Domingo, 22 de octubre de 2017

Y la España vacía volvió a vaciarse

A la hora de recoger el fruto de la tierra y del trabajo de los hombres ellos no están. No llegaron a tiempo para la siega y cuando es momento de la vendimia ya han marchado. En realidad, todo ha sido el espejismo de un agosto tan fugaz como lo fue el de 2016 y como lo será el de 2018, como las perseidas que surcaron sus despejados cielos, allá por San Lorenzo. Un espejismo de coches nuevos, que si tuvieran matrícula antigua serían de la M, la B, la SS o la BI, circulando por las calles viejas que no se asfaltan sino que se cementan. Un espejismo de jóvenes y tiernos Paus, Izaskuns y Aitores con una tasa de apellidos leoneses o castellanos no inferior a seis sobre ocho. Un espejismo de abundancia donde entre septiembre y julio reina la nada sobre la inmensidad de los kilómetros cuadrados.

 

En el otoño ya solo unos pocos viajamos al país que nunca fue, la España vacía de Sergio del Molino y de otros que siguen contándola, defendiéndola con palabras, o mejor, que defensa no precisa, poniéndola a salvo de la vacuidad de otra España más implada, o hasta avergonzada de ser lo que es, España. Sus fronteras no aparecen en los mapas sino que hace falta coger el coche y, una vez allí, comprobar el silencio, o la contención de las conversaciones, o el sigilo de los ritos, o la profundidad de las miradas, o la heroicidad de los que luchan bien dentro de unos límites que en vez de proteger te pueden hacer más vulnerable. Esos héroes de los que me hablaba Laura en su dedicatoria, compañera de guardias y de tantas horas en una España vacía que no debiera significar soledad aunque rimen tan bien.

 

Es ahora, mientras las viñas consumen las mermadas fuerzas, cuando el espejismo se desvanece y la realidad se muestra tal cual es. Nuestra España vacía, la de Laura y la mía, la de la Elba y Teresa, la de tantos otros que viajamos cada día al país que nunca fue, es un desierto de páramos y sierras, de campos de cultivo sin manos para labrarlos y montes quemados por manos que eligieron el mal, de localidades que en 1950 parecieron algo y este agosto bastante menos. Pero este desierto es el nuestro gracias a los pocos que lo habitan, los que ocupan unas cuantas casas de cada pueblo y guardan las llaves de los vecinos que hasta la primavera no volverán. Por el camino del invierno quizá tengan que regresar a algún entierro. O a lo peor no se enterarán de una nueva ausencia, porque la España vacía va muriendo en silencio sin que la España ruidosa preste mucha atención.