Domingo, 17 de diciembre de 2017

Paisajes de guerra

“Un fundamentalismo sustitutivo de la mística, como todas las grandes palabras con mayúsculas, llámese patria, proletariado, dios o lo que sea: Ahí comienzan los crímenes, la muerte individual queda neutralizada por la causa colectiva”

(Salvador Paniker)

ENTRE PUENTES

PAISAJES DE GUERRA

Las viejas y socorridas polémicas sobre lo que dice o no el Corán se han reiterado hasta la saciedad, desde aquel amargo, desdichado y cruel día del 11-S, y muy especialmente a partir de los mortíferos de Madrid,  así como los que ahora nos han vuelto  a horrorizar en Barcelona, continuación de los sucedidos en toda la zona europea, donde al parecer más de 50,000 radicales campan al acecho de asestar atentados, y que a tenor de lo visto, no encuentran los gobiernos fórmulas para evitarlos.

Los politólogos han asumido el lenguaje de la teología sin aportar con ello un esclarecimiento a las causas de tanta barbarie y obcecación suicida. Las exhortaciones a la violencia de la divinidad coránica a la que apelan estos asesinos, no son como sabemos una exclusiva del Islam, los arrebatos de cólera – “no he venido a traer la paz, sino la guerra”, junto a las visiones alucinantes del Apocalipsis que proclaman, para los que consideran “infieles”, han alimentado una serie de conflictos de índole política, ideológica disfrazados de cruzada, con el fin de ensangrentar esta Europa, descentrada, nerviosa, y carente de eficacia para atacar este problema, de nuevo cuño, que se viene estableciendo desde aquella guerra inútil de Iraq. Y, desde la misma debemos preguntarnos: ¿Qué mecanismo desencadena el cambio? ¿Qué dispositivo actúa de disparador? ¿Por qué los relojes del segundo milenio retroceden en la mente de determinados individuos y grupos minoritarios sin tener en cuenta la evolución de la civilización y de las costumbres a lo largo de este tiempo? Las causas, evidentemente tras esa guerra, nadie se ha esforzado en desentrañar. Es más han aparecido otras Livia, Siria Yemen, donde los grupos de terroristas al amparo de los desgobiernos, cultivan un odio infernal, que van inyectando en forma de radicalización entre la sociedad musulmana, que padece también la violencia bárbara del desarraigo terrorista. En este momento, ya no sirven ni tan siquiera las contradicciones, que se suscitan tras los atentados, ni acordarse de tan nefasta acción. Lo que importa no son los mensajes, sino las razones porqué la violencia de estos “hijos de Alá” y en nombre de su dios se activan de manera inusitada contra los pueblos, que le dieron luz verde y motivos suficientes para vivir en paz junto a ellos. Sin embargo la semilla doctrinaria ha tomado arraigo en una población generacional, nacida entre nosotros que parece ser una población que enarbola la bandera de la violencia contra una sociedad, con la que se cruzan cada día, y donde muchos se encuentran integrados, parece ser que la deriva- político- religiosa, perceptible en los últimos años eran la avanzadilla y almáciga de la futura Yihad.

La creciente extensión en los guetos de refugiados  en torno a las grandes ciudades, fueron el caldo de cultivo del discurso extremista difundido en numerosas mezquitas y oratorios financiados a menudo con dinero saudí. Aunque la cruenta experiencia de estos países en guerra, no han moderado en forma alguna el radicalismo de los movimientos islamistas, así pues el engranaje mental del dispositivo yihadista se había puesto en marcha desde el comienzo de los noventa con unas consecuencias fáciles de aventurar.

La inepta comparación, que han hecho los gobiernos entre uno y otro terrorismo, ha sido un indignante paralelismo, torpe e inadmisible y no ha dejado de ser un regalo, para estos “barbaros” que han venido apareciendo. Una cosa era luchar contra militares o milicias, que invaden y ocupan un país casos de Iraq, Siria, Afganistán, etc. y otra muy distinta asesinar indiscriminadamente a civiles, a seres inocentes, que pasean, descansan, veranea o se divierten en las calles, parques y plazuelas de las ciudades. Las tragedias vividas tanto en uno como otro territorio has sido de los más odioso e inicua. El desajuste mental de aquellos que se inmolan en apoteosis suicida, se condensa en su sobrecogedor mensaje: una España devuelta Al Ándalus, que implique una nueva invasión mítica, este grito furioso sirve de peana al anuncio de un infierno con mares de sangre por unos desarraigados, jóvenes influidos por unos visionarios empecinados en su increíble acrónica. Ahora, con mayor apremio que nunca, se impone la necesidad de analizar las razones internas y externas de la crisis que afecta a la vasta y heterogénea comunidad musulmana que se extiende desde el Atlántico hasta el sur del archipiélago filipino.

El afán de venganza y de retribución perversa trastocó las mentes de quienes, se ensañaron (como nuevamente ha ocurrido) fríamente, sin misericordia alguna, con poblaciones inocentes y exentas de toda responsabilidad, presenciando una vez más el horror. Si a todo ello agregamos, el espectáculo televisivo, el desbarajuste, y los desencuentros de nuestra inteligencia policial, - luego perversamente convertida e incluida en la política- tenemos un cuadro completo de las circunstancias- en modo alguno atenuantes de los crímenes y los criminales, que activaron la violencia con confusas referencias coránicas, de mentes suicidas.

En corto y por derecho: tras la fraseología religiosa, tras “el bien y el mal, la libertad y la esclavitud, la vida y la muerte, descubrimos que después de aquellos imborrables recuerdos del 11-M, que el futuro de nuestro planeta es mucho más vulnerable e incierto, que el de antes de la invasión. Ahora nuevamente nos toca hacer autocrítica, recoger los pedazos, unir nuestro grito unánime, y, luchar, luchar…

 

                Fermín González salamanvartvaldia.es             blog taurinerías