Domingo, 22 de octubre de 2017

Volver a empezar

Setiembre es buen mes para volver a empezar. Como podría ser el día después de san Silvestre, o el día posterior a la pascua judía, o el lunes de la pascua cristiana. El mes de la vuelta al colegio. El mes anterior al 1 de octubre. La epifanía catalana de los collons.

               El verano (se quiera o no se quiera) es época de anormalidad. En verano uno hace más bobadas que el resto del año. Quizás porque el resto del año anda uno metido en el corsé laboral, en el político, en el de la normalidad. Y en verano uno parece soltarse la melena (hasta literalmente) y se luce en la piscina, en la playa, de paseo por la ciudad y hasta tomando cañas en bares plantados al aire libre por unos días. Será cosa del buen tiempo. Y de que el bolsillo y la desvergüenza se suelen airear mucho más.

             Los catalanes de casi siempre (ojo, que no son todos) reivindican hasta la náusea su sediciosa deserción. En setiembre. Y hasta montan un pollo vergonzoso para edificar legalidades dudosísimas. Se aprovechan que aún estamos desperezándonos de la modorra veraniega y, zás, en toda la boca. Y esto de ahora (tan viejo, tan viejo que ya huele) parece ir muy en serio. Los independentistas se han puesto chulos (aún más), se han subido en el escalón más alto de su parlamento para rociar leyes con su meada y ver quién llega más largo. Es que parecen niños grandes y peligrosamente juguetones con los enchufes. Hasta tienen un lehendakari con flequillo beatle de trasto irredento. Y una señora rubia de apariencia dulce (y normal) que preside cotarros demasiado reciamente y no deja hablar a la oposición. Todo bien organizado. Tan bien organizado que pareciese que todos son así. Y no señor. Que afortunadamente todos no son así. Pero a esos no se les suele oír apenas. Quizás porque aún es setiembre y los han pillado a contrapié. Con el pie cambiado.