Viernes, 15 de diciembre de 2017

Con Macu y Mabel, en la Montaña del Amado. Contemplación cristiana

Es una audacia dejar todo (¡esto y esotro!) y subir a la Montaña del Amado, para escuchar lo Inefable, y decir lo Indecible, sabiendo que allí no hay camino, pues el justo para sí se es ley (camino) (Juan de la Cruz).

Y, sin embargo, eso es lo que quieren prometer y prometen Macu y Mabel este día, 4 de Octubre del 2017, fiesta de San Francisco de Asís, bajo la protección de la Madre del Carmelo, preñada de Dios, que les guía a la Montaña del Jardín de Dios (Carmelo), para entrar en su templo y con-templar al Amado (¡ojos tiene el amor, que el puro saber no tiene!).

Así lo confirma la invitación que adjuntamos con la imagen y la “leyenda”:

La Comunidad del Carmelo Seglar de Salamanca
os invita a celebrar y compartir
el rito de admisión de Mabel y la promesa definitiva de Macu.

Ésta es vuestra fiesta (Macu y Mabel), y a ella nos invitáis, y nos invita la comunidad del Carmelo Seglar. Es fiesta de la Iglesia entera, fundada por Jesús para guiar a los hombres y mujeres por las sendas que llevan al Amante (¡a dónde te escondiste...").

Una fiesta en la que Jesús os sigue diciendo y dice a todos, como un día a sus Doce, con sus amigas mujeres: Llamad y se os abrirá, buscad y seréis hallados, pedid y se os dará antes de que lo hayáis pedido. Vosotras os habéis comprometido ya, y nos animáis a seguiros en vuestro camino.

Es una audacia, como he dicho, penetrar de la mano de María en la espesura del Amadodel Carmelo, huerto y viña de Dios, más allá de todos los caminos, sobre toda ley, pues allí solo habita el Amor (que es Amante y Amado), como supieron Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, y de un modo especial Teresa de Liseux, vuestros evangelistas y testigos, este día de gozo y compromiso de ascenso y subida (dejarse subir) al Carmelo del Jardín de Dios.

Éste es un día bueno para que los lectores del blog reflexionen con vosotras y con vuestros familiares y amigos, sobre la contemplación cristiana, que no es más que abrir los ojos y ver,dejarse ver, pudiendo conocer como sois conocidas (2 Cor 13).

Por eso quiero ofreceros, con los amigos de este blog, unos reflexiones que vengo recogiendo hace ya tiempo, en algún lugar de mi corazón, con Jesús que es Amante/Amado, con Juan de la Cruz buen guía, con Teresa de Lisieux, testigo del mejor camino.

1. CONTEMPLAR ES AMAR, CON JESÚS AMIGO/AMANTE

Contemplar es “vivir en el templo de Dios” (cum templo), es decir, en la morada que Dios mismo ha puesto en nuestra vida, haciéndonos templos de su gloria. Contemplar es introducirse en el camino del conocimiento superior, de amor mutuo, descubriendo que Dios mismo nos conoce cuando en verdad nos conocemos.

Han existido en-tusiasmos (intentos de ser en Dios/Theos), con valores y riesgos distintos. Pues bien, en esa línea de contemplación cristiana ese entusiasmo es una experiencia de comunicación personal con el Dios de Jesús, de diálogo de amor con los humanos, pues en ellos está Dios, de manera que ellos (los hermanos, amigos) y Dios siendo distintos en un plano son en otro iguales e inseparable, pues el Cristo que vive en cada uno vive también en los hermanos.

En este fondo se sitúa la aportación fundamental de Jesús, Mesías de la palabra y del amor abierto a los demás, en diálogo con los necesitados de la tierra. Él ha sido y sigue siendo, con la Madre del Monte Carmelo, el camino y sentido de toda contemplación cristiana, porque él mismo es el camino y la montaña.

Muchos hombres y mujeres del tiempo de Jesús esperaban un Mesías con otras aportaciones sociales, administrativas, sacrales o militares. Jesús, en cambio, fue Mesías del amor concreto, encarnado en su vida y en su muerte, de manera que podemos llamarla el gran amigo, esposo, amante, que parece esconderse para darse de un modo más alto. Así lo muestran algunas escenas de evangelio que podemos recordar:

1. Contemplar: Y mirándole le amó: Mc 10, 21.

Un hombre se acerca y le pregunta cómo alcanzar la vida eterna. Siguiendo la tradición israelita, Jesús le recuerda que cumpla los mandamientos. El hombre confiesa que "ya los ha cumplido": sabe actuar, se ha portado bien a nivel de leyes. Pero todavía no ha llegado al plano estrictamente religioso de la contemplación personal, en gratuidad. Por eso, el texto sigue diciendo:

Jesús, mirándolo, le amó y le dijo:
Una cosa te falta:
vete, vende lo que tienes
y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo;
y ven, sígueme.

Jesús contempla (mira) y quiere al hombre que le busca y, con mirada y palabra de amor, le pide compañía. Así viene a mostrarse el primer contemplativo, aquel que nos mira en amor y nos pide que lo dejemos todo para seguirle y caminar con él, suplicando una respuesta (esperando nuestro amor).

