Domingo, 22 de octubre de 2017

¡La que se avecina!

Hoy no quería escribir de Cataluña, ni de los catalanes, ni del referéndum, ni siquiera del partido de fútbol que, a puerta cerrada, se jugó el pasado domingo en Camp Nou (o como se llame). Pero he recorrido páginas de prensa, he oído emisoras de radio, he visto televisión, y especialmente me he metido en las redes sociales. Leo y leo, y cuanto más leo menos entiendo a las gentes que en esos medios se expresan, tal vez te pase a ti lo mismo, amigo lector, cuando leas estas líneas.

Todos hablan de libertades, de democracia, de las intervenciones policiales, de legalidad… y de no sé cuántas historias más que en mi mente forman una maraña que al final no sé por dónde salir de ella.

Todos, o casi todos, hablan de lo mal que lo ha hecho el otro, de la nefasta intervención de las fuerzas de seguridad, otros dicen que han actuado moderada y proporcionalmente, otros dicen que las han provocado para que sucediera lo que ha sucedido y luego utilizarlo como argumento acusándolas de fuerzas represoras… La verdad, a estas alturas, y esto no ha hecho más que empezar, no sé cual será la salida de este laberinto.

Si se interviene porque se interviene, si no se hace nada porque no se han puesto los medios para evitarlo. Me da la sensación, y ya lo he dicho en otras ocasiones, que en este país o lo que quiera que sea este pedazo de tierra en la que la diosa fortuna ha tenido a bien depositarnos, las leyes, los tribunales, la Constitución y todas las normas de convivencia que queramos añadir, de poco valen. Si alguien decide saltárselas a la torera no le faltará apoyos de aquellos que están siempre en contra de todo lo establecido y les apoyarán de tal manera que darán visos de legalidad y de progresismo a todo cuanto se oponga a lo establecido.

La salida de esta situación, sea cual sea, siempre “beneficiará” a Cataluña. Si se van, porque habrán conseguido lo que querían. Si se quedan, habrá que cambiar leyes, Constitución y lo que haga falta para que se queden tranquilos, durante una temporada. Luego volverán a la carga, claro. Porque me pregunto yo ¿se puede eliminar el odio por ley? Por otra parte,  a la hora repartir una tarta, cuánto más grande sea el pedazo de unos, más pequeño ha de ser el que le corresponda a los otros. Pero en esta nuestra tierra, ya se sabe, el que no llora no mama, y algunos no es que lloren, es que gritan, se enfurecen, se cabrean hasta que se les coge miedo y para que se calmen hay que darles el trozo más grande y sustancioso de la tarta.

Todo el mundo deshace en proclamar a los cuatro vientos que hay que dialogar, como si hubieran descubierto el bálsamo de Fierabrás. ¡Pues claro que hay que dialogar! Pero para dialogar hay que estar dispuesto a escuchar al otro, tener la mente abierta a la posibilidad de que el otro puede tener, al menos, tanta razón como yo. Dialogar es estar decidido a ceder parte de lo que considero mis derechos, incluso mis convicciones, para aceptar los derechos que el otro piensa suyos. Dialogar, es comunicarse con razones, con respeto a la persona y a las ideas de esa persona.

Mucho me temo que nuestros políticos, ni los de una España ni los de la otra, tienen la inteligencia, el talante, ni el grado de tolerancia que se requiere para mantener ese diálogo. Y luego están los políticos de segunda línea, los de los partidos que, al no tener capacidad de decisión, hacen uso de su mucha capacidad de incordiar, de meter cizaña, de avivar el fuego del enfrentamiento para intentar derribar a sus contrincantes, aunque eso suponga un mal para la sociedad en general. Sociedad que les importa un bledo, si con ello consiguen remontarse a lo más alto de la tabla.

Por otra parte, hay una gran mayoría silenciosa de ciudadanos que no saben no contestan, que con su pasividad permiten que la minoría bulliciosa, revoltosa alcance sus pretensiones.

Tal vez la solución sea, hacer borrón y cuenta nueva, empezar de cero. Para eso habría que hacer una nueva transición. Si con la anterior se consiguió pasar de una dictadura a una democracia, en esta tendríamos que pasar del oscurantismo a la luz, de la corrupción a la honradez, del odio a la comprensión, de la separación a la unidad, una unidad convencida, no impuesta, una unidad que nos haga más fuertes, más solidarios y en la que respetemos las enriquecedoras diferencias de cultura, tradición, lengua… que tan rica hacen a esta nuestra tierra, como quieran que la queramos llamar.

Para eso conseguir eso, sería necesario que desparecieran todos y cada uno de los reyezuelos que pretenden dividir nuestra sociedad y no me refiero ahora a los catalanes, sino a los que presidiendo partidos políticos ya sean nacionales o nacionalistas, pretenden dividir a esta sociedad. Unos en territorios con sus fronteras. Otros pretenden hacer rediles de ovejas con ideologías distintas, que aun pastando en la misma pradera, se miren con recelo, se huyan, haciendo que la sociedad sea un puzle con numerosas piezas que, su hacedor y de una forma intencionada las ha construido con contornos imposibles de encajar. Habría que hacer una limpieza a fondo y dar paso a una nueva generación de hombres y mujeres capaces, honrados, con espíritu de servicio, que haberlas las hay, y muchas. Lo más difícil no es encontrar personas honradas, sino que se vayan las muchas corruptas, amodorradas, encajadas en las poltronas, que copan los más altos puestos de todos y cada uno de los partidos políticos.