar lo suyo… y fue regalado por la Compañía de Santa Teresa, conocidas como las Teresianas) se decidió –para no desaprovecharlo- el hacer con él dos ternos litúrgicos (casulla + capa pluvial + 2 dalmáticas y paño de hombros) para ambos conventos carmelitas de Alba. Fueron aprovechados y adaptados en el taller de ornamentos litúrgicos que entonces tenían las monjas benedictinas (Benitas) de Alba.Y esos dos ternos (confeccionados y bordados en estilo gótico, según la moda litúrgica que se iba imponiendo) durante mucho tiempo fueron los ornamentos festivos más importantes y lucidos que se usaban en las grandes ocasiones, y todavía se siguen usando de forma más habitual. Un residuo o recuerdo del primer Año Santo teresiano albense, que muchos desconocíamos!

 Ese fue en síntesis el rito matutino de la apertura de la Puerta Santa en Alba de Tormes, el cual como veremos, dio paso a una jornada teresiana compartida entre Alba y Salamanca, mucho más solemne y de más repercusión, ya que estuvo presidida por el cardenal Legado papal, Ferdinando Cento, y por el delegado del gobierno de la nación, el Ministro de Justicia, Señor Iturmendi. Actos de los que sí nos ha llegado una amplia crónica y abundante material gráfico. En forma más breve damos un resumen de los actos ocurridos en Alba de Tormes en aquella misma mañana del sábado 25 de agosto.

Hacia las 8,45 llegó toda la comitiva del Cardenal que fue recibida en la Puerta del Rio y a pié subió la cuesta de San Pedro hasta la Plaza de Santa Teresa. La crónica resume así el ambiente reinante: “El entusiasmo y júbilo del pueblo, aclamando al que venía en nombre del Señor, fue entusiasta y ardoroso. El cortejo revistió los caracteres de gala y brillantez que pueden presumirse. Al Cardenal acompañaba todo su séquito” (Boletín nº 3, p.26).

Lo primero que hizo el cardenal fue celebrar la Misa en el altar mayor del sepulcro teresiano, a la que asistieron todos los miembros oficiales del séquito (entre ellos varios obispos) y hasta el Ministro de Justicia. No aparece mucho, pero sí que este día también estuvo en Alba el Superior General de la Orden Carmelita, Fr. Anastasio del SS. Rosario, luego cardenal Anastasio Ballestrero y legado papal para la apertura del IV centenario de la muerte en Alba (1981). Las fotografías reproducen fielmente una iglesia abarrotada de fieles, para los que tuvo el cardenal unas palabras al momento del Credo. Hay que anotar que estaba presente en el crucero de la iglesia (lado de la epístola) el famoso coro de la Capella Sixtina que, dirigida por su director Monseñor Bartolucci, ejecutó varias composiciones religiosas durante la misa. La noche anterior había tenido un importante concierto en la Plaza mayor de Salamanca.

Seguidamente, celebrada la Misa, pasó el cardenal y autoridades al convento de los frailes carmelitas, en cuyo refectorio fueron agasajados con un desayuno y, además, tuvo lugar un acto muy emotivo que en Alba muchos desconocen. El Ayuntamiento en fecha anterior (15.8.1962) había decidido nombrar al cardenal legado Huésped de honor de la villa, cuyo título en pergamino encuadrado le fue entregado durante este desayuno en el convento carmelita por el alcalde Esteban Rodríguez Mellado. Y no terminó ahí la cosa, sino que además le entregó una arqueta de ébano con tierra del sepulcro teresiano, gesto que emocionó al anciano cardenal hasta el punto que no pudo contener las lágrimas. Y el mismo alcalde justificaba esta entrega diciendo: “la tierra que os ofrecemos, contenida en este cofre, es tierra de Alba de Tormes; la última tierra que pisaron las andariegas sandalias de Teresa de Jesús, conocedora de tanto camino y tanta senda… Mirad, eminentísimo Señor, si tendrá valor la tierra de nuestra villa, que fue ella lo único que Teresa de Jesús pidió a los hombres cuando le rondaba la muerte… esa tierra era la que Alba no le negó a la Santa; la misma tierra, señor, que os damos como el mejor regalo, como el más entrañable recuerdo, como el más íntimo y filial de los obsequios. La tierra de Alba no puede darse a cualquiera…” Y entre otras tantas cosas que dijo el cardenal al recibir el regalo, subrayo ésta: “Es un tesoro que me concedéis y lo llevaré conmigo como el recuerdo más precioso de esta misión que me ha conferido el Padre Santo (el Papa): Jamás esto que vivo, lo podré olvidar”. Añado el detalle de que, efectivamente, guardó a buen recaudo el cofre de Alba, y sé de muy buena fuente que había dispuesto que al momento de su muerte y entierro (13.1.1973)  aquella tierra de Alba fuera depositada en su sepultura.

