Domingo, 22 de octubre de 2017

La misma película, el mismo argumento y nuevos protagonistas

Cuando estas líneas vean la luz, es muy probable que las calles de Barcelona se encuentren ya envueltas en un mar de manifestaciones, protestas, carreras, enfrentamientos con la policía y destrozos en el mobiliario urbano. Todo esto es lo menos grave que cabe esperar. El grado de peligrosidad de la situación será directamente proporcional a las dificultades que encuentren los “profesionales de la borroka”. Cuanto mayor acoso reciban, mayor será la violencia que exhiban. Si las masas no se muestran demasiado agresivas, su táctica consiste en estirar la cuerda de la violencia de forma progresiva, para no provocar el rechazo de los más pacíficos. Así continuarán hasta que perciban que el peligro se cierne sobre ellos; en ese momento, su respuesta suele ser extremar la violencia hasta provocar bajas en las FCSE, sin mirar mucho las posibles consecuencias. Buscarán siempre la provocación rayana en la ofensa, persiguiendo la respuesta violenta de las fuerzas del orden y, a ser posible, la proximidad de los medios de comunicación, especialmente los extranjeros, para conseguir esa foto susceptible de ser tergiversada. Este es el catón de los “agitadores sin fronteras”.

El escenario que se espera es lo menos apropiado para que los menores de edad se mezclen en la calle con los adultos. Son más que probables las carreras, delante o detrás de las policías, y, en ese ambiente, la integridad física de un niño corre un peligro seguro. Los directores de los centros escolares y, sobre todo, los padres que consientan y dirijan esa barbaridad,  no serán dignos de llamarse personas. El fanatismo llevado a esos extremos constituye un flagrante delito y da una idea de la catadura moral de los autores. Espero y deseo que la campaña iniciada en algunos centros escolares, y jaleada por algunos padres envenenados por el nacionalismo,  que pretenden  fanatizar y movilizar a unos seres indefensos, se quede en simple amenaza; de lo contrario se emparejarían con los terroristas de la yihad, que hacen lo mismo, pero bajo el fuego real.

A juzgar por el ensayo del pasado día 20, es de ingenuos pensar que los independentistas, y sus “refuerzos”, vayan a quedarse de brazos cruzados, o conformarse con proferir gritos y eslóganes de protesta. Entre los actuantes existe un buen número de “anti- sistema” a los que la independencia de Cataluña les trae al fresco. Forman parte de un movimiento internacional que acude solícito allí donde pueda colaborar al derrocamiento de todo sistema de gobierno que se aleje de su ideal. Así ha sentado sus reales el rancio marxismo leninista en las naciones que ha conseguido despedazar, léase Cuba, Venezuela, Corea del Norte, Bolivia, etc. Ese es el panorama que buscan los que pretenden la quimérica independencia de Cataluña: un país independiente cuyos habitantes tendrían otro régimen, un importante deterioro económico y, desde luego, menos autonomía que ahora.

Conforme se acerca el día D y la hora H, están cayendo algunas caretas y aclarándose varias posturas. En el caso particular de Podemos, era de esperar el apoyo al referéndum. Como su ADN no engaña,  la consigna es alcanzar el rio revuelto que les abra la posibilidad de reformar la Constitución en tal grado como para acabar con el régimen actual, y establecer esa república de tan triste recuerdo en España, de tantas muertes bajo el paraguas de la antigua Unión Soviética o de tanta hambre y tiranía en países de medio mundo.

 En el actual socialismo español, sometido a los delirios de Pedro Sánchez, Pedrito el de la yenka, estamos asistiendo a una fractura interna, sorda, imposible de ocultar en sus varias manifestaciones, que amenaza con llevar al partido hasta el record histórico de descensos. El cuerpo le pide echar a Rajoy, pero, para conseguirlo, necesita el apoyo de Podemos. Podemos también abre la boca pequeña para hablar de la unidad de España, pero, a continuación– otra vez el sí, pero-, considera lícito que se pase por encima de la Constitución, para que Cataluña -y después el País Vasco-puedan decidir unilateralmente su destino. Esta última circunstancia  retrae a no pocos socialistas, y ese es el motivo para que Sánchez declare un día una cosa y al siguiente la contraria. En una palabra, que cuando más necesitaría España el concurso de un PSOE fuerte y unido, aparece una versión que avergonzaría a muchos personajes socialistas que siempre se sintieron, por encima de todas las diferencias, partidarios de una España unida y amante de la legalidad.

Ahora resulta que la panacea para solucionar el golpe de estado en Cataluña está al alcance de quien quiera hacer uso de ella: basta con sentarse a dialogar. Todo consiste en adoptar la fórmula de la equidistancia; es decir, para que lo entendamos bien, apuntarnos a la escuela de Beltrán Duguesclin. Está proliferando la especie del español partidario de nadar y guardar la ropa. Políticos e instituciones se apuntan  al diálogo de besugos. Que la Iglesia no quiera mojarse, por aquello de poner la otra mejilla, puede tener su lógica, aunque muchos  esperábamos que se recomendara también dar al César lo que es del César.

 Ahora bien, cuando las acciones de ETA adquirieron su máxima virulencia, también se oyeron voces pidiendo el diálogo y la negociación. De hecho, con mayor o menor reserva, se produjeron contactos Gobierno-ETA que, unas veces por la negativa etarra a deponer su acción terrorista, y en todas ellas por la falsedad de sus postulados, siempre terminaron en rotundos y trágicos fracasos. Se repite la película. Amparándose en el buenismo y la equidistancia, todos los que no tienen la responsabilidad de gobernar, claman por la negociación y el diálogo. Con políticos que pasan olímpicamente de las sentencias del TS, de la Constitución, de su propio Estatuto, y que están dispuestos a romper la unidad de España y provocar un conflicto de graves consecuencias, desoyendo las recomendaciones de organismos y personas con entidad democrática acreditada, es inútil dialogar. Dialogar ¿de qué?, ¿a cambio de qué? La historia ha demostrado que al separatismo catalán sólo le calma la independencia , y nunca admitirá la imposibilidad de alcanzarla en las condiciones actuales. Lleva muchos años beneficiándose de un trato preferencial y siempre le pareció poco. Por eso, también será inútil –además de injusto- tratar de comprar su marcha atrás con la oferta de nuevas concesiones económicas o competenciales. En el País Vasco no se cedió y ETA acabó derrotada. Bien es verdad que, a continuación, por la felonía de políticos y jueces, compañeros de hazañas de los etarras ocupan hoy cargos públicos.

Si se quiere acabar con el nacionalismo, hay que comenzar exigiendo el cumplimiento de la ley  y manejar la firmeza para evitar el adoctrinamiento de la actual generación secesionista. En contra de otras opiniones, quien ha hecho más independentistas ha sido Pujol en su etapa de Presidente. Se le permitió la política claramente secesionista que ahora da sus frutos. Será necesaria otra larga etapa para que las aguas vuelvan a su cauce. Todo menos actitudes blandengues- De lo contrario, acabaremos perdiendo Cataluña,… y lo que venga después. Un pequeño botón de muestra del modo de entender la política por parte de los que pretenden acabar con la unidad de España será observar con detenimiento el escenario y acontecimientos que nos esperan estos días en Barcelona y alrededores.