Viernes, 15 de diciembre de 2017

El drama

Somos bastantes los que a estas alturas estamos preocupados, rondamos el pesimismo y esperamos con alarma los siguientes pasos de esta historia triste que se desarrolla ante nuestros ojos ya desde hace años, pero con intensidad desmesurada sobre todo desde hace unas cuantas semanas, y en especial en la última.

Los errores han sido muchos. Sin duda lo fueron emprender un camino hacia la revolución con una exigua mayoría parlamentaria, que además no era reflejo de una mayoría de votantes; también retorcer el procedimiento parlamentario para aprobar una ley de referéndum y una llamada “ley de desconexión” contrarias, con toda evidencia, al ordenamiento jurídico vigente en Cataluña -Estatuto incluido-; pretender jugar al gato y al ratón con el Estado como si de un juego de niños se tratara; confiar en un etéreo y desconocido apoyo internacional, y aún otros más que tampoco hace falta desmenuzar por conocidos.

Pero las equivocaciones no están todas en un lado. Dista de ser acertada una política pusilánime que se esconde detrás de la sacrosanta ley y deja a los pies de los caballos a jueces y a policías, con la inefable ayuda de un Fiscal General del Estado con tendencia a la extralimitación. Confunde también toda esta prensa que nos da sólo una visión de lo sucedido, exagerando sólo una parte del problema, para ponerse al nivel de otras tergiversaciones opuestas. Parte de la prensa internacional -nada sospechosa-, lo ha puesto de manifiesto para vergüenza propia y ajena. Yerra, en mi modesto parecer, quien no tiene prudencia alguna en utilizar públicamente ese lamentable lema bélico de “a por eeeelloooos, oé”, que ni para el deporte debería valer. Y con todos los respetos que el Jefe de Estado merece, tampoco creo que acierte el Rey al abandonar su función constitucional moderadora y centrar su alocución excepcional, con gesto crispado, en las deslealtades e infracciones -que, no hay duda, saltaban a la vista-, en lugar de hacer un esfuerzo para llamar a la tranquilidad y a sosegar de modo urgente las pasiones y los enfrentamientos.

Hablemos también de las banderas. Quien haya visitado en los últimos años Cataluña ha podido ver numerosas banderas independentistas colgadas de diversos balcones; estas últimas semanas han brotado en los de muchas ciudades de todo el país banderas españolas. Me han pasado por uasap imágenes burlescas contra banderas varias. Si las pusiéramos todas una al lado de la otra, tendríamos para varias antologías del disparate. Pero me niego a usar las banderas como arma arrojadiza, me niego a agredir con la bandera. Por eso en mi balcón no cuelga ninguna. Hasta que haya motivos para creer en un símbolo de integración y de encauzamiento no voy a esgrimirla con orgullo. No me gustan las banderas como muestra de ardor guerrero y de imposición, las defiendo como expresión democrática de acuerdo y de adhesión.

Y hablemos de las manifestaciones. De hecho, en mi opinión lejana, lo que ocurrió el 1-0 fue exactamente eso: una manifestación dispersa de los que defendían el derecho a votar. Todos sabían que eso no era un referéndum verdadero y con las mínimas garantías exigibles, pero bastantes querían hacer ver su disposición a ejercer lo que llaman “el derecho a decidir”. Tras algunos desafortunados sucesos de ese día y de los siguientes -de un signo y de otro-, continuaron las reuniones callejeras más o menos masivas para proclamar públicamente posiciones políticas contrarias. Visto con perspectiva, me da la impresión de que por estas vías se pretende demostrar lo que hubiera sido más fácil con una votación pactada: quién tiene la mayoría, y de qué tipo de mayoría se trata. Recordemos que, para decisiones trascendentales, no bastan mayorías simples.

Así pues, estamos ante un grave problema político que se ha enconado y que algunos pretenden resolver simplemente con testosterona. Por si esto no bastara, incluso algunos cargos públicos han hecho gala de sus limitadas capacidades, hablando de “paripé” y de “farsa”, en lo que es, de nuevo, más una muestra obvia de “wishful thinking” que de disposición a ser conscientes de una realidad que anda sobrada de emociones desbordadas que precisan de alivio por la vía de la argumentación pacífica.

En definitiva, ni paripé, ni farsa. Estamos metidos en un desgraciado drama, que por nada del mundo debe convertirse en tragedia. Señores, apliquen la moderación y la sensatez a todo esto de una vez.