Lunes, 20 de noviembre de 2017

Políticos de tribuna...

​Los días y los años pasan y los ciudadanos acusamos la sempiterna crisis entre el cansancio y la acritud. Por un lado algunos preferiríamos no leer ni escuchar ninguna noticia. Pero al final acabamos escuchando o leyendo para ver que se cuece. Pero, ¿realmente sabemos lo que sucede? Lo que sin escavar muchos sabemos es que España está convirtiéndose, como decimos en Castilla: “En la Casa de tócame Roque”. En la que la algarabía, el descontrol y la falta de rumbo campan a sus anchas.

Afrontar los conflictos desde la debilidad es una triste vocación política a la que nos enfrentamos cada día más en occidente. Las democracias pagan terriblemente su debilidad y desunión. Es patente en España que la debilidad social impregna todos los ámbitos de la política, al igual que en otros países de nuestro entorno. Países de peso real que defienden nuestras libertades y que no juegan a beneficios a corto, medio o largo plazo, y que no pueden permitirse cualquier tipo de ataque a la democracia o la soberanía popular.

Cada cual, como país y como ciudadanos, deben ser conscientes de su responsabilidad, pues parece que los regímenes democráticos son más volubles y menos eficaces en defender la seguridad, el honor y los intereses de sus ciudadanos, que los regímenes autoritarios, populistas o dictatoriales.

Construir un orden humano de acuerdo a un ideal elaborado a espaldas de la naturaleza humana ha llevado a cometer los crímenes más espantosos, y pretender imponer a la naturaleza humana un orden perfecto e ideal se lleva por delante no sólo la libertad, sino la vida y el progreso de millones ciudadanos. La libertad es algo frágil y delicado, cuesta conseguirla y cuando se consigue cuesta mantenerla. El deseo de libertad vive en todos los seres humanos pero no equivale a la ausencia de normas. Entre los atributos base de la libertad están algo tan sencillo como son la educación y la cortesía.

En una época marcada por la abundancia de información y de opinión, sabemos el asfixiante poder que puede ejercerse sobre la conciencia individual hasta amordazarla. Algunos hablan ya de una inquisición laica que se situaría por encima de conciencias, libertades e incluso los Estados, e impone a través de los medios de difusión y comunicación lo que está bien o está mal; sin dejar lugar a una reflexión desde otros puntos de vista.

No hay que dejarse amedrentar por esta forma de chantaje emocional que trata de impedirnos decir lo que queremos decir y actuar naturalmente conforme a lo que somos y al sentido común. El más común de los sentidos de los seres humanos, para que la demagogia, la tontería o la necedad, en pocas palabras la mentira siga avanzando a pasos agigantados.

El mayor problema es que más allá de la demagogia y la tentación populista, existe una cosa que se llaman cifras, números, matemáticas, finanzas, mercados de deuda, tipos de interés, compromisos internacionales, cifras de competitividad, mercado de derivados, costes, presupuestos, etc. Cosas aburridas y con poco gracejo, pero indispensables para que funcionen las cosas. La cuestión también está en que los ciudadanos de a pie no suelen tener mucha idea de la sala de máquinas de un Estado y menos de cómo funciona,  y parece que tienen poco interés en saberlo. Mientras, el político de la tribuna, sabiendo cómo funciona, calla la mitad y agita a las masas para que aplaudan su opera particular.