Lunes, 20 de noviembre de 2017

" Los toros en el asfalto"

“Así como en una tarde de toros, una buena tanda de muletazos, puede valer por toda la corrida; así en la vida sucede con algunos logros”.

(Doménico Cieri)

 

ENTRE PUENTES

LOS TOROS EN EL ASFALTO

El secreto de los toros reside en que es un espectáculo anacrónico. Cuando vuela un avión a reacción sobre el embudo dorado de la plaza, uno se asombra de que sean contemporáneos los hombres de arriba -tocando botones, radares, ondas hertzianas, luces parpadeantes en verde y rojo, palancas de robot, en el límite de los viajes interplanetarios- con los hombres de abajo, de verde manzana y plata, de corinto y oro, ídolos con espada,  lanza y saetas de papel rizado, entre caballos y toros, manejando la sangre  con la muerte  allí, en el diamante de la puntilla, que desconecta al toro de la red eléctrica de la vida.

“¡-Cuando se desintegra la materia y se forma el hongo venenoso de ecuaciones de la bomba de hidrógeno; cuando ya casi paseamos por la luna, cuando televisamos las guerras que lamentablemente se suceden a nuestro alrededor, cuando podemos enviar un mensaje al otro lado del mundo”!-, todavía unos mozos matan con la espada como en los albores de la Edad del Bronce. En torno a la plaza, de esta isla primitiva de relinchos y mugidos, de esa gota de selva, de esa partícula de Génesis, rugen los claxon, las bocinas, los motores del mundo hecho por el hombre, con su fauna mecánica, con sus "autos" -coches de cientos de  caballos-, con sus motocicletas con una persona montada a la grupa como un recuerdo atávico de la jaca; que portaba al “monosabio”.

Vigilan al combate virginal, primitivo, fresco, palpitante, no unos ojos humanos, sino lentes de máquinas de turistas, teleobjetivos, cóncavas pupilas del "cine" en colores, y miles de flash, descargan su luz, ya, desde que arranca el paseíllo…Una concesión del ruedo sangriento, de ese "confeti" de desierto, a la vida moderna… ¡¡Pero, a los toros los siguen arrastrando las mulillas!!.

El hombre de la ciudad; el de las oficinas y los empleos; el del piano tedioso de la máquina de escribir; el del alfabeto, sin poema de amor, de la taquigrafía; el de los archivos -que son los nichos de las cosas-; el de la hipoteca, el de los ordenadores, el de los tranvías, son: la negación del libre galope; ¡”ese hombre va a la plaza a rejuvenecerse, a oír mugidos que jamás serán congelados en la serpiente del hilo magnetofónico; a escuchar relinchos que nunca se extenderán; a ver la sangre sin análisis ni velocidad de sedimentación; a contemplar apagarse corazones que no conocen el electrocardiograma. Los toros traen el campo a la ciudad, su paisaje de encinas y de ríos, sus florecillas amarillas o moradas de la primavera…”! ¡Hombres que nunca han visto la luna, ciudadanos del asfalto y de la propiedad horizontal, hablan de cuántas hierbas tiene ese toro; de los pastos de mayo que embravecen; de por qué los toros de aquella ganadería tienen las patas tan fuertes, ya que el abrevadero está a muchos kilómetros de "sus cerrados"; y comentan cornadas, de las cuales aún se muere!... Los toros son el espectáculo de un pueblo religioso que juega con el Más Allá; no tienen nada de república ateniense (deporte), sino de Imperio romano (sacrificio).

Tenía razón aquel aficionado cuando decía que a los toros no iba uno a divertirse (el fútbol es mucho más divertido). El toreo es intuitivo y racional, y matar frente a frente es maravillosamente absurdo, existiendo mataderos de punzón eléctrico y frigoríficos donde la carne viva se convierte en cosa acartonada.

Todo lo que en el ruedo sucede es imprevisto y deslumbrante, y allí se congrega todo lo inesperado; hay en los tendidos indios, turistas de Bombay, chinos, japoneses, africanos y americanos miopes; y entran, volando, y alguna vez planea una paloma de tendido a tendido; o se suelta un globo; y discuten, y están a punto de pegarse, un abogado y un médico por la cojera de un toro y vemos que, los alguacilillos llevan al galope una enorme llave que no abre ninguna puerta.

En los toros se venden, astronómicamente, como en un eclipse, el sol y la sombra; y a semejanza de las rústicas cosechas, el espectáculo depende de la lluvia; de una nube que pasa.

Las gentes están tan tristes a la vuelta de los toros porque retornan a la vulgaridad, a la civilización, a todo lo artificial y anti- biológico, a todo ese ruido, a todo ese remolino de sensaciones descontroladas, que empiezan sonando en su bolsillo, ha entrado de nuevo en la vorágine, en el gran circuito de las avenidas, calles y aceras plagadas de gente.

Muchos pueblos han jugado con los toros; desde hace miles de años en Creta…Están, tan en la entraña de nuestros sueños ancestrales los combates de toros, que han suscitado poemas, romances, novelas, esculturas, cuadros, músicas, grabados y óperas y todavía no ha surgido, ni creo que nacerá nunca, la Carmen, de Bizet, del fútbol; ni habrá tapices de Goya sobre un "penalti"; ni romances de Federico o décimas de Gerardo, en un "córner".

El toreo es casto y sensual; pueden ir a él los frailes y los niños, como fue la elegante mujer con mantilla y ensangrentada de claveles en una barrera de sol.

Antes, los toros eran más hermosos  y más imaginativos… Ahora, al intelectualizarse, las corridas han perdido vitaminas. Porque lo excesivamente clásico comporta algo de tedio… Como el mito de Fausto y Mefistófeles, el toreo devuelve la juventud a la ciudad envejecida de reglamentos urbanos.

El toreo no está fuera de nuestro tiempo; es un drama de capa y espada… Y cuando un espada brinda a ese público de ojos expectantes que van a evaluar su valor, su técnica, su disposición y su entrega, la muerte del toro, revive un sentimiento de hace veinte mil años.

 

                Fermín González salamancartvaldia.es     blog taurinerias