Viernes, 15 de diciembre de 2017

San Miguel: Belleza de Dios, una historia bíblica

Hoy se celebra la fiesta de San Miguel, nombre teóforo hebreo de un ángel bíblico, quizá el único en forma de pre-gunta: Mi-ka-El (¿quién como El?), como se irá viendo.

Es nombre de ángel, pero la Biblia lo aplica también a una mujer, la más bella y fiel : Mikal (=Mi-ka-El), hija de Saúl y amante (¡desgraciada y repudiada!) de David, a quien ha salvado la vida (1 Sam 14, 49; 18,20). Pero de ella hablaré otro día.

Hoy me ocupo del ángel, pues hoy celebramos su fiesta (no la de Mikal/Mikel, en gran parte de la cristiandad), y es buen día para recordar su figura y sus dos funciones principales:

̶ Las iglesias orientales le presentan como belleza de Dios. Ciertamente, es un ángel fuerte por su fidelidad y perfección, y así le le representan los iconos, como el más bello de los "hombres", como signo y presencia de la armonía divina, hecha color, hermosura perfecta. En ese sentido le podemos identificar con uno de los tres ángeles divinos de la Trinidad de Rublev (uno de los tres rostros del Dios que es comunión de belleza). Así le siguen representando los iconógrafos, como Mabel, mi mujer, que lo está escribiendo precisamente ahora, como puede verse en imagen 1, donde su figura aparece todavía inacabada (ver las alas inacabadas y otros rasgos de su figura y aureola).

̶ Por el contrario, la iglesia occidental ha insistido en el carácter guerrero de Miguel, al que presenta como capitán del ejército divino, derrotando en la batalla a Satanás y a sus guerreros, como puede verse en la imagen. Miguel ha sido en esta parte del mundo el Guerrero Celestial (cf. imagen 2), que ha luchado contra los ídolos paganos y contra los enemigos de la iglesia, y así, bajo su protección, se edificaron santuarios famosos como San Miguel de Aralar (Navarra), Mont Saint Michel (Normandia) o San Michele sul Gargano (Apulia)

Todavía a finales del siglo XIX (1884) el Papa León XIII mandó que los presbíteros rezaran antes de acabar la misa, una oración que decía:

«San Miguel arcángel, defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra las acechanzas del demonio…; y tú Príncipe de la milicia celestial, con la fuerza que Dios te ha conferido,arroja al Infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos, que vagan por el mundo para la perdición de las almas.

Han cambiado los tiempos, y aunque algunos quisieran volver a la visión combativa del antiguo San Miguel, parece que su memoria y culto debe expresarse de formas distintas, quizá en la línea de los iconos de la Iglesia de Oriente.

Aquí me limito a presentar su figura poderosa, que ha sido con la de Cristo y la Virgen (y quizá con la de Juan Bautista) el símbolo más importante de la cristiandad, venciendo al Dragón,llevando la balanza del juicio de Dios en la mano, o representando la hermosura gozosa del misterio inexpresable en la raíz de nuestra vida.

Mi reflexión será puramente filológica y bíblica. Cada uno podrá aplicarla a su vida y al momento de iglesia en que se encuentro. Yo formo parte de la iglesia occidental, y he tenido siempre gran devoción al Mikel guerrero de Aralar (defendiendo la cruz), pero cada vez mes siento más cerca del Miguel místico y bello de las iglesias de Oriente.

Miguel, el guerrero y juez de Dios.

Miguel es un nombre teóforo hebreo, que suele entenderse en forma interrogativa, Mi-ka-El (¿Quién-como-El, es decir, como Dios? Hay nombres semejantes en otras culturas y religiones del entorno: Man-ka-Shi (Quién-como-Shi, en arameo) o Mannu-kī-Aššur (Quien-como-Assur, en acadio). Ha tenido un papel muy importante en la tradición apocalíptica judía, en el judaísmo místico y en el cristianismo.

(1) Introducción. Ángeles y demonios.