Pero el hombre rico del pasaje no acoge la mirada de amor de Jesús, no se deja contemplar por él, no responde a sus ojos con ojos de amor: calcula sus bienes y se marcha, porque depende de ellos. Este primer "fracaso" de la contemplación cristiana, fundado en la debilidad del Cristo, que mira a los humanos y suplica su amor, sin conseguirlo, nos servirá de orientación en todo lo que sigue.

2. Mirar sin velos, mirarse en el amor (2 Cor 3).

Esta es la experiencia que Pablo ha desarrollado de manera sorprendente en 2 Cor 3, reflexionando sobre la identidad del evangelio. Él he empezado hablando de un tipo de personas que viven la religión como si fuera pura ley: no pueden contemplar a Dios, ni mirarse a la cara unos con otros, en gratuidad compartida, sino que llevan puesto un velo sobre sus corazones, de manera que cada vez que leen a Moisés, es decir, cada vez que interpretan y formulan su experiencia más profunda (2 Cor 3, 15), se ponen un velo ante los ojos, para no mirar. La religión es para ellos un signo de sometimiento. Pues bien, en contra de eso, Pablo sigue diciendo que:

Cuando se vuelvan al Señor caerá su velo,
pues el Señor es el Espíritu
y donde está el Espíritu del Señor allí está la libertad (2 Cor 3,15-17).

Eso es contemplar: Volverse al Señor, dejando que caiga el velo. Los que siguen con el velo siguen teniendo miedo, no saben que el amor consiste en contemplar en mirar, mirarse y admirarse en amor y comunicación completa, en libertad y donación de vida. Aquí se funda y expresa la luz del amor, que nos capacita para mirar a Cristo y mirarnos en respeto unos a otros. Por eso exclama Pablo, en palabra triunfante:

En cambio, todos nosotros,
contemplando sin velo en el rostro la Gloria del Señor,
nos transformamos conforme a su imagen, de gloria en gloria, según el Espíritu del Señor.

Podemos mirar sin velo al Señor, y mirarnos así, de manera transparente, unos a otros, en contemplación que es comunicación de vida, como templo que somos de Dios. Desde aquí entendemos a Jesús como aquel que mira y comunica a los creyentes lo que tiene (todo lo que es, lo que el Padre le ha dado). Por su parte, los creyentes (es decir, aquellos a quienes el mismo Cristo ha ofrecido el regalo de su vida) pueden comunicarse y/o contemplarse mutuamente, compartiendo la existencia.

Por eso, la vida espiritual cristiana es claridad personal de amor: comunicación de vida que viene a reflejarse y culmina en el encuentro de amor. Desde ese fondo es bueno evocar nuevamente la imagen del velo de 2 Cor 3):

– Velo de Dios. Una tradición religiosa común a las grandes culturas (de Grecia a la India) afirma que Dios (lo divino) se halla escondido, tras una tela o cortina que nadie puede quitar o descorrer. Ese ha sido para Pablo el límite y final del judaísmo: la misma lectura de la Ley de Moisés pone un velo sobre los creyentes. El conocimiento velado permanece en un nivel de muerte o, mejor dicho, tiene miedo de la muerte, es decir, de la destrucción radical de la persona, "pero nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos" (1 Jn 3, 14).

– Dios sin velo. El descubrimiento del sentido salvador de la muerte de Cristo (la entrega gratuita y creadora de la vida) nos permite quitar el velo, porque el amor es transparencia vital. Ese amor o comunicación entre personas es más poderosa que la muerte. Por eso, no necesitamos ya ocultarnos en el miedo, ni tememos la destrucción, porque hemos descubierto y contemplado algo más intenso y duradero que todos los poderes de la muerte: el amor mutuo.

3. Ya no os llamo siervos, sino amigos... (Jn 15, 15).

El conocimiento normal es engaño, sigue estando nublado por velo que el mismo Dios (poder fundante de toda racionalidad) pone sobre los ojos de los humanos. Por el contrario, el que ofrece el Dios de Jesús es conocimiento en transparencia: no engaña, sino que revela, no oculta sino que capacita para conocer en verdad el sentido de la propia realidad, la realidad de los demás:

Ya no os llamo siervos,
porque el siervo no sabe lo que hace su señor (Jn 15, 15a).

Muchos vivimos aún en una relación de siervo y amo, de señor y esclavo, en términos de lucha por el reconocimiento, en claves de miedo y violencia, de mentira y frustración: para valorarse a sí mismo, un humano necesita que otro humano le valore (=reconozca) y, no pudiendo conseguirlo en transparencia gratuita de amor, le esclaviza; de esa forma consigue sólo un reconocimiento parcial, que no nace del amor y libertad, sino de la imposición (el amo obliga al siervo a que le acepte).

