Jueves, 21 de septiembre de 2017

Heidegger.

Durante este caluroso estío, lejos de Madrid y cerca del Tormes, he estado leyendo un magnífico ensayo escrito por Donatella di Cesare, catedrática de filosofía en la universidad de Roma, la Sapienza. La autora comenta los “Cuadernos negros” de Martin Heidegger publicados en Alemania en el 2013 y en España en octubre del 2015 (ed.Trotta). En Alemania la publicación de estos diarios, escritos en la vejez del autor, provocaron una enorme conmoción. En esos cuadernos Heidegger se reafirma en las decisiones políticas e ideológicas por él tomadas durante la época del nazismo. Incluso, no hace en ellos la menor referencia a las atrocidades cometidas durante el Tercer Reich. Hasta esas fechas sus colegas alemanes y no alemanes se habían encontrado ante un gran dilema: “si ha sido un gran filósofo entonces no fue un nazi; si fue un nazi entonces no ha sido un gran filósofo” En efecto, después de leer los “Cuadernos Negros”, no cabe la menor duda: Heidegger fue un nazi y como tal un mal filósofo.  Heidegger en su famosa obra, Sein und Zeit (“Ser y tiempo”), decía que el ser humano es un Ser-en-el-Mundo, un Dasein, un ser-Ahí. La piedra, razona, carece de mundo, es un weltlos: “Una piedra no puede estar muerta, porque no vive”. Pues bien, para Heidegger el judío es como una piedra. Comenta al respecto Donatella di Cesare: “Más que a-mundano es ‘in-mundo´, impuro, porque, el judío carece de mundo, de la ‘mundanidad’, de la existencia”. Al autor de “Los Cuadernos negros”, sin embargo, no le satisfacen los arquetipos antisemitas al uso, avaricia, mendacidad, lujuria, falsedad, cobardía…  En su radical crítica va aún más allá: su antisemitismo se argumenta desde la metafísica. Heidegger se pregunta: el judío ¿qué es? (no ¿quién es?). La respuesta a tal interrogante elude lo particular y lo singular. Sugiere Di Cesare: “la conjuga con el ansia de la generalidad y con la aspiración de desvelar su esencia”. De esta suerte, Heidegger irrumpe, sin proponérselo, en campos de lo indemostrable. De alguna manera esa travesía no la hizo en soledad. La hizo, si bien a distancia, de la mano de Kant y de Nietzsche, pasando por Hegel. Wittgenstein ironiza acerca de los logros alcanzados por esos filósofos idealistas y, un mucho, románticos: “el culto a la generalidad es la verdadera fuente de la metafísica lo que lleva al filósofo a la oscuridad más completa” (¡Genial!) Lo malo de tales escarceos semánticos es que no se quedaron en lo que son: puro humo. Lo peor fue que abrieron la puerta a lo irracional, al suponer superiores a ciertos hombres y razas o al considerar que la justicia o la libertad son categorías, en sí, trascendentes e inmutables y dadas por vaya Vd. a saber quién. En suma, lo pésimo, es que proporcionaron, prevaliéndose de su prestigio intelectual, razones suficientes para sellar un destino aciago para millones de personas. Muchas de ellas, los judíos, acusadas de constituirse en irreconciliables enemigos del “Ser”, del Sein, de un sinsentido y de un absurdo. Tanto es así, que ya en 1932 W. Gurian escribía: “El antisemitismo metafísico se ha convertido en fe de masas” (Um des Reiches Zukunft). De esta guisa la “judenfrage” (la cuestión judía) devino en la “seinfrage” (la cuestión del ser). Heidegger, entre otros, a estas semitas gentes les negaron, no sólo “el pan y la sal” (Leyes de Nuremberg), les privaron de su “condición humana” (La solución final). Los idealismos son muy perniciosos. La vida, mal que a esas gentes les pese, tiene nombres y apellidos. Los tópicos van y vienen. Las personas, sin embargo, permanecen, se pasan el testigo unas a otras y exigen reparación. De alguna manera, hoy se repite esa historia. Algunos de nuestros “intelectuales” se desentienden de lo concreto subidos al último palo del gallinero. Predican generalidades. Echan leña al fuego de los “lugares comunes” aupados en su “líquido” prestigio (al decir de Zygmunt Bauman). Estos, como aquellos, alquilan sus plumas al servicio de unos pocos, de los que deciden por donde pasan las coordenadas del eje del bien y las coordenadas del eje del mal. Como diría Hannah Arendt: no le busquen tres pies al gato, el mal es pura banalidad. Heidegger se vendió por un rectorado y, hoy, otros como él por esa u otras fruslerías. Tanto da.