Conforme a una idea antigua, cada pueblo tenía su divinidad protectora, su Dios nacional. Desde su perspectiva monoteísta, los israelitas debieron matizar esa visión y así hablaron de un Dios supremo (propio de Israel) y de dioses inferiores (de otros pueblos). Pero después, en lugar de esos dioses inferiores se introdujeron los ángeles, que aparecían como protectores de los diversos pueblos... Pues bien, dando un paso en adelante, en algunos círculos judíos se llegó a pensar que "los ángeles de las naciones" eran diablos, y que sólo Israel tenía un ángel bueno (que era el mismo Dios, o un espíritu cercano a Dios, llamado Miguel).

(2) San Miguel, virrey de Dios

Los judíos pensaron que Dios se ocupaba de ellos de un modo inmediato, directo... o que lo hacía a través de un virrey poderoso, llamado Miguel, aquel que se había elevado contra Satán desde el principio, para proteger a los hombres buenos, en especial a los israelitas.

De todas formas, algunos judíos pensaban que también otros pueblos tenían ángeles de la guarda nacionales, aunque estaban en peligro de caer bajo los demonios. Sólo Migel, el gran ángel, garantizaba la presencia de Dios sobre Israel, la victoria de Israel.

Así aparece Miguel en los textos del judaísmo antiguo, como protector pueblo, vinculado a veces con Gabriel*, que también realiza una función de guía denla historia humana. A su lado pueden situarse también otros poderes angélicos (Rafael* y Uriel), pero con una función más reducida. A partir de aquí nos centramos en Miguel, el ángel del pueblo judío, el defensor de los cristianos.

(3) 1 Henoc: Vigilantes, ángeles caídos.

Esa "historia" de Miguel es aún más compleja, porque va unida al motivo poderoso de la caída de los “hijos de Dios”, es decir, de los ángeles más altos, que aparece veladamente en Gen 6, 1-8 (al hablar de las razones del diluvio) y de un modo más elaborado en el Libro de los Vigilantes caídos, recogido en 1 Henoc 6-36.

Se habla allí de unos ángeles fuertes que, teniendo casi todo, quisieron tener algo propio de los hombres, es decir, en perspectiva antigua, las mujeres y la guerra. Así descendieron del cielo, violaron a las “hijas de los hombres” y sembraron en la tierra una lucha sin fin, en la que seguimos inmersos todavía. Ellos y sus hijos, los gigantes/titanes antiguos, enseñaron a los hombres las falsas religiones, la magia, la guerra y el engaño mutuo.

La tierra quedó pervertida, pero no del todo, pues los hombres oprimidos pudieron clama y Dios les escuchó. En este contexto aparecen los cuatro grandes ángeles buenos (Miguel, Uriel, Rafael y Gabriel), que acogen el lamento de los hombres oprimidos y lo elevan ante Dios en forma de plegaria. Ésta es su principal tarea: Ellos interceden ante Dios a favor de los hombres (l Hen 9, 4-9).

(4) Versión de 1 Henoc. Victoria de Miguel

Dios ha escuchado el clamor que tierra/hombres/almas han alzado hasta el cielo por medio de los ángeles (1 Hen 9), a quienes ahora envía a cumplir la sentencia dictada, a través de una acción salvadora que se realiza en cuatro momentos, que corresponden a los cuatro grandes: Uriel y Gabriel inician la obra; Rafael y Miguel la culminan.

(1) Uriel instruye a Noé, para que la humanidad pueda salvarse del diluvio, en la línea de una tradición que conocemos por Gen 6-9 (1 Hen 10,2-3).
(2) Gabriel instiga a los gigantes (híbridos diabólico-humanos), destructores de los hombres, para que se enfrenten y se destruyan hasta el fin unos a otros, en espiral de violencia donde todos acaban por matarse (1 Hen 10, 9-10).
(3) Rafael está encargado de prender, enterrar y juzgar a Azazel/Satán (culpable de todo mal), para que la tierra pueda ser vivificada o restaurada (1 Hen 10, 4-8).
(4) Miguel debe anunciar y realizar el juicio contra Semyaza (otro nombre de Satán) y contra sus seguidores hasta aniquilarlos, de manera que pueda brotar la paz y bendición sobre la tierra (1 Hen 10, 11-22).