En el principio de toda servidumbre humana se encuentra según eso la fuerza y ocultamiento del amo o señor dominante, que no mantiene relaciones de transparencia con su siervo, que no le dice lo que es (quién es), que no se entrega por amor en sus manos, esperando una respuesta. Dioses y humanos han inventado diversas formas de imposición y han dicho que son consecuencia del poder divino: uno manda, otro obedece; esta sería la más honda verdad de lo sagrado. Pues bien, tanto en plano religioso como social, se establece así una relación de opacidad, de manera que al fin ambos (amo y esclavo, dios y su devoto) se ocultan y esconden (se engañan mutuamente.
La sacralidad que surge de esta relación es mentirosa y opresora: un tipo de dios de oscuridad (sin transparencia) planea por encima del amo y del esclavo, como razón impositiva y fuente de violencia. Pues bien, en contra de eso, Jesús dice:

Os llamo amigos,
porque os he dicho (=os he dado a conocer)
todo lo que yo he recibido (=he escuchado) del Padre (15, 15b).

Lo contrario a la servidumbre y opacidad de la ley que se impone, lo contrario al "dios" del silenciamiento y el puro mandato, es el silencio para el amor y la palabra, sino la claridad de los amigos, la amistad compartida. Este es el verdadero conocimiento: la expresión de lo inefable. Lo propio de esa amistad es la transparencia amorosa, expresada a modo palabra (os he dado a conocer...), pero abierta a todos los niveles de la vida, interpretada desde el recibir, el dar, el compartir. El Padre ha dado a Jesús todo lo que tiene, Jesús lo ha recibido, pero no para encerrarlo en sí, en forma egoísta, sino para ofrecerlo y compartirlo con sus amigos.

Siglos de leyes y miedos, de sacrificios violentos y expiación por los pecados (de justicia impositiva), habían situado la religión y vida humana bajo la disciplina de la imposición violenta, del silencio y la obediencia a los mandatos exteriores. Normalmente, los mismos gestores sociales de la religión (un tipo sacerdotes y reyes) habían utilizado esa visión de Dios para imponerse con violencia sobre los demás humanos, teniendo de esa forma sometido al pueblo. Pues bien, en contra de eso, Jesús ofrece a los humanos su experiencia de Dios como libertad para (en) el amor.

4. Nadie ha visto a Dios. El Espíritu, maestro interior.

La servidumbre se define por el silenciamiento y el mandato impositivo: el amo no comparte con su siervo lo que piensa, no le dice lo que hace, no le da su corazón, ni se desnuda en amor delante suyo. Por su parte, el siervo lleva puesto ante sus ojos un velo de ignorancia, va como arrastrado, sin saber por qué, y de esa manera se somete y obedece.

La amistad, en cambio, se define en términos de comunicación: el amigo revela lo que sabe y siente, lo que puede y ama (revelándose a sí mismo, en debilidad y grandeza), a sus amigos. Por eso, cuando dice ya no os llamo siervos..., Jesús se presenta a sí mismo como amigo y redentor (fuente de amistad) para todos los humanos.

La mística se entiende, según eso, como transparencia liberadora: Jesús se muestra o revela a sí mismo, se ofrece plenamente, de manera que los suyos pueden contemplarle y compartir su vida, siendo así capaces de ofrecerla y compartirla (gozarla) mutuamente. En este fondo se entiende el texto programático de Jn 1, 18:

A Dios nadie le ha visto;
el Dios Unigénito, que estaba en el seno del Padre,
ese nos lo ha manifestado (Jn 1, 18)

Antes queríamos conocer a Dios por sacrificios de violencia, por leyes de imposición, sin conocerle nunca. Pero ahora, en el amor de Jesús, lo hemos descubierto y acogido, sabiendo que ha sido él quien se nos ha dado. Esta contemplación personal, fundada en Jesús, constituye el principio de toda libertad cristiana. Así lo ha sentido y expresado la misma Teresa de Lisieux en uno de los momentos culminantes de su vida:

"Comprendo y sé muy bien por experiencia que el reino de Dios está dentro de nosotros (Lc 17, 21). Jesús no tiene necesidad de libros ni de doctores para instruir a las almas. Él, el Doctor de los doctores, enseña sin ruido de palabras" (Ms A 83b, pág. 245).

De esa forma establece su libertad personal como fuente de conocimiento. Así lo había dicho ya, de manera convergente, el mismo Juan:

La Unción (=Espíritu) que habéis recibido permanece en vosotros
y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe,
sino la misma Unción os enseñará todas las cosas... (1 Jn 2, 27).

Esta Unción del Espíritu es el Maestro interior, es el Espíritu de Cristo, entendido como fuente de comunicación de amor, es decir, como principio y sentido del encuentro personal con los demás. Esta contemplación personal en el amor constituye la más honda verdad del cristianismo, es la esencia de la vida espiritual, tarea de aquellos que quieren ser testigos de Jesús, signo especial de su amistad sobre la tierra. Por eso, los cristianos han de ser esencialmente contemplativos: capaces de mirar a Jesús, dialogando con él.

