Domingo, 22 de octubre de 2017

Odiseo, en la orilla (IX)

 

Narrados ante el rey de los feacios todos los pasos y avatares de su “Camino”, Odiseo mantiene su voluntad de volver a Ítaca, de la que está ya tan cerca. Ni la hospitalidad del rey Alcínoo ni los amores de la hija y heredera del reino Naisícaa ni la vida fácil y placentera de palacio lo retienen ya.

El texto llega a una cima de tensión y de ansias de vuelta como en ningún otro canto. El rey y su hija aceptan que Odiseo se embarque hacia su Ítaca, tan deseada, al encuentro de su Penélope. Como despedida le organizan un banquete de comida abundante, bebidas selectas y buena música; todo invita a disfrutar el momento y a aprovechar al máximo los placeres, tan variados, de aquel banquete magnífico al caer de la tarde.

Pero Odiseo a medio banquete abandona el palacio y se llega hasta la orilla del mar y se queda mirando al sol poniente, empujándolo para que antes se ponga y así antes llegue el día para embarcar hacia su tierra:

XIII, 29    Ὀδυσσεὺς πολλὰ πρὸς ἠέλιον κεφαλὴν τρέπε παμφανόωντα …            

              Odiseo volvía a menudo la cabeza hacia el sol resplandeciente…

Y por fin tres versos más tarde el poeta confirma el hecho:

   

Odiseo al ponerse el sol se llenó de alegría

La escena y su significado me parecen de una gran profundidad humana y  de tal alcance en casi todos los sentidos que por algo son parte importante de un “clásico”, es decir de una obra que seguirá siendo luz y referencia para la gente de cualquier generación presente o futura que quiera llegar lejos y “dar a la caza alcance”.

Hay siempre una escala de valores. Otra cosa es qué es un valor de valor real y quién hace la escala y en qué criterios se basa en su cálculo. Cada época tiene y resalta sus valores preferidos, unos que recibe como herencia y otros nuevos que de vez en cuando emergen como valores nuevos o con nuevas dimensiones. 

Desde siglos y especialmente a través del pensamiento cristiano y de su práctica diaria se mantuvieron como valores de primera línea criterios y actitudes como la mirada de respeto a Dios, el seguimiento de Jesús, el amor al prójimo, la misericordia, la unidad, la comunidad, la familia, la patria, etc… aunque muchas veces según épocas y regiones y grupos hubiera mucha variación en las insistencias y preferencias, así como en su contenido y orientación.

Llegó luego el valor del individuo, con sus derechos en medio de los distintos colectivos y con los problemas que su defensa, medida o a ultranza, nos trajo a veces, porque la historia no avanza sin contratiempos; más tarde y casi como consecuencia la Ilustración destacó valores que ya andaban entre líneas pero no suficientemente destacados, como la libertad y la igualdad y le pusieron nuevos matices y nombre nuevo al amor al prójimo al llamarlo fraternidad y solidaridad. Vinieron luego valores rescatados como el del trabajo, el compromiso con la sociedad, la lucha por un mundo nuevo, la defensa del medio ambiente, la relevancia de la democracia, la valoración de la naturaleza y de lo natural, etc…

Valga la lista como apunte a vuela pluma, para recordar que son pasos importantes que la humanidad ha ido proponiendo y que debieran servirnos como horizonte y líneas de juego de la vida de cada día. Es lo que enseña Odiseo: venga lo que viniere, contra las tormentas e incluso contra los dioses, hay unas fidelidades fundamentales que prevalecen ante cualquier otra cosa y están por encima de cualquier ganancia o interés. Me ofrezca lo que me ofrezca cualquier rey de los feacios, yo sigo mi camino; me diga lo que me diga esta hermosa Nausícaa, yo me vuelvo a Penélope…

También me interesa apuntar que en ese gesto de Odiseo deseando que el sol se ponga cuanto antes para que antes amanezca y se embarque para Ítaca, hay una señal que apunta a lo que nos trasciende; más allá aun de lo mejor que podamos conocer queda margen para lo que se espera. Es la utopía, en su mejor sentido. Es el Reino del que hablaba y al que invitaba Aquél otro “Caminante” que se señaló a sí mismo como “Camino” hacia más allá de la línea del mar por poniente. Y de esa ansia impaciente de Odiseo ante la lentitud del sol habló con frecuencia en su Evangelio. Y hasta llamó bienaventurados a los que la viven con hambre y sed y son capaces de empujar la historia… Queda claro.

Y en esto, como en todo lo importante, es definitivo saber hacia dónde y porqué. Estas dos certezas dan al caminante una fuerza irresistible frente a cualquier dificultad o tentación por los mares de la vida. Y hoy, tiempo, como casi siempre, de cierta trivialidad, apenas si interesan los adónde y lo de menos es el porqué, importa la cosa y su resultado inmediato, no más. Pero así nos va, enredados, al contrario de Odiseo, en las cosas del banquete del momento y lejos del embarcadero, ¡tan cerca!, donde, ligeros de equipaje, tendríamos que hacernos a la mar definitivamente un día de estos.

De la mano de Odiseo, me alejo un poco del palacio y del banquete y miro al horizonte con el sol a punto de ponerse. Ay, si pudiera…

 

P.D.  No deja de tener su importancia el hecho de que coloque esta reflexión en el artículo nº 200 que publico en salamancartv. Porque es para mí y para mi humilde modo de pensar y de esperar una reflexión de especial significado.