Martes, 24 de octubre de 2017

Paco Cañamero, la alargada sombra de Manolete

 Conferencia del escritor y periodista en el Casino de Salamanca
Paco Cañamero, en un momento de la conferencia en el Casino

En el coso del Casino torea esta mediodía de día quince de septiembre, sol y sombra fría, el escritor y periodista salmantino Paco Cañamero, y lo hace con un primer espada de excepción, José María Sánchez Terrones, una voz surgida del alma que nos recuerda que los poetas también encumbraron a Manolete ¿Qué es una elegía? Se pregunta Terrones, una elegía en palabras del poeta León Felipe es una lágrima, y una elegía es esta conferencia de mediodía soleado en la Salamanca de ferias y fiestas, en la Salamanca del toro que escucha a Cañamero con un silencio reverente.

         Porque Cañamero tiene el temple y la oportunidad del biógrafo. Porque celebramos el centenario del nacimiento del diestro cordobés muerto por un toro en Linares dejando a un país de posguerra aún más enlutado. Manuel Rodríguez, Manolete, era el torero favorito de mi abuelo Nicolás Martín en mi niñez de pueblo y de corridas radiadas tras el parte de Radio Nacional de España. Y lo era por su hondura, por su silencio, por su planta de ciprés y su tristeza callada de hombre nacido en tiempos de carencia. La carencia de su niñez, muerto su padre tempranamente, la carencia del gusto por su éxito temprano, aquel que le apodó “El monstruo” y le encumbró a lo más alto para más tarde, querer apearle de su pedestal con aquel famoso “Manolete, si no sabes torear para qué te metes” que recitaba mi abuelo entre dientes cuando alguien hacía algo mal.

         Solo frente a la monumental figura de Manolete, Paco Cañamero tiene el capote de la erudición, la facilidad de la anécdota y el gusto por mostrar al personaje desde el conocimiento y la pasión. Nos describe a un hombre, icono de una época, de honda tristeza serio, contenido, flaco de hechuras, un bailarín en sus andares de fina estampa, perfil afilado que se dejaba retratar con la capa charra, los botos camperos que le hacían en Villavieja de Yeltes y en Carrascal del Obispo, paisajes de sus inviernos salmantinos donde pasaba los fríos en las casas de los Galache y los Pérez Tabernero, al abrigo de la gente, entre jornadas de caza, tentaderos que deseaba en soledad y vida retirada al amor de la lumbre. La guerra había esquilmado las ganaderías bravas y solo las salmantinas ofrecían a las primeras figuras el tiempo del retiro en un campo que se le hizo hogar y solaz al torero asustado por la fama. Una figura familiar para la gente del campo al que los chiquillos seguían corriendo cuando llegaba con su Buick azul traído de América a la plaza de Villavieja para acudir a Misa.

         La gente del toro, aquella que mantuvo intacta la habitación que ocupara Manolete en el año 1947, durante la temporada en la que sus ojeras, en las palabras sentidas de Cañamero, enlutaban aún más el perfil afilado del maestro, deseoso de que llegara el octubre que marca el fin de esa peregrinación taurina por los cosos de España. Deseo de paz, deseo de soledad, sangre derramada a la manera de Sánchez Mejías… no llegó al septiembre de la Glorieta el diestro cordobés que tomó la alternativa cuando acabó la guerra, la suya fue una muerte a la altura de la leyenda. Por eso la palabra de Cañamero se vuelve ceremoniosa y truncada para contarnos como en la ciudad de Salamanca y en las fincas que amaba le rezaron misas al torero que pasó muchos de sus inviernos en la dehesa charra, retirado del mundo, del éxito y de su propia leyenda. Una España de luto y muerte, de hambre y pena siguió penando, aquella que había cifrado la gloria en un torero de fuste, en la enigmática figura de un hombre que sufría como sufrían todos tras la guerra. Silencio y sangre. Campo helado de encinas sobrias. Cañamero de nuevo relatando el paisaje esta vez con un hidalgo del toreo recortado en el horizonte. Manolote.

Charo Alonso