Miércoles, 20 de septiembre de 2017
Las Arribes al día

San Leonardo

Reflexión tras la exposición del artista Isidro Elena, ‘De uno a otro, sin subtítulos’, en este despoblado perteneciente al municipio de Hinojosa de Duero
Restos de la torre de la iglesia de San Sebastián en el hoy despoblado de San Leonardo / FOTO: INFOTUR

Dicen que fueron los franceses quienes, en la derrota de su huida, asolaron y destrozaron este pequeño poblado. Estarían rabiosos, cansados y humillados por un puñado de paisanos al que ellos, el mejor ejército del mundo, no había podido someter. Eran los primeros años del siglo XIX y allí, en ese pequeño núcleo entre dos países, diezmado por los múltiples saqueos y escaramuzas de los portugueses, consecuencia de esa sempiterna relación de amor y odio entre vecinos, todavía debía quedar algo por arrasar. Los franceses debieron verlo fácil y no dudarían en adornar su retirada desquitándose un mucho con aquel poco.

Otros aseguran que la causa real de su abandono y declive estaría en el agua, en el agua contaminada de su fuente románica, envenenada por alguna mano criminal quién sabe con qué retorcidos razonamientos, porque el propósito parece evidente.

¿O tal vez fue la peste? ¿Quién no ha recurrido alguna vez a la peste para justificar muertes, desolación, abandono y ruina? ¿Qué mejor excusa para trasladar cualquier carga de conciencia a tan omnipresente y letal compañera?

Pero ni guerras ni pandemias ni saqueos ni el afán de un alma envenenada pudieron doblegar el orgullo de la espadaña de su iglesia –una iglesia dedicada precisamente a San Sebastián, el santo más invocado para proteger de la peste–, que se ha mantenido tan firme como olvidada durante siglos.

Hasta ahora

Porque Isidro Elena consiguió por unos días lo que nadie había logrado durante cientos de años. Y precisamente revistiéndola con la representación artística de aquello que ocasionaría su ruina: el desprecio por el otro, la falta de empatía, el culto al dinero, