Domingo, 17 de diciembre de 2017

Al borde del abismo

Me he resistido hasta ahora a tocar el tema del problema de Cataluña por lo resbaladizo y dificultoso del mismo. Pero, en este momento, estamos ante el único tema y no se puede obviar. Haremos algunas reflexiones personales y las compartiremos, por si a alguien le puede ayudar a aclararse.

El problema catalán viene de lejos. En realidad, del momento mismo de la transición y de la elaboración de la Constitución Española, año de 1978, cuando, por las tensiones con los grupos nacionalistas, se dejó abierto el título octavo sobre el estatuto de las autonomías o, como se lee en la Carta Magna, sobre la organización territorial del Estado.

Se podrían haber realizado reformas posteriores sobre este título, aclarándolo y dejando patente cuáles son las competencias de las autonomías y las propias e intransferibles del Estado. La ambigüedad se ha ido complicando con el tiempo cuando, por interés de los partidos mayoritarios que necesitaban el apoyo de los partidos nacionalistas, se les ha ido concediendo todo tipo de competencias y exigencias.

En el caso de Cataluña, aparece ahora el gravísimo error que se cometió con el traspaso de las competencias de educación, prescindiendo, además, de todo tipo de control superior, de modo que, estableciendo el propio relato de la historia y usando el idioma catalán con uso exclusivo y aun con punición del idioma castellano en la escuela y en la vida ordinaria, sobre todo comercial, han ido afirmando la propia identidad excluyente, hasta llegar a esta situación de independentismo.

Llegados a esta situación, a punto de declararse la república independiente de Cataluña por decisión unilateral, nos encontramos ahora con no saber qué hacer o cómo proceder para hacer entrar en cordura a los grupos separatistas, que incluso están saltándose las normas constitucionales y las decisiones de la justicia.

Se han creado sus propias normas legales, y a duras penas van llevándolas a cabo, aun saltándose el propio estatuto catalán y los reglamentos, hechos a su medida, del propio Congreso de Cataluña.

¿Qué hacer ahora? ¿Por dónde empezar? ¿Cómo reconducir la situación para restablecer el orden constitucional asaltado y transgredido?

Para algunos no hay más salida que la apelación a un diálogo que no se sabe con qué contenido ni con qué autoridades y condiciones se pueda realizar. ¿Habría que recurrir a algún tipo de mediación externa? No parece que se esté en disposición de aceptar estas mediaciones ajenas. Además, ¿cómo se puede llevar a cabo un diálogo que se pretende llevar adelante imponiendo por una parte la conclusión deseada, en este caso, la separación unilateral?

Las mismas instituciones religiosas y eclesiales se encuentran concernidas, y en muchos casos politizadas y con una postura clara y decididamente partidista. A duras penas se han logrado pronunciamientos comunes por parte, tanto de los obispos catalanes, como de la Conferencia Episcopal Española.

Y de hecho hemos contemplado la implicación de sacerdotes, religiosos y religiosas, parroquias y otras instituciones implicarse en el proceso del pretendido referendum de autodeterminación. ¿Es que el evangelio y la doctrina social de la Iglesia no tienen nada que decir sobre estas cuestiones? Seguramente que sí, pero cada uno lo interpreta a su manera y lleva el agua a su propio molino.

Prescindiendo de identidades nacionalistas de exclusión, el evangelio de Jesús se orienta en la línea de la unión, del amor y de la solidaridad. Las separaciones y los enfrentamientos, así como la insolidaridad con los más desfavorecidos, no son de recibo de acuerdo con la doctrina unificadora del evangelio de Jesucristo.

Ya sé que lo que estoy exponiendo es muy discutible, o por lo menos no se puede afirmar con argumentos rotundos. El evangelio no es una verdad matemática o medible, sino que ha de percibirse desde una actitud de sencillez y mirada infantil, sirviéndose de la luz interior de la fe.

En este momento, nos hallamos todos en España, y en parte también en Europa y en todo el mundo, afectados por el vértigo de lo que parece incorregible por decisión del sentido común, y nos encontramos al borde del abismo, de donde, si se da el paso de la declaración unilateral de la república de Cataluña, será muy difícil salir luego y ayudar a hacer venir las aguas a su cauce.

Ni las declaraciones solemnes de nuestro presidente y de nuestro rey, ni menos las proclamas del presidente Puigdemont pueden hacer mucha mella en los catalanes ni en el resto de los españoles. ¿Qué pasos estará dispuesto a dar nuestro gobierno y con qué apoyos contará para hacerlo? No quisiera yo estar ahora en la piel de Mariano Rajoy. Ojalá el sentido común, el seny catalán, y el espíritu de apertura, generosidad y solidaridad, nos lleven a un reencuentro entre todos los catalanes y el resto de los españoles, y podamos seguir estando orgullosos de nuestra capacidad de recrear el espíritu democrático y las vías de una auténtica convivencia.