2. MÍSTICA CRISTIANA Y CONTEMPLACIÓN. PRINCIPIOS

La mística humana en sentido extenso, desde una perspectiva de psicología y ciencia de las religiones, suele ir vinculada a un tipo de fenómenos de ruptura racional, con experiencias parapsicológicas, que muchas veces se atribuyen a la presencia e influjo de lo sagrado en la existencia humana: el místico penetra de tal manera dentro de sí mismo que supera (transforma) el funcionamiento normal de su sensibilidad y entendimiento, suscitando (descubriendo) un tipo de más hondo espacio mental en el que vienen a expresarse diversos fenómenos sagrados, que transcienden la existencia humana.

En contra de eso, la contemplación cristiana se encuentra vinculada la experiencia del Espíritu de Jesús, que brota del mensaje de su vida y del sentido de su historia (muerte, pascua) y que se expresa en claves de comunicación interhumana. Ciertamente, algunas de las comunidades cristianas más antiguas (como las de Jerusalén o Corinto) han sentido y cultivado la experiencia de un trascendimiento racional, de manera que muchos de sus miembros han "hablado en lenguas", superando el ritmo normal de la racionalidad discursiva. Pero en el centro de la experiencia cristiana no están esos fenómenos, sino la experiencia de fe, es decir, de comunicación personal con Cristo.

Es evidente que Jesús no ha sido un místico en ese sentido ordinario del término, ni ha querido que sus discípulos lo sean. Ciertamente, Él ha creído en los "espíritus" o fuerzas sagradas de tipo perverso (demoníaco) y las ha combatido con la ayuda del Espíritu de Dios (cf. Mt 12, 28), es decir, apoyándose en la fuerza divina del reino. Pero lo ha hecho para que nadie quede dominado por ellas, de manera que Pablo pudo decir que no hagamos caso a nadie ni a nadie, ni a pretendidas revelaciones de Dios, ni a palabras de ángeles o espíritus supremos, sino solo a Jesús y a Jesús crucificado por amor.

Por eso, en sentido estricto, Jesús no ha sido un místico lleno de fenómenos extraordinarios, sino un contemplativo, el contemplativo por excelencia, el hombre abierto al encuentro con los demás, empeñado en trazar cauces de amor liberado y de comunión entre los hombres y mujeres de su tiempo, empezando por los más pobres, los publicanos y las prostitutas, los enfermos y leprosos.

Ciertamente, podemos llamarle místico, pero mítico del amor que libera, es decir, creador de libertad y comunión personal, un contemplativo. En esa línea podemos presentarle como profeta del amor o mesías de la comunión humana: su palabra de Dios, su mesianismo, se identifica con el mismo gesto de la unión entre los humanos. Por eso ha entregado la vida en gesto de amor.

Su cruz no es gesto de inmersión superior o heroica en Dios, llena de gestos extraordinarios, signo de un tipo mística de voces exteriores o de toques misterio reos, sino entrega de toda su existencia por el reino, es decir, por la libertad y comunión de todos los humanos, especialmente de los más necesitados, en silencio, en esperanza.

Por eso, le llamamos el contemplativo, añadiendo que su despliegue de amor ha de entenderse en clave de diálogo personal Dios y los demás seres humanos. Contemplar es mirar con admiración y amor comprometido, en gesto gozoso que se abre a la comunicación gratuita de la vida. Contemplar es ser mirado y mirar, creando lazos de amor permanente entre los hombres y mujeres. Por eso, en sentido escrito, sólo pueden contemplarse las personas, en gesto dialogal de escucha y respuesta, en civilización de amor.

– La contemplación es la esencia más honda del mesianismo de Jesús: él ha querido a los humanos (desde Padre), les ha mirado y ha entregado su vida por ellos, para suscitar así el reino del Espíritu, es decir, de la comunión universal (=civilización de amor), sobre la tierra. Jesús ha sabido mirar y ha mirado en amor gozoso a los humanos, entregando su vida por ellos, ofreciéndoles su amor en la Pascua.

– En esa línea podemos afirmar que la contemplación constituye un elemento específico del cristianismo, pero ella es, al mismo tiempo, un fenómeno de tipo muy hondamente humano y por tanto religioso, vinculado al "ver y escuchar" en profundidad, en la línea de aquello que siempre han sabido videntes y profetas, poetas y amantes. El contemplativo no quiere explorar sin más la hondura de su mente, ni busca el misterio general de lo divino, sino que abre los ojos y oídos, para dejar que la realidad de los demás le alumbre y acompañe.

– El contemplativo no planea fenómenos psíquicos o mentales del misticismo, sino que quiere dejarse transformar por el poder y belleza de la realidad que sale a su encuentro y le habla, especialmente a nivel de encuentro humano. No se evade del mundo para encerrarse en el vacío de su mente, sino que admira el mundo, ama a las personas, dejándose amar por ellas. No se impone sobre las cosas, sino que deja que ellas le llenen e interroguen, le impresionen y transformen .

El contemplativo es un hombre o mujer que sabe mirar y admirar, dejando que le miren y admiren, desarrollando así la propia vida en contacto con la realidad entera (con los demás) y con el mismo ser de lo divino. En esta línea podemos afirmar que los grandes salmos de la liturgia de Israel son de tipo contemplativo, no místico. De manera consecuente, el mismo Jesús aparece como contemplativo cuando dice ¡mirad los lirios del campo...! (Mt 6, 23-32).