Todavía le quedó tiempo al legado pontificio, acompañado de su comitiva, del Superior General de la Orden Carmelita y del ministro de Justicia, para visitar la clausura de las Madres y el sepulcro y reliquias teresianas, además de conversar y dirigir algunas palabras a las monjas. En el Libro de Oro y de visitantes ilustres del convento estampó su firma acompañada de estos pensamientos: “Llena el alma de las más dulces emociones visito de nuevo este monasterio de Carmelitas Descalzas, esta vez como Cardenal Protector y como Legado Pontificio para el IV Centenario de la Reforma Carmelitana. ¡Qué momentos de cielo he pasado con sus amadas hijas (de Teresa), que son también las mías!  Sean estos momentos un preludio de la felicidad que nos espera en el Paraíso. Os bendigo dichosísimas Carmelitas, con cariño paternal, siempre y mucho confiando en vuestras fervorosas oraciones y asegurándoos las mías, en plena reciprocidad. Alba de Tormes, 25 de Agosto de 1962” (Boletín, nº 3, p. 28).

Algo más allá del mediodía toda la comitiva partió hacia Salamanca, y la gente acompañó al cardenal hasta la Puerta del Rio, con una particularidad, la de que también se bajó con la imagen procesional de santa Teresa a despedirlo.

Fue una jornada memorable la del 25 de agosto 1962, que dio paso al año jubilar teresiano, lleno de tantos acontecimientos, visitas ilustres, peregrinaciones a nuestra villa, hasta el punto que podemos considerar este centenario como el que, de ahí en adelante,  ya regularizó el turismo religioso hacia el sepulcro teresiano, que había quedado como paralizado a causa de la guerra civil. Desde este año1962 fue ya habitual el encontrarse con autobuses y turistas entre semana por las calles de la villa. Y es que el fenómeno del turismo por aquel entonces se hacía ya notar en España y, claro está, repercutió también positivamente en Alba de Tormes.

No olvidar que dos días después, el mismo día de la Transverberación (27.8.1962), fue cuando empezó la peregrinación de la reliquia del Brazo izquierdo de santa Teresa por toda España, y que duraría hasta agosto del año siguiente, coincidiendo precisamente con la clausura de este IV centenario. Y también entonces, un año después (agosto 1963) estuvo el cardenal legado en Alba de Tormes, que fue distinto, ya que nombró el Papa como enviado suyo al español y claretiano, cardenal Arcadio Larraona. Pero esta jornada merece también otro artículo especial y sólo dedicado a ella, que dejamos para otra ocasión.

Para no ensimismarnos demasiado con estas gestas religiosas conviene no perder de vista el horizonte del panorama mundial de aquellos días que, precisamente, coinciden con la gran crisis entre Cuba y los USA, estando al frente de ambas naciones Fidel Castro y el presidente John Kennedy. Los titulares de los periódicos nacionales en estos mismos días son alarmantes: “La Habana, bombardeada por buques armados. Fidel Castro hace a EE. UU. Responsable del ataque”. Días cruciales aquellos que trajeron una situación de bloqueo entre ambas naciones que todavía hoy no acaba de superarse.