Domingo, 22 de octubre de 2017

Cuanto más conozco la política...

Lo siento. Pido perdón de antemano pues este post será injusto para aquellos políticos que no utilizan argumentos que, puestos en boca del contendiente, refutarían. También para esos que reconocen errores en público en oraciones que no son adversativas, es decir, que no incluyen “peros” a continuación. También para todos los políticos que no toman una pequeña parte del todo y la amplían con efectos metonímicos (y manipuladores) o para quienes ignoran una gran parte de la realidad al no gustarle sus efectos derivados, una posible pérdida de votos o seguidores. Para quienes no insultan a la inteligencia al eliminar los matices del debate público, al instigar a las masas mediante el dogma.

 

Reconociendo a todos ellos como un mal necesario (sería aún más temible una sociedad sin partidos políticos, sin políticos y en la que no se pudiera hablar de política) la verdad es que en estos días de tumulto he optado por refugiarme en el deporte. En el deporte que permanece al margen de los intereses económicos de medios de comunicación, marcas de ropa deportiva, posicionamientos ideológicos (aunque me parece bien que los deportistas expresen su opinión con libertad) o motivaciones opacas. En la verdad, imposible de manipular, del lance futbolístico, ya sea un regate en el pico del área o el lanzamiento de un libre directo próximo a la portería rival. También en la mentira hecha finta, engaño de trilero o pícaro, tan inocente como efectivo para desconcertar al oponente. Y en la estética de una derecha paralela que pasa rozando la finta o en el movimiento del bate de béisbol que contra todo pronóstico golpea una bola que viaja a más de cien millas por hora con varios efectos al mismo tiempo.

 

En estos días de zozobra, de cánticos airados en contra del otro grupo civil (constituido por individuos con el mismo número de piernas, ojos y brazos), me acojo a la mano tendida que le ofrece el pívot que termina de poner un bloqueo al pequeño que intentó esquivarlo sin fortuna. Con la nobleza con la que dos boxeadores exponen su integridad física en una lucha tan irracional como respetuosa con las reglas que lo hacen posible (nada de objetos contundentes o golpes bajos). Con la sanción que se impone a sí mismo el jugador de golf que movió levemente la bola al apoyar el palo, aunque nadie lo viera y aunque le suponga perder el torneo.

 

No hay otra forma de ganar en el deporte que a través del trabajo diario. Y si se emplearon métodos distintos fueron y serán perseguidos. Y si alguien se dejó ganar fue sancionado y señalado, él sí, no por pensar distinto, sino por atentar contra la confianza que todos depositan en la pureza del juego y que es la base de la competición, la que garantiza que sus resultados, estos sí, sean válidos universalmente, a ojos de los dos oponentes y también ante terceros. En el deporte de verdad se censura la trampa y al tramposo, al que movía los palos de la portería de pequeño y al que simula faltas de mayor por defraudar ese principio de honestidad con el que todos los actores deben comportarse en un terreno de juego, más allá, incluso, de lo que indiquen las reglas (que o bien se cumplen, o bien penalizan al que las infringe).

 

Lo siento, pero es así, cuanto más conozco a los políticos, sus medias verdades, sus eslóganes y dogmas, su egoísmo recalcitrante y su ignorancia de la honestidad, más me gusta el deporte. El deporte que queda al margen de la manipulación, el interés económico y que no duda en sancionar a los tramposos que atentan contra sus principios más básicos.