El místico puede acabar siendo un solitario, alguien que explora su propio misterio divino, buscando su hondura superior, un nivel de realidad que sobrepasa el nivel sentimientos y deseos de la mente. Por el contrario, el contemplativo está siempre abierto al encuentro personal: sabe mirar con intensidad, descubre y admira el valor de los demás, pudiendo avanzar así en la línea del diálogo personal, del amor mutuo.

Quizá pudiera decirse que un tipo de místico puede acabar amando su propia verdad interior (o su vacío). Por el contrario, el contemplativo está preparado para amar a los demás en cuanto tales, pues goza al mirarles y goza al dejar que ellos le miren. Lógicamente, para que culmine y alcance su plenitud, como hermana de la amistad y/o el amor, la contemplación tiene que ser recíproca: mirar y ser mirado, amar y ser amado.

Por eso, decimos que el evangelio, buena nueva de reino, ha sido y sigue siendo una experiencia contemplativa. Jesús ha buscado a los hombres y mujeres de su entorno, les ha ofrecido amor en gesto poderoso de transformación y ha dialogado con ellos por encima de todas las posibles leyes que separan y distinguen a unos de los otros. Estrictamente hablando, él ha sido un contemplativo en el mundo. Así ha desplegado el amor como mirada directa, diálogo de amistad fundada en Dios, en transparencia fuerte, desde el centro de una sociedad convulsionada por todas las imposiciones y mentiras del mundo. Por eso, la herencia de su reino (su Espíritu) debe expresarse en formas de comunicación contemplativa: en diálogo de amor inmediato, de mirada a mirada, de corazón a corazón.

Por eso, sabiendo mirar a Jesús en clave de amor, el contemplativo cristiano ha de expresar y expandir su mirada en apertura hacia los hombres y mujeres que viven a su lado, en comunicación gratuita que puede interpretarse en claves de enamoramiento. Lógicamente, los grandes creadores cristianos han desarrollado la contemplación cristiana en formas de diálogo con Jesús. Entre ellos citamos a Ignacio de Loyola y Juan de la Cruz.

3. DE LA MANO DE TERESA, CON JUAN DE LA CRUZ (E IGNACIO DE LOYOLA)

En esta línea deberíamos situar a Teresa de Jesús, la contemplativa por excelencia, mujer de hondos fenómenos “místicos”, pero al fin y a la postre una gran contemplativa, sin más amor que el de la humanidad de Jesús, en cuyas manos ha puesto su vida. Pero hoy quiero citar más bien a Juan de la Cruz, que ha sido quizá el mayor contemplativo un genio de la poesía, que expresa la experiencia del amor enamorado, la contemplación de Jesús como amado/amigo en su Cántico espiritual.

El tema de fondo su proceso contemplativo es el mismo de Ignacio de Loyola (ambos buscan el encuentro con Jesús), pero los matices y momentos del camino se distinguen.

– Ignacio ha querido destacar uno por uno los momentos de la vida de Jesús, a fin de que por ellos quede fundada y transformada en amor la vida del creyente, a quien ofrece unos "ejercicios" espirituales.
– Por el contrario, Juan de la Cruz no siente la necesidad de ir distinguiendo los momentos, pues todos se encuentran centrados en la experiencia básica de Jesús amado/amigo que transforma en amor al creyente.

Los dos son enamorados, pero de un modo distinto. Ignacio es enamorado activo, que cumple las tareas del amigo, que se compromete a seguir su camino, realizando su tarea eclesial. Por el contrario, Juan de la Cruz es simplemente enamorado: por eso, en el centro de su Cántico ha puesto la exaltación del lecho del amor, lugar de encuentro florido, "de cuevas de leones enlazado, / en púrpura tendido..." (Cántico B 24). Por encima de la acción está el descanso, el sábado del júbilo gozoso de la vida.

Frente a los ejercicios de Ignacio, fundados en Jesús y abiertos a la tarea pastoral dentro del mundo, Juan de la Cruz ha desarrollado sólo el ejercicio del amor. No necesita conquistar el mundo, no quiere cambiar las condiciones de la tierra. Le basta con amar. Contempla a Jesús y se deja contemplar por él, iniciando un camino de profundización afectiva y gozosa que culmina en el enamoramiento:

Gocémonos, amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura (Cántico B 36).

No tienen que hacer más: simplemente mirarse uno al otro, contemplarse en la más honda soledad del enamoramiento. Vámonos a ver..., esta es la palabra clave. Esta es la culminación del camino: la hermosura del amado hace que ambos puedan contemplarse y gozar, mostrándose uno al otro lo más hondo que tienen (¡aquello que mi alma pretendía!: Cántico 38). Desde ese fondo han de entenderse unos versos del Cántico Espiritual, que Teresa de Lisieux (Ms A, 83r, 244 ) tomará como inspiración y sentido de su camino espiritual:

En la interior bodega
de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega, ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía.

Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal en su servicio;
ya no guardo ganado,
/ ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amor es mi ejercicio (Cántico B 26, 28).

Difícilmente podría hallarse una expresión más bella de la experiencia contemplativa, del amor enamorado. Para Juan de la Cruz, Cristo es principio y centro de toda comunicación interhumana. Por eso, en la cumbre de la vida ha colocado la experiencia de bondad y gozo humano, el canto a la vida (¡la dulce filomena!: Cántico 39), al interior de una humanidad ya reconciliada, transformada por amor, en visión espléndida de paz universal, donde se juntan y culmina todas las realidades de la naturaleza y de la historia (y el cerco sosegaba, / y la caballería / a vista de las aguas descendía: Cántico 40).

Ni Ignacio ni Juan de la Cruz han sido místicos en el sentido usual de la palabra, sino contemplativos cristianos. Los dos han centrado su vida y proyecto en el amor de Jesús. Los dos han trazado un camino de encuentro con Jesús, es decir, un programa de espiritualidad muy influyente dentro de la iglesia. Para Ignacio, ese encuentro con Jesús se expresa en unos Ejercicios espirituales, dirigidos a cambiar el mundo en Cristo. Para Juan de la Cruz, la contemplación va vinculada a un Cántico espiritual, dirigido a ensalzar las grandezas del amor enamorado.

Ellos no han buscado el vacío de la mente, no han puesto de relieve los fenómenos de transformación de los sentidos o la inteligencia, sino sólo el amor que transforma la vida. Buscan a Jesús y disfrutan de su contemplación, transformando con ella su existencia. Uno y otro desean y contemplan al amigo, acentuando en cada caso unos rasgos diferentes. Ignacio le interpreta como Señor o Capitán que pide nuestra colaboración para culminar su tarea. Juan de la Cruz le ha visto y encontrado como amado del alma (y esposo), en simbología de fuerte raigambre bíblica.

Podemos dejar un poco al lado los matices de cada contemplativo, pues están determinados por su propio trasfondo cultural. Pero ambos, cada uno a su manera, nos mantienen en el centro de la contemplación de Jesús, vinculados a su historia. Ni uno ni otro intentan dejar este mundo, ni uno ni otro han querido olvidarse del Jesús concreto, predicador del reino, amigo crucificado de los humanos. No abandonan lo humano para buscar a Dios en el vacío superior de una mente que pretende hallar sus raíces supra-racionales, sino que encuentran a Dios en la humanidad concreta de Jesús, en camino de contemplación evangélica.

4. TERESA DE LISIEUX, CONTEMPLACIÓN DE AMOR. CONCLUSIONES.

Pero no quiero terminar con Teresa de Jesús, ni con Ignacio de Loyola o Juan de la Cruz, sino con Teresa de Lisieux, cuya fiesta hemos celebrado hace tres días. En un sentido profundo, ella no ha hecho nada extraordinario. Simplemente se ha dejado querer y ha querido. Este es su secreto, esta su más honda palabra dentro de la iglesia, en apertura de amor al conjunto de la humanidad.

Ciertamente, muchos piensan que el amor es imposible. Pues bien, desde su frágil condición humana (femenina), Teresa nos ha dicho lo contrario: la aventura del amor es posible, merece la pena. Ha vivido el riesgo del amor y lo ha expresado, muriendo en el intento. Me parece una contemplativa ejemplar para nuestro tiempo:

1. Yo nunca le he oído hablar.

Teresa de Lisieux no apela nunca a revelaciones directas de Dios. Muchos santos antiguos las tenían (decían tenerlas) y se guiaban por ellas. Pues bien, en contra de eso, ella afirma seriamente que no ha tenido tales revelaciones. Yo nunca le he oído hablar, es decir, nunca he tenido una revelación directa de Dios. Estamos, según eso, en plena modernidad, en el contexto de una razón que no admite ya la presencia de revelaciones especiales y distintas de Dios. Teresa es sincera: no tiene pruebas exteriores, no apela a milagros.

Comprendo y sé muy bien por experiencia que "el reino de los cielos está dentro de nosotros" (Lc 17, 21). Jesús no tiene necesidad de libros ni de doctores para instruir a las almas. Él, el Doctor de los doctores, enseña sin ruido de palabras... Yo nunca le he oído hablar, pero siento que está dentro de mí, y que me guía momento a momento y me inspira lo que debo decir o hacer. Justo en el momento en que las necesito, descubro luces en las que hasta entonces no me había fijado. Y las más de las veces no es precisamente en la oración donde esas luces más abundan, sino más bien ben en medio de las ocupaciones, día a día... (Ms A 83v, 245).

Todo es natural en ella: no hay éxtasis, toques interiores, revelaciones especiales. Ciertamente, ella se deja acompañar por algunos sueños, por pequeños signos... Pero sabe que todo eso pertenece al mismo despliegue de su vida, que en un sentido todo es natural y puede explicarse desde condiciones físicas o sociales. Esta es la paradoja central de su vida.

– Por una parte, ella sabe que el mismo Jesús la va guiando, como maestro interior, en camino de intensa maduración espiritual y/o humana.

