Miércoles, 24 de enero de 2018

Las historias de la Historia

“De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal.”

JAIME GIL DE BIEDMA

 

La campaña electoral permanente en que se ha convertido hace décadas la política española, está viviendo en estas fechas su más fútil apogeo con el aparente enfrentamiento entre el fogoso independentismo catalán y el más aguerrido y numantino españolismo. Para lograrlo, los dos bandos, que no son sino ambas caras de la consabida moneda del poder, cuentan con el decidido apoyo de unos medios de comunicación a los que quien esto firma ha descrito en múltiples ocasiones como el colmo del amarillismo, la incompetencia negligente para informar, la manipulación y la más flagrante inoperancia periodística.

Detallar las mil y una barbaridades, desatinos y desmanes a los que ha habido que asistir en los últimos días (y mucho antes) en relación con el llamado procés  de independencia en Cataluña, sería relatar la historia de la ineptitud política más flagrante de los últimos años, y sería, sobre todo, reconocer, dolorosamente, que el nivel de ineptitud de la política española se ajusta como un guante a la insignificante altura, no sólo política, también cultural y, sobre todo, educativa, de una sociedad abandonada a su suerte durante lustros por la clase política en cuanto a la atención por su maduración, su educación y cultura, el cuidado de su dignidad y el cultivo de su libertad de pensamiento.

La democracia española, sometida a reprensiones de todo tipo desde su nacimiento, devino imperfecta, mediatizada en sus aspiraciones e impotente para crecer en libertad, y desarrollada con censuras (y amenazas) de todo tipo por parte de los llamados “poderes fácticos” (todavía en la cúspide de los mecanismos del poder), fue dejando de lado cuestiones de capital importancia como la enseñanza y la educación públicas, la laicidad de las instituciones, la cuestión territorial de las nacionalidades o el control de los mecanismos económico-jurídicos del Estado. Así, a las generaciones que vivieron en el franquismo con enormes dificultades educativas, de integración y de participación política efectiva, se han venido a añadir las generaciones ‘de la democracia’ que son, en efecto, al menos en número y como suelen jactarse los políticos, académicamente “las mejor preparadas de la historia”, pero con unas lagunas educacionales de tipo cultural, comportamental, participativo, político y de ejercicio de la ciudadanía, que han producido, a su vez, generaciones de políticos a su imagen y semejanza que hoy ocupan sillones, escaños, tribunas, redacciones de medios de comunicación y colonizan la política española y la información con la altiva mediocridad de la ignorancia, la jactanciosa incompetencia de la impunidad y el petulante autoritarismo del amo.

La deriva (peligrosa, pueril o pasajera) que pueda darse en los preocupantes acontecimientos actuales relacionados con el enfrentamiento en la ‘cuestión catalana’, no dependerá en su gravedad ni en sus consecuencias de la legalidad ni de los leguleyos salvapatrias; no de los gritos ni las banderas ni las estrellas ni las urnas; no de la televisión adormecedora ni los periódicos manipuladores; no de las altas palabras ni los bajos gestos y ni siquiera de las historias épicas y las leyendas patrióticas con que se intenta –y se consigue- formatear la mente de la ciudadanía a ambos lados del Ebro. Dependerá de la posibilidad de que aparezca de nuevo y se pronuncie en la gente una facultad humana arrumbada durante decenios por el posibilismo político, despreciada por la ignorancia para educar y que siempre ha estorbado a la codicia en el vivir; dependerá del uso que se de a esa facultad de las personas, facultad que tan mal se lleva con la política oportunista, con la charlatanería, con la tendenciosidad, con el desprecio, con el egoísmo empobrecedor de los discursos vacíos, con la mentira de lo verosímil y la obcecación de lo imaginado. Dependerá, solo, de la inteligencia.