Domingo, 22 de octubre de 2017

Recuerdos, nostalgias y veraneos (II)

“Nostalgia: Esa ensoñada ineptitud para resistirse al gancho de una vida que se nos ha ido; quién sabe cuándo, quien sabe cómo y quién sabe a dónde”

(Xavier Velasco)

ENTRE PUENTES

RECUERDOS, NOSTALGIAS y VERANEOS (II)

Como los veraneantes antiguos, los nuevos veraneantes hijos de los campesinos que continúan viviendo en sus pueblos o que, como ellos, se han traslado a la ciudad buscan la felicidad que entienden quedó en sus casas, estancada como los olores de las especias en las alacenas o como los sabores de la comida que no sabe cómo allí. Por eso necesitan que todo se repita año tras año, que la campana en el campanario o el reloj del salón suenen con el mismo timbre, que el tiempo, siga fluyendo al mismo ritmo en que lo hizo siempre, que los pájaros y las cerezas píen y sepan como en su infancia y que en el bar o en la calle, a la hora del paseo o del aperitivo de mediodía, se repitan invariables los saludos de todos los veranos: “¿Qué de vacaciones?”, “¿Muchos días?”, “¿Qué tal la familia?”, “En fin”… Como los veraneantes antiguos, su fidelidad al pueblo o a la pequeña ciudad de provincia se basa sobre todo en la nostalgia (distinta a la de aquéllos, pero en el fondo igual) y por eso necesita de la repetición. Algo que no entenderán nunca los partidarios del veraneo cosmopolita, para los que cualquier regreso, ya sea pasado o a un lugar concreto, es sinónimo de aburrimiento.

El veraneante interior se aburre también un poco (no más en cualquier caso, que los otros), pero ocurre que el aburrimiento, lejos de soliviantarle, a él le termina gustando incluso. Basta con verlo sentado en el jardín que fue corral de la casa y que ha decorado con los aperos con que sus antepasados sobrevivieron durante siglos y con los que él incluso trabajo un tiempo, para que vean que ya no lo hace, o, a la caída de la tarde, a la puerta de la casa o del bar, para entender que, si se aburre, es porque lo necesita. Lo necesita para sentirse libre y veraneante, aunque sea solamente un mes al año. Del mismo modo que necesita la rutina inveterada de los días (las fiestas, la comida familiar cada tres días, la visita a los amigos o la excursión al monte cada año), para sentir que nada ha cambiado en torno a su vida, que el tiempo se detuvo para siempre alguna vez congelado dentro de él a las personas y los paisajes, por más que la realidad le haya mostrado al llegar que eso no es exactamente así, que tanto los viejos como los jóvenes tienen un arruga más y que el paisaje ha cambiado otro poco, atacado por las nuevas construcciones o asolado por alguna obra nueva, de esas que el pueblo reclama y que a él le parecen superfluas. El quisiera que todo permaneciera siempre inmutable, comenzando por el mismo, como los veraneantes antiguos.

Mientras por la televisión o en el periódico, el veraneante interior comprueba como el verano oficial, el de las playas y los apartamentos, el de los reyes y los famosos, el de sus vecinos cosmopolitas, sigue también su periplo igual que todos los años arrastrado por una extraña corriente, la del verano, que, no por silenciosa y metafísica, es menos imperceptible. Es la misma corriente que a él le arrastra desde que llegó a su sitio y que le va adormeciendo de día en día, por más que intente evitarlo, hasta acabar convirtiéndolo en un nuevo pecio cuya deriva aumenta con las semanas. A veces intenta revelarse contra ella, se levanta de la hamaca o el sillón queriendo ponerle freno, pero sucumbe de nuevo ante su irresistible empuje, que no es otro que el de la melancolía. Y es que el verano interior, se nutre de la nostalgia, se termina por hacer nostalgia él mismo. Nostalgia de aquellos años en que los veraneantes llegaban con sus maletas y sus séquitos de sirvientes en sus coches de época o en el tren y nostalgia de un tiempo en que los campesinos de este país tenían todavía un sueño que realizar: convertirse, por mor de sus estudios o el trabajo en la ciudad, en nuevos veraneantes para que sus padres estuvieran orgullosos viéndoles llegar cada año a veranear y no trabajar como hacían ellos… Si tuvieron que pasar muchos años, para que aquellos pueblerinos, o provincianos, cansados de tanta labor campesina, pudieran ver recompensados, sus desvelos, sus estrecheces, y el ingrato comportamiento, no todos, pero si muchos de aquellos llamados “señoritos”. Todo ha cambiado tanto, que algunos a duras penas reconocen el sitio que los vio nacer… Pero siguen viniendo a veranear, a sus fiestas patronales, a llevar unas flores al cementerio… Toda una nostalgia… necesaria para vivir.

 

                Fermín González salamancartvaldia.es             blog taurinerías