Por otra, ella está convencida de que todo en su vida es natural, de manera que, en ciertos momentos, siente muy fuertes tentaciones de pérdida de fe. No tiene necesidad de apelar a ningún tipo de Diablo, ni a pruebas exteriores. Esta es la misma condición de su vida. El amor no puede apelar nunca a demostraciones exteriores. Su demostración no es otra que el mismo recorrido del amor. Así acaba ella, la maestra Teresa de Lisieux, caminando por una vía oscura, en fuerte fe.

En otro tiempo, la fe había sido para ella una condición natural de la vida, como algo que no podía ni siquiera discutirse. Pero al llegar al nivel del amor final, ella tiene que ir descubriendo que el amor no se prueba... Ha sido hermoso que así fuera. Nosotros, hombres y mujeres de finales del siglo XX, que ya no creemos en ninguna revelación extra-natural de Dios (apariciones, palabras que nos vienen de fuera...), nos sentimos vinculados a la historia de soledad y amor de Teresa de Lisieux.

2. ¿Holocausto de amor? El paso a la gratuidad.

Teresa de Lisieux ha vivido en un tiempo de victimismos: le han dicho por diversos lugares que la perfección de las almas grandes consiste en entregar la vida y dejarse morir, en manos de la justicia de Dios, para así reparar las ofensas que en contra de ese Dios han cometido los infieles. Pues bien, dirigida por su propia inspiración espiritual, sin grandes maestros (confesores exteriores) que puedan dirigirla, ella ha superado en amor ese camino del victimismo.

Este año, el 9 de junio (de 1895), fiesta de la Santísima Trinidad, recibí la gracia de entender mejor que nunca cuánto desea Jesús ser amado. Pensaba en las almas que se ofrecen como víctimas a la justicia de Dios para desviar y atraer sobre sí mismas los castigos reservados a los culpables. Esta ofrenda me parecía grande y generosa, pero yo estaba lejos de sentirme inclinada a hacerla.

"Dios mío, exclamé desde el fondo de mi corazón, ¿sólo tu justicia aceptará almas que se inmolen como víctimas...? ¿No tendrá también necesidad de ellas tu amor misericordioso...? En todas partes es desconocido y rechazado..." "¡Oh, Dios mío!, tu amor despreciado ¿tendrá que quedarse encerrado en tu corazón? Creo que si encontraras almas que se ofreciesen como víctimas de holocausto a tu amor, las consumirías rápidamente. Creo que te sentirías feliz si no tuvieras que reprimir las oleadas de infinita ternura que hay en tí..." "Si a tu justicia, que sólo se extiende a la tierra, le gusta descargarse, ¡cuánto más deseará abrasar a las almas tu amor misericordioso, que se eleva hasta el cielo...!". (Ms A, 84r, 246)

De esa forma, Teresa de Lisieux ha superado el victimismo latente en la teología del XVIII y XIX, especialmente en Francia. Su Dios no necesita que le aplaquen, que apaguen su furor, pues no es un Dios de iras y furores. Lo que Dios busca es solamente amor, el gesto de aquellos que acogen su gracia y viven según ella. El Dios de Teresa de Lisieux es sólo signo y principio de amor: no quiere víctimas, sino todo lo contrario; no le hacen falta sacrificios de ningún tipo, pues lo que Él quiere son amigos: personas que acojan su ternura y le respondan con ternura, por el simple gozo de amar; personas que escuchen su palabra de amor y respondan ofreciendo amor a los hermanos, pues, como Teresa de Lisieux repite muchas veces: "el amor sólo con amor se paga".

3. En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor.

Teresa de Lisieux quiere alcanzarlo todo: su vocación de amor no se contenta con ninguna vocación aislada, con ninguna tarea limitada. Así quiere ser, al mismo tiempo, carmelita, esposa y madre... Quiere ser guerrero y sacerdote, zuavo pontificio y apóstol, doctor y mártir (cf. Ms B, 2v y 3r, 258-259). La respuesta se la ofrece Pablo en I Cor 12-13 cuando, tras haber presentado los diversos carismas de la iglesia, los vincula en el amor como carisma central y más alto:

La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes miembros, no podía fallarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor...
Entonces, al borde mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!! (Ms B, 3v, 261).

Teresa de Lisieux no sabía quién era, buscaba una tarea propia sobre el mundo: Dios mismo se la ha dado, ella la ha encontrado y sabe desde ahora para siempre, con Juan de la Cruz, "que ya sólo en amar es mi ejercicio". Ella no dice simplemente que estará llena de amor, sino algo más directo y grande: yo seré el Amor.

De esa manera, en realidad, al menos en forma proyectiva, ella se identifica con el ser/amor de Dios, es decir, con el Espíritu Santo. Algo semejante han dicho, en perspectivas distintas, místicos de tipo hindú y musulmán e incluso una gran serie de cristianos "heterodoxos" que, en formas distintas, han afirmado ser el Paráclito o Espíritu Santo (de Montano, Mani y Mahoma a diversos espirituales modernos).

