Jueves, 23 de noviembre de 2017

Las sirenas, ayer y hoy

Odiseo y sus compañeros llegan al difícil paso las sirenas, que con cantos engañosos atraen hasta el abismo. Odiseo, bien aconsejado, se ata al mástil para no ceder a tanta tentación y él y sus compañeros se libran no escuchando aquellas voces tan llenas de atractivos casi irresistibles. Después atraviesan los dos escollos que tragan a los barcos que pasan: Escila y Caribdis, dos extremos con los que chocan las naves y los dos monstruos devoran a los incautos náufragos. Una fuerte tormenta rompe su barco y está dos días y dos noches a la deriva hasta que llega a la tierra de los feacios, solo, desnudo y sin nada. Cómo única pertenencia sólo lleva la voluntad, y la esperanza, de volver a Ítaca.

Hay pasos y estrechos conocidos por su dificultad: Roncesvalles por donde pasó Carlomagno, paso de las Termópilas por donde pasaron los persas, el estrecho de Torres por donde pasó el Nautilus, el paso de Traversette en Los Alpes por el que pasó Aníbal, el Bósforo o el de Gibraltar por venir más cerca, el estrecho de Mesina que entre corrientes y costas cortadas a pico pasó Odiseo…

Y están sobre todo los pasos peligrosos de la vida, llenos de Voces y Cantos de sirena que reclaman, atraen, engañan muchas veces y acaban destrozando al incauto, como a barco empujado contra los acantilados de la Costa da Morte: muerte sin remedio. Ahí están los estrechos pasos entre la justicia y la misericordia, entra la rebelión y la paz, entre el silencio y la protesta, entre la obediencia y la insumisión, entre lo tuyo y lo mío, entre deberes y derechos, entre la confianza y la sospecha, entre  etc., etc., etc… No es fácil encontrar el paso exacto y el equilibrio justo. En eso andamos casi todos.

  Mirando a nuestra tierra y a sus gentes, que somos nosotros, nos vemos navegando cada día entre escollos, decisiones, tentaciones y fidelidades. Y esto en todos los campos de la vida.

Yo soy Odiseo entre Escila y Caribdis. Cada día tengo mi tentación y mi duda, hay siempre una elección pendiente. Y no vale aquí el viejo consejo “nada en exceso” del frontón de la puerta del templo de Apolo ni el “in medio stat virtus” de Aristóteles ni el “in medio tutissimus ibis” de Ovidio que a veces han pervertido nuestro sentido moral, que casi nunca consiente medianías ni términos medios sino juicio claro, elección ajustada y acción decidida. La mediocridad siempre fue mala compañera.

Llega el golpe del terrorismo y debo elegir entre el odio o la interpretación justa, entre el remedio adecuado o el rechazo violento, entre la interpretación y la fobia. Llega la estrechez de la vida y no logro saber cuándo tengo que olvidarme de mí y cuando debo pensar en lo mío; aparece cualquier crimen y me muevo entre la tolerancia cero y la misericordia; viene la corrupción y me desazono entre la rabia y la serenidad ciudadana; llegan las notas del colegio y dudo entre montar en cólera o mostrar cercanía y animar como se pueda.

Y casi peor todavía si llega el canto de las sirenas de turno en cualquier cruce o paso de la vida de todos los días; entre dejar al prójimo a su suerte aunque sea pésima o echar una mano que trate de recuperarlo; entre seguir siendo generoso y paciente o dar un golpe de fuerza y acabar con todo lo que haya que acabar; entre resistir y superar las cien debilidades de la fe o ceder y dejarla perecer por su propia decadencia; entre la honestidad hasta en el detalle más elemental o apuntarse a la trampa, pequeña, eso sí, que se me ponga al alcance; acoger a la Iglesia o a la diócesis o a la parroquia como casa y familia pese a cualquier pesar o liquidar relaciones y echarse al campo. Miles de sirenas de todos los tamaños apostadas en las orillas y curvas de la vida.

Hasta hace bien poco existían acompañamientos que en cualquier paso estrecho de la existencia te facilitaban lucidez y fortaleza para, como Ulises que sigue el buen consejo, hacer una buena elección. En muchos casos la familia, sobre todo padres y hermanos mayores, hacían ese oficio gratuito y amoroso; era también fácil y frecuente el acompañamiento, sobre todo cristiano, por parte de algún sacerdote que aportaba luz y lucidez en cualquier paso de la vida. Y esto con tal solvencia y tal facilidad que apenas había nadie que careciera de un apoyo cercano en cualquier conflicto con las sirenas del caso.

Hoy el ciudadano está más bien solo, quizás puede pagarse un especialista en resiliencia o puede ayudarse como pueda con esa especie de solepsismo de un libro de autoayuda o como es cada vez más frecuente acudiendo a cualquier ventana de Internet solicitando soluciones. En estas condiciones buena parte de los naufragios y fracasos están ya servidos.

Como hay que terminar ya, acabo deseando que la familia sea espacio de diálogo y de limpia confrontación ante cualquier sirena que se presente o ante cualquier situación apurada entre Escila y Caribdis; la familia es eso ante todo más que pensión para comer o dormir o sindicato de intereses compartidos. Y pido también a quien corresponda que la escuela o el colegio sean en esto colaboradores expertos y documentados. El Ayuntamiento va a abrir un servicio de Acompañamiento en las CEAS. Y hago apremiante solicitud a la Iglesia, en sus espacios más cercanos, para que sea, como tantas veces ha sido y está siendo, espacio privilegiado y casi inmejorable para acompañar como madre y maestra a cada uno de sus hijos en cualquier situación que necesite iluminación, ánimo, ayuda y buen juicio. Además de los que ya funcionan en cualquier parroquia o comunidad cristiana, están abiertos cada día los servicios de acompañamiento en El Carmen y en San Juan de Barbalos.

No basta decir y citar “venid a mí” ni “yo estaré con vosotros”, hay que cumplirlo cada día con cualquiera. Sobre todo si está atrapado entre sirenas o se ve incapaz entre Escila y Caribdis, como de hecho hoy le sigue pasando a mucha gente.

Y seguimos la navegación por el mar de la vida, de la mano de Odiseo, desoyendo las sirenas de turno y evitando cualquier promontorio que amenace a nuestra barca.   ¡Feliz viaje!