Miércoles, 20 de septiembre de 2017

Ranquines

 

Es pronto para asegurar que este cambio de delegaciones diocesanas o aquel reajuste del mapa de los arciprestazgos sea un fruto de la Asamblea Diocesana que hace justamente un año ocupaba, en sus sesiones finales, a la Iglesia local salmantina. Cada cual, en su fuero interno, podrá evaluar si los meses de reuniones, encuentros, oraciones, diálogos y celebraciones le sirvieron para esa conversión personal, siempre incipiente y siempre incompleta, que sustenta toda transformación global. Habrá comunidades que sí se hayan sentido renovadas, o impulsadas a la renovación, y otras que estén en camino. Tiempo habrá para las certezas.

 

Esta semana, en plenas jornadas pastorales de inicio de curso, la Diócesis vivirá el comienzo de Ranquines, su apuesta por las personas con problemas de salud mental en situación de exclusión social. En la práctica son casi sinónimos. Muchas familias han sido atravesadas por esa espada y no siempre es fácil resistir a ella. Las que lo consiguen no escapan de la herida. Toda ayuda es poca para ampararlas, y más aún para acoger a aquellos que están a solas con su dolor. La iniciativa diocesana, vehiculada por Cáritas y con la colaboración de los Paúles y otras entidades eclesiales, responde bien a esa definición de la Iglesia que el Papa Francisco expone en el número 47 de Evangelii Gaudium: “Casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.

 

Por eso, Ranquines más que fruto es semilla. En la fiesta de San Vicente de Paúl, aquel a quien en mi colegio carrionés pedíamos cantando “enséñanos a amar al pobre, nuestro hermano, como lo amaste tú”, se abre una puerta en la carretera de Madrid. Una puerta de la Iglesia de puertas abiertas, hospital de campaña, casa paterna. La vida a cuestas de los que allí sean acogidos no es una vida cualquiera. Ciertamente pesa, lastima, aflige. Se adueña del cuerpo y se incrusta en el alma sin la mente como aliada. Siendo así, la puerta abierta de Ranquines les adentra para sacarles, para que el mundo pueda mirarles a los ojos, porque también el mundo debiera proponerse ser hogar donde a nadie se excluya.