Es evidente que la afirmación de Teresa de Lisieux puede y debe interpretarse en perspectiva ortodoxa católica, pues todos los cristianos nos identificamos de algún modo con el Espíritu Santo, todos podemos y debemos decir, como ella, Yo soy el Espíritu Santo. Pero tomada en sí misma ella resulta ambiguamente rica y polivalente. Al presentarse como Amor ella supera de algún modo los condicionamientos y tensiones de la historia, para introducirse en el misterio divino .

Como muchos grandes textos de la tradición cristiana, este puede interpretarse de forma "heterodoxa". Sacado de su contexto histórico y situado en una perspectiva distinta, podría haber sido condenado por los inquisidores más o menos oficiales de las iglesias (cristianas y musulmanas, por recordar aquí al famoso Al Hallah Husay de Persia, asesinado hacia el 920 por identificarse con el Amado divino).

4. Yo te he glorificado en la tierra, he coronado la obra que tú me encomendaste.

En el pasaje anterior, Teresa de Lisieux se identificaba de algún modo con el Espíritu Santo, apareciendo como Amor dentro de la iglesia. Pues bien, ahora, en la culminación del Ms C, en el momento más lúcido y final de su existencia, en una especie de Oración Sacerdotal de despedida, ella se identifica con Jesús y asume como propias las palabras de la gran oración sacerdotal del Cristo, que eleva Padre su plegaria en favor de todos los humanos.

Externamente hablando, Teresa de Lisieux cuenta con muy poco: dos hermanos misioneros a quienes acompaña con su oración, un grupito de novicias a las que dirige en su camino de vida religiosa (cf. Ms C, 33v, 321). Sin embargo, internamente, por solidaridad personal y cuidado cristiano, ella se siente responsable de toda la iglesia, de la humanidad en su conjunto (incluso de los no creyentes, pues ella misma se siente con ellos no creyente, en la prueba fuerte de la noche y silencio de la fe). Y de esa forma, como nuevo Cristo, eleva al Padre, haciendo suyas las mismas palabras de Jn 17:

Amado mío, yo no sé cuándo acabará mi destierro... Más de una noche me verá todavía cantar en el destierro tus misericordias. Pero, finalmente, también para mi llegará la última noche [Última cena de Jesús y de Teresa], y entonces quisiera poder decirte, Dios mío: "Yo te he glorificado en la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. He dado a conocer tu nombre a los que me diste. Tuyos eran y tú me los diste. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de tí, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido y han creído que tú me has enviado. Te ruego por éstos que tú me diste y que son tuyos"...
"Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo y que elm undo sepa que tú los has amado como me has amado a mi".
Sí, Señor, esto es lo que yo quisiera repetir contigo [con Jesús] antes de volar a tus brazos. ¿Es tal vez una temeridad? No, no. Hace ya mucho tiempo que tú me has permitido ser audaz contigo. Como el Padre del Hijo Pródigo cando hablaba con su Hijo mayor, tú me dijiste: "Todo lo mío es tuyo" (Lc 15, 31). Por tanto, tus palabras son míos y yo puedo servirme de ellas para atraer sobre las almas que están unidas a mí las gracias del Padre celestial...
Madre querida [la M. Gonzaga, superiora del convento], vuelvo a estar con usted. Estoy asombrada de lo que acabo de escribir, pues no tenía intención de hacerlo. Ya que está escrito, habrá que dejarlo (Mc C, 34v y 35r, 323-324).

Es evidente que Teresa de Lisieux se identifica funcionalmente con el Cristo pascual. La historia de la entrega de Jesús se vuelve así su historia, las palabras de Jesús son su palabra. Sin duda, ella se siente dentro de la iglesia católica y el acepta el ministerio parcial de sus sacerdotes. Pero, estrictamente hablando, ella actúa como Gran Sacerdote de la humanidad entera. Por eso, asume la palabra de Jesús y, en una especie de Gran Liturgia universal, ella se presenta en amor ante Dios Padre, llevando en sus manos y en su corazón el sufrimiento y búsqueda de todos los humanos.

Esas palabras de Jesús en Jn 17 son muy conocidas: las saben de memoria y las repiten muchísimos cristianos. Pero Teresa de Lisieux las hace suyas y las proclama de nuevo, en la noche de su vida (como si fuera la noche de Jesús), sin glosa ni comentario, tal como son: palabras de entusiasmo amante y de amorosa entrega de la vida en favor de los demás. Estas palabras de la gran Consagración Sacerdotal de Teresa pueden y deben conservarse en el centro de la iglesia, no como pura "intimidad privada", exageración

Desaparece de algún modo su distancia con respecto a Cristo. Ella misma es Cristo, es mesías de la nueva humanidad abierta al amor. Ciertamente, no niega la mediación concreta de los ministros oficiales de la iglesia, pero la sitúa, al menos estructuralmente, en un segundo lugar. Teresa de Lisieux ha venido a presentarse como Cristo viviente, en el corazón y centro de la iglesia. No es simplemente el amor como en el texto previo, sino que es Cristo, fuente del amor, es la oración personal elevada ante el misterio.