Domingo, 22 de octubre de 2017

Tres personajes de la misma época

Yo dispongo, todos los días, de dos horas para poder pensar, recordar y crear, que son de las seis a la ocho de la mañana, en que me levanto. Durante esas horas, no se oye un ruido, no existe nada que te moleste, que te distraiga, que te apremie. Estás más relajado, sumido en el ensimismamiento, como transfigurado, alienado.

Y así me encontraba esta mañana, cuando, no sé por qué, me brotaron en la mente tres personajes, que visitaban Macotera en la misma época, cuando yo era niño y después adolescente: el señor Pedro el pañero, el señor murciano, el de las especias y el capador de Gallegos. Me vinieron los tres de pronto, sin tregua, y les tuve que decir que los tres de golpe, no. Y me respetaron.

El señor Pedro el pañero procedía de Berrocal de Salvatierra. Era una persona cordial, muy amable, respetuosa y respetada y de suma confianza en el pueblo. Todo el mundo se fiaba de su palabra, porque nunca engañó. Persona seria donde las haya.

Este señor, cuando venía al pueblo, residía en la posada; y aquí, precisamente, se dejaban los avisos. Solía venir en fechas muy determinadas, en los prolegómenos de las fiestas en que había costumbre de estrenar un traje o un abrigo, porque el señor Pedro solo vendía paños, cortes de traje y retales, que compraba en las fábricas de Béjar. Siempre daba tiempo a los sastres, (Maxi y al señor Marcelino…), a que tuviesen la prenda confeccionada para la Purísima, para el Corpus, para la boda de turno y, sobre todo, para el día de la Virgen de San Roque, que casi todo los mozos y mayores estrenaban su terno.

El señor Pedro se le veía recorriendo las calles, ofreciendo su género, con los paños al hombre, con su vara en la derecha, y con su sombrero, hecho a su medida: toda una elegancia por su postura. La vara propia del tendero, que equivale a 0,8359 metros, se dividía en cuartas y pulgadas, una medida de fácil manejo y precisión; por eso, los tenderos no hicieron uso del metro.

Y ya de mayor, le acompañaban sus sobrinos, uno de ellos Gabriel, que decidió instalarse en Macotera y montar su tienda, y aún sus hijos continúan con el oficio del padre.

Otro personaje curioso, que ofertaba sus productos con una voz cantarina muy peculiar, cuyo eco aún me retumba en las paredes del recuerdo, y que yo no puedo transmitiros porque mi palabra no tiene música, es el vendedor ambulante murciano. Se trataba de una figura achaparrada, ataviada con una blusa negra, con sombrero, portaba unas alforjas divididas en bolsillos externos, donde portaba las especias: azafrán, pimienta, clavo, cominos, canela, nuez moscada, que vendía mediante un cazo, que parecía de juguete, y en el que tenía diseñadas unas medidas con rayas, y según la cantidad que le pedías, cobraba.

Solía venir en las fechas previas a las matanzas, pues, con estas especias se condimentan las morcillas, los chorizos y los salchichones. Y su paradero era también la posada.

 Decía el pregón: “Ha llegado el capador de Gallegos, los avisos en casa de...”Su figura era inconfundible con su bilbaína ladeá, con su rebosante campechanía y con su facilidad para despachar “compromisos”. Todo oficio tiene su arte y las manos de nuestro protagonista eran de seda en la artimaña de abrir bolsas y extraer turmas. Asombraba su habilidad.

Dicen que capar un marrano lo hace cualquiera, pero el mérito estriba en saber castrar sanamente las cerdas. El caso es que ambas cosas las hacía el capador de Gallegos con gran maestría y en un santiamén.

El cerdo, antes de someterlo a la operación, tenía que estar en ayunas; la ceremonia era tan simple, que se sujetaba el cerdo, se le daban dos cortes a ambos lados de la bolsa de las turmas, se presionaba un poco para que salieran las mismas, se cortaba el cordón y se polvoreaba la herida con azol. Antes de soltarlo, se presionaba la verga para extraer posibles restos de orina, y a correr.

La intervención en las hembras era un poco más complicado. Se le hacía un pequeño corte en el lado izquierdo de la verija y, con los dedos, se sacaban los ovarios. Parece fácil decirlo, pero la cosa tenía su aquél y, en algunos casos, se producían bajas.