Miguel aparece ya aquí como luchador de Dios. Él ganará la batalla contra Satanás, de forma que los hombres no tienen que luchar, luchan los ángeles por (a favor) de ellos, empezando por Miguel, a quien el mismo Dios concede el poder de salvación, diciéndole:

«Elimina a todas las almas lascivas y a todos los hijos de los Vigilantes que han oprimido a los hombres. Elimina toda opresión de la faz de la tierra, desaparezca todo acto de maldad. Surja el vástago de justicia y verdad, trasfórmense sus obras en bendición y planten con júbilo obras de justicia y verdad eternamente... Entonces serán humildes todos los justos, vivirán hasta engendrar mil hijos y cumplirán en paz todos los días de su mocedad y su vejez. En esos días toda la tierra será labrada con justicia, toda ella estará cuajada de árboles y será llena de bendición... Que sean todos los hijos de los hombres justos, y que todos los pueblos me adoren y bendigan, prosternándose ante mí. Sea pura la tierra de toda corrupción y pecado, de toda plaga y dolor... En esos días abriré los tesoros de mis bendiciones que hay en el cielo para hacerlos descender a la tierra, sobre las obras y el esfuerzo de los hijos de los hombres. La paz y la verdad serán compañeros para siempre, en todas las generaciones» (1 Hen 10, 15-11, 2).

(5) Versión de Daniel. Gabriel y Miguel, ángeles de la historia

El libro de Daniel, que a diferencia de 1 Henoc ha sido recibido en la Biblia judía y cristiana, contiene también una versión de la guerra final, dirigida por Miguel, en contra de los poderes de perversión, que se expresan en los grandes poderes “bestiales” de la historia, que van dominando de modo satánico sobre el conjunto de la humanidad. Aquí no aparecen cuatro arcángeles, sino sólo dos: Gabriel, el ángel de la revelación, que va guiando la historia de los hombres (como en Lc 1, 26-38), y Miguel, el ángel guerrero de la victoria final.

Durante un tiempo, Dios ha permitido que dominan los ángeles de los pueblos, dirigiendo por medio de Gabriel la marcha de la historia. Pero está llegando el momento de la manifestación final de Dios, que se realizará por Miguel, ángel o príncipe de los israelitas.

Con la ayuda de Gabriel, Dios ha revelado ya a Daniel (cf. Dan 7) la llegada del tiempo final de la historia, con la revelación del Hijo del Hombre. «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dan 7, 14). «Y el reino y el imperio y la grandeza de los reinos bajo los cielos todos serán dados al pueblo de los santos del Altísimo. Su Reino es eterno y todos los imperios le servirán y le obedecerán” (Dan 7, 27).

Estas son las profecías básicas del reino eterno de Israel, del triunfo final, definitivo, del pueblo “elegido”. Ellas alimentan la esperanza histórica de los judíos pobres y perseguidos; son textos de liberación que no pueden ocultarse ni esconderse, sino que siguen animando la historia de la humanidad, en la gran marcha que lleva a la culminación definitiva de la creación.

(6) La victoria de Miguel, ángel del juicio

Pues bien, al lado de ese triunfo “histórico” de Israel, representado por el Hijo del Hombre, aparece el juicio último, la liberación apocalíptica, vinculada al triunfo de Miguel sobre los ángeles perversos de la muerte:

En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está para servir a los hijos de tu pueblo. Será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados: unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua. Los sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas, para siempre (Dan 12, 1-2).

Aquí ya no estamos ante la purificación escatológica del templo de Jerusalén (que se realizó de hecho el año 164 a. C., tras las victorias de Judas Macabeo y la muerte de Antíoco), ni ante la llegada histórica del Hijo del hombre (con un Reino que domina sobre todos los reinos de la historia), sino ante la culminación post-histórica de los mashkilim, los sabios apocalípticos (Dan 12, 3; en LXX los synientes). Estamos ante el conocimiento de la culminación apocalíptica, que no se debe a la victoria militar, sino al triunfo final de Dios, a través de su ángel supremo, el ángel de Israel:

a. Juicio militar: «El aquel tiempo se levantará Miguel», el Gran Príncipe, que está al servicio de Israel. Su figura y su presencia nos sitúan ante la gran lucha angélica, la batalla de los ángeles buenos contra los perversos, que encontramos también en Ap 12, 7 y Judas 1, 9. Aquí se cumple de algún modo lo anunciado en Dan 10, 31.21. Miguel es el ángel guerrero, de la lucha final, que se logra no sólo en contra de los opresores histórico de Israel, que son otros hombres, sino en contra de todos ángeles perversos. Según eso, la resurrección de los muertos está vinculada al triunfo de los ángeles buenos.

b. Juicio forense: «Será liberado tu pueblo, aquellos que se encuentran escritos en el Libro…». Del juicio angélico-militar (con la victoria de Miguel) pasamos al “juicio forense” (como en Dan 7, 10), que no se realiza por la armas sino conforme a la sabiduría superior, propia del derecho. En sentido estricto, por ahora no se sabe si esta liberación es histórica (dentro de este mundo, como en el caso del Reino del Hijo del Hombre) o si es supra-histórica, como supone el texto posterior de la resurrección. Sea como fuere, Miguel aparece como liberador del los justos de los últimos tiempos y como portador del juicio de Dios. En esa línea, él puede aparecer no sólo con la espada, luchando en contra de Satán y de sus diablos, sino también con la balanza, pesando las almas o vidas de todos los muertos,

(7) La mujer celeste y Miguel, guerrero de Dios (Ap 12, 1-6).

No hay nada sobre Miguel en los evangelios, ni en las cartas de Pablo. Pero él aparece de nuevo en el Apocalipsis, realizando una función que se mantiene en la línea de 1 Hen y Dan 12. Miguel viene a presentarse como portador y signo de la victoria de Dios contra el Dragón, a favor de la Mujer:

«Se trabó entonces en el cielo una batalla. Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón. Y el Dragón y sus ángeles lucharon encarnizadamente, pero fueron derrotados y los arrojaron del cielo para siempre. Y el gran Dragón, que es la antigua serpiente, que tiene por nombre Diablo y Satanás y anda seduciendo a todo el mundo, fue precipitado a la tierra junto con sus ángeles. Y en el cielo se oyó una voz potente que decía: «Ahora se ha realizado la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo!...» (Ap 12, 7-10).

En el principio de la escena (Ap 12, 1-3) se oponían el Dragón y la Mujer, como poderes originarios. El Dragón quiere violar/derrotar a la Mujer, pero no puede, pues Dios mismo le ayuda, y viene en su socorre el gran ángel de Dios, que es Miguel, a quien podemos descubrir así como protector de la mujer (es decir, de la humanidad). El Dragón puede pensar que ha expulsado a la mujer y que ha quedado solo, triunfante sobre el cielo. Parece seguro de su victoria, pero, de pronto, aparece allí Miguel, Príncipe de Dios y protector del pueblo de la alianza, es decir, de la mujer (cf. Dan 10, 13.21). Este Miguel lucha contra el Dragón y le vence, como estaba anunciado: «entonces se levantará Miguel» (Dan 12, 1).

(8) Miguel es Dios, Miguel es Cristo

En un sentido podemos afirmar que este Miguel es el mismo Dios. Éste es el secreto de fondo de la narración, donde se cuenta de forma velada la lucha de Miguel contra los ángeles perversos, con la victoria de Dios. «Miguel y sus ángeles pelearon contra el dragón. Y el dragón y sus ángeles pelearon, pero no prevalecieron, ni fue hallado más el lugar de ellos en el cielo. Y fue arrojado el gran dragón» (Ap 12, 7-9). Miguel es aquí el signo de Dios, es su presencia victoriosa. En esa línea se sitúa la lectura judía, la lectura universal del tema del Dios victorioso. Con el ángel Miguel y Satán como protagonistas. Este Miguel que es la “victoria de Dios” sigue siendo uno de los signos clásicos de la iconografía y de la piedad cristiana, entendida en clave angélica.

Pero en otro sentido, desde la perspectiva cristiana, Miguel es Cristo… y los cristianos son Miguel, pues se dice que «ellos le han vencido (al Dragón) por la sangre del Cordero y la palabra de su testimonio de ellos, porque no amaron sus vidas hasta la muerte» (Ap 12, 11). Pasamos así el lenguaje angélico al lenguaje cristológico o, quizá mejor, cristiano. El ángel vencedor, el auténtico Miguel, es Cristo, que no ha ganado la batalla de Dios con una espada, sino con su propio amor (con su sangre). El ángel auténtico de Dios es Cristo, su mismo Hijo encarnado, vencedor definitivo sobre el mal y la muerte.

(9) Carta de Judas. Miguel, ángel psicopompo.

Una de las funciones más importantes de Miguel en la tradición cristiana ha sido la de pesar y dirigir las almas, en el camino que lleva a la salvación. Es un ángel poderoso, como pondrá de relieve el judaísmo posterior, cuando le presente como genio de las aguas inferiores y del aire, señor de los reptiles y guía del planeta saturno (cf. Sefer Raziel). Pero su dominio más alto es el que aparece vinculado al juicio de los muertos, como ha puesto de relieve, de manera ocasional, la carta de Judas, en contra del “libertinaje” de algunos falsos cristianos, que se creen dotados de poderes superiores, de manera que “manchan la carne, rechazan toda autoridad y maldicen de las potestades superiores” (Judas 1, 8).

Miguel aparece en esa línea como “ángel psicopompo”, director y guía de las almas en el camino final de la salvación. Los “falsos cristianos” a los que Judas critica pertenecen a un tipo de gnosis, por la que ellos se identifican con el mismo Dios, creyéndose divinos y sintiéndose con autoridad sobre los ministros de la Iglesia y sobre los mismos ángeles del cielo, capaces de imponer su juicio sobre todo lo que existe (por ejemplo, en el campo sexual). Pues bien, como ejemplo contrario, para superar su orgullo, pone Judas a Miguel, ministro de Dios para el juicio:

«Pero ni aun el arcángel Miguel, cuando contendía disputando con el diablo sobre el cuerpo de Moisés, se atrevió a pronunciar un juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda» (Judas 1, 9)

Este texto recoge una escena conocida de un libro apócrifo (Asunción de Moisés), en el que Miguel y Satán disputan sobre el cuerpo de Moisés. Es evidente que Satán quiere la condena de Moisés, es decir, la destrucción de la vida de los fieles y del pueblo de Israel en su conjunto (de la humanidad). Miguel, en cambio, protege a Moisés y los amigos de Dios, impidiendo que Satán los destruya en el momento del juicio. Con la escenografía cristiana medieval podemos suponer que Miguel está con la balanza, pesando el alma de los justos o con la espada, luchando contra Satán, para que no pueda apoderarse de Moisés difunto.

Desde ese fondo se ilumina el mensaje de la carta de Judas. Hay gnósticos (herejes) que se ríen de todo eso, que se creen ya salvados, que desprecian los signos de Miguel y el Diablo; ellos están por encima de todo eso. Pues bien, en nombre de la tradición cristiana, bien enraizada en la exigencia de moralidad de Israel (en la imaginería apocalíptica del juicio), Judas les amonesta, poniendo como ejemplo a Miguel, fiel a Dios y respetuoso. Ni siquiera Miguel se quiere poner en el lugar de Dios y pronunciar el juicio contra el Diablo, sino que lo deja en manos de Altísimo (¡El Señor te reprenda!), mientras sigue ayudando a Moisés y a los justos que mueren en la gran batalla escatológica del juicio.

Cf. G. AULEN, Christus Victor, London 1931; J. Daniélou, Teología del judeocristianismo. Daniélou, Cristiandad, Madrid 2004; M. MACH, «From Apocalypticism to Early Jewish Mysticism», en B. McGINN (ed.), The Encyclopaedia of Apocalypticism, New York 1998, II, 204-237; X. PIKAZA, Antropología bíblica, Sígueme, Salamanca 2005; J. RATZINGER, La unidad de las naciones, Cristiandad, Madrid 2011; G. SCHOLEM, Las grandes tendencias de la mística judía, Siruela, Madrid 2000. E. N. Testa, Nomi personali semitici, Assisi 1994.