Viernes, 15 de diciembre de 2017

Caminos que unen pueblos

Entre el País Vasco y Cataluña

En España tenemos conocimiento de varios caminos: el Camino de Santiago, la Ruta de la Plata… Pero, para muchos, y para mí el primero, resulta novedoso el llamado Camino Ignaciano.

En la delegación de misiones de la diócesis de Salamanca llevábamos varios años detrás de hacer esta ruta ignaciana como camino de peregrinación. Cada año, por estas fechas de septiembre, solemos realizar algún tipo de peregrinación que nos caldee y nos aliente para comenzar el curso misionero con ánimo y espíritu, y dispuestos a dar a conocer los caminos que llevan a cabo por todo el mundo nuestros misioneros.

Recientemente tuvimos la suerte de ver la película Ignacio de Loyola. Nos sirvió para orientarnos y animarnos en los esfuerzos de preparación de la ruta ignaciana y de nuestro espíritu de peregrinos.

El Camino Ignaciano es el recorrido que hizo Ignacio de Loyola, tratando de responder a la llamada que le hacía el Señor y a la que se sentía invitado por el ejemplo de los santos. Es el camino que él emprendió, pretendiendo llegar a Tierra Santa, a Jerusalén en concreto, como signo de su deseo de encuentro con el Señor que le llamaba a dar más y más desde el interior de su espíritu.

Ignacio había perseguido la gloria, el poder y la riqueza, como miembro de una familia de abolengo, que le obligaba a seguir las huellas de sus antepasados. Jesús de Nazaret se cruzó en su camino en la batalla del cerco de Pamplona, donde quedó malherido de una pierna y se vio obligado a guardar reposo durante largo tiempo. Para suavizar su tiempo y su aburrimiento, le ofrecieron para leer libros de vidas de santos. Y empezó a ver que, si ellos habían logrado hacer esfuerzos, sacrificios y superación por su Señor, él también sería capaz de hacerlo.

Cuando pudo desenvolverse, superadas las limitaciones de su pierna rota, Ignacio se puso en camino con intención de llegar a Jerusalén. Comenzó visitando el santuario de Aránzazu, encomendando sus planes a la Virgen patrona de aquellas tierras guipuzcoanas, dejado el hogar paterno de su nacimiento en Loyola.

Hasta su hermano trató de disuadirlo cuando se disponía a ir a Navarrete para conectar con el Duque de Nájera, quizá como disculpa para que lo dejaran marchar. También dejó a otro hermano en Oñate, en casa de otra hermana de ambos, y él se marchó a tomar fuerzas espirituales ante la Virgen de Aránzazu.

Después de su Vigilia de vela y oración en Aránzazu, Ignacio continuó su camino, dejando el País Vasco y pasando por el sur de Navarra. Llegó por fin a Navarrete en las tierras de la Rioja y, después de entrevistarse con el Duque, continuó su camino hacia Montserrat, siguiendo la ruta de Logroño, Calahorra, Alfaro y Tudela.

Entra después en tierras de Aragón, con visita obligada a la Virgen del Pilar en Zaragoza. El camino le conducirá por Fraga para adentrarse ya en tierras de Cataluña, recalando primeramente en Lleida, y después en Verdú, Tárrega, Cervera e Igualada, y arribando finalmente a Montserrat. Aquí pasó toda la noche en vigilia velando sus armas ante la Virgen, y se determinó a “dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo” e hizo una larga confesión de todas las andanzas de su vida. Buscó luego a un pobre y le entregó todos sus vestidos, vistiéndose él mismo con traje de menesteroso.

No quiso llegar a Barcelona, donde podrían conocerlo, y decidió desviarse hacia un pequeño pueblo entonces, llamado Manresa, donde vivía de limosna. Pensaba pasar allí algunos días que se convirtieron en diez meses. Allí decidió recluirse en una cueva, y continuó su proceso personal de crecimiento interior, que luego recogería en el trascendental libro de los Ejercicios Espirituales.

La narración que acabamos de hacer nos lleva de nuevo a nuestra peregrinación de diecisiete personas que quisiéramos seguir los pasos de San Ignacio. Y esperemos que él nos contagie su espíritu y abra nuestros corazones a Dios y a los demás.

El espíritu ignaciano es universal y esperamos que también a nosotros nos ayude en estos días, y para siempre, a romper barreras y fronteras, que falta nos hace. El Camino de Ignacio lo lleva a través de tierras variadas con un único objetivo: servir mejor a su Dios y Señor. Recorrió tierras vascas, navarras, riojanas, aragonesas y catalanas. Esperemos que a todos nos ayude a superar límites en estos tiempos revueltos y de aspiraciones pequeñas, en las que buscamos más dividir que unir.

Ignacio, el hombre de mirada universal, traspasaría ese espíritu de servicio sin límites, a sus seguidores, los jesuitas. Ellos tendrían como cuarto voto, el de ir a la misión que el Papa les encomendara. Y hoy, por gracia de Dios, tenemos al servicio de la Iglesia universal y de los pobres al Papa Francisco. Que Ignacio nos ayude también a nosotros a romper fronteras.