Domingo, 17 de diciembre de 2017

El hermano de Asís

“Donde están la caridad y la sabiduría, no hay temor servil ni ignorancia./ Donde están la paciencia y la humildad, no hay enojo ni turbación./ Donde está la pobreza con alegría, no hay codicia ni avaricia./ Donde están la quietud y la meditación, no hay solicitud ni disipación./ Donde el temor de Dios guarda los atrios [los sentidos, que son el atrio del espíritu], allí el enemigo no puede hallar entrada. Y donde reina la misericordia y la discreción, no hay superfluidad ni endurecimiento”

Francisco de Asís

Hablar de San Francisco (1181-1226) con la que está cayendo en nuestro país, parece un ejercicio banal, más cuando asistimos a un vacío de la política con mayúscula, que da paso a la violencia y la demagogia. La política no es aplicar la ley, sino hacer posible la convivencia creando y recreando marcos de entendimiento, es el arte de lo posible. No parece fácil, ya que estamos presenciando la dominación aplastante de los gobiernos y de la economía sobre la soberanía popular, que parece relegada al estante de los miedos y vaciada de todo sentido. Por otro lado, la clase política está invirtiendo los principios de la democracia, hasta ahora basados en la constitucionalidad, igualdad ante la ley, libertades políticas y civiles, autonomía política, universalismo, desplazándolos hacia unos criterios económicos y mercantilistas, basados en el beneficio, la eficacia y la rentabilidad (Wendy Brown). En el mundialización que estamos asistiendo, con sus resistencias, hablamos de democracia, pero los criterios de la mismo son otros, menos políticos y más económicos. Por último, la globalización está erosionando los Estado-nación, los flujos transaccionales de capitales, ideas, mercados destruyen sus fronteras, las democracias pierden su forma política y su contenido, abandonando cualquier pretensión de encarnar la soberanía popular y escuchar la voz del pueblo. Difícil lo tenemos.

Los grandes hombres de la historia nos pueden dar pistas para salir de las de las peores pesadillas hacia los anhelos más profundos del corazón. Francisco de Asís inundará la esfera de lo humano con un profundo espíritu de benevolencia, fraternidad y paz que se ha mantenido a lo largo de la historia como un pequeño grano de mostaza, para ir poco a poco habitando el corazón del hombre y de las sociedades. El mensaje de Francisco sigue siendo hoy necesario más que nunca en nuestras sociedades postmodernas y nihilistas, para hacer de nuestro mundo una morada habitable y acogedora para todos, regulada por unos valores que buscan crear un espacio de hospitalidad, donde todos puedan vivir en paz consigo mismos, con los demás, con Dios, con la naturaleza (Martín Carbajo).

Nuestras sociedades necesitas valores globales que den respuesta y sentido a una sociedad fragmentada por el exceso de consumo y de fundamentalismos excluyentes de todo tipo. La globalización es una oportunidad para el progreso de las sociedades, pero tiene necesidad de un nuevo despertar ético, reformulando el consenso alcanzado sobre derechos humanos, ampliarlo y adaptarlo a los nuevos desafíos que nos estamos enfrentando. Armonizar lo global y lo local intentando limitar los conflictos entre los dos ámbitos, siendo la hospitalidad uno de los valores más necesario ante la exclusión del otro, dentro y fuera de las fronteras.

Con el nacionalismo, invento del siglo XIX, se instaló la creencia que para vivir, era necesario pertenecer a un pueblo y tener una identidad cultural. Se levantaron y se levantan fronteras imaginarias que con el tiempo se convirtieron en reales, muros que nos aíslan con la falsa idea que estamos más seguros y afianzar nuestra identidad. La tierra no debiera pertenecía a nadie, es patrimonio de toda la humanidad y, debería ser indiferente el lugar de nacimiento para poder residir donde quiera, más allá de los muros nacionales o culturales. Antes del surgimiento del nacionalismo, no existían normas, no se establecían requisitos de permisos y autorizaciones (Francisco Pleite). Hoy, las normas y las leyes lo regulan todo, hasta el más mínimo detalle, pasaporte, aduanas, interrogatorios, centros de internamientos, son la realidad cotidiana en los flujos humanos. Parece que el ser humano, no solo se necesita cuerpo y alma, también pasaporte, en su definición ontológica para estar en el mundo.

Las barreras y los muros, reales o políticos, no han conseguido parar la desesperada inmigración y la llegada de refugiados, sino la proliferación de mafias que trafican con seres humanos, aprovechando la desesperación y sueños de muchos con extorsiones y engaños. Occidente mira para otro lado, no solo ante el drama de los refugiados, sino con las violencias y pobrezas del mundo. Un nihilismo pasivo desde hace tiempo aletea en el corazón de occidente aceptando la ausencia de valores y creencias. En un mundo sin valores, sin sensibilidad, sin reflexión, todo es posible (Kapuscinski).

Francisco vivió en una época de conflictos y exclusiones, dedicó su vida a Dios y a los más pobres. Su proceso espiritual fue largo y no fácil, despojándose de su yo dominador para abrirse a la hospitalidad incondicional y a la honda lógica de la gratuidad. Francisco de Asís se sumergirá en los profundos abismos de la pobreza, poniéndose en el lugar del amigo y abriéndose a ese misterio de la misericordia que es lógica del don. Desde esta pobreza y minoridad de todo afán de poder, se une en paz con todos los hombres y con la creación entera, siendo pobre con los pobres.

La espiritualidad franciscana descubre en profundidad la hospitalidad de Dios, que no es un puro mecanismo racional, sino un ser apasionado, cercano, puro don y amante del hombre. Esa espiritualidad, invita al hombre a reconocerse dependiente y limitado, pero amado por Dios. Solo ese Dios que ama hace posible que la persona sea lo que es, sin disminuir dignidad, libertad y autonomía y haciéndolas más reales y auténticas. Esa identidad personal se forma como hospitalidad hacia el Otro, los otros y lo otro. El hombre se hacer verdaderamente humano en la entrega a los demás. Esa hospitalidad hacia los otros es fruto del amor de Dios y de la gratuidad del don, donde cuanto más débil frágil se muestre la vida, más apela a nuestra responsabilidad, ya que Dios ha mostrado su grandeza en la debilidad. Por último, la espiritualidad franciscana, subraya la propuesta de una economía basada en la hospitalidad, que respete la justicia y favorezca el trabajo y la riqueza común. Una economía social de mercado que promueva la dignidad humana y privilegie el bien común sobre la ganancia individual, la productividad y la eficacia, que no pueden ser obtenidas a cualquier precio, sino deberán ser solidarias y humanizadoras. 

Puede ser un programa un buen programa nuestro mundo globalizado y en crisis permanente. Allí y aquí, donde las grandes multinacionales están tomando la delantera sobre los estados, concentrando la riqueza y las desigualdades. La brecha social entre los que tienen los que no tienen se apoya en la competencia y no en la solidaridad. Así nos va. El trabajador, en nuestras llamadas democracias, está subordinado a la producción y su actividad laboral queda reducida a un producto de consumo sin más valor que el beneficio económico que reporta. Dar un giro a esta realidad parece se hace necesario, y poder pensar desde una perspectiva de gratuidad y no desde eficacia. Las personas deberán ser reconocidas independientemente de su actividad, base de cualquier convivencia y de cualquier política nacional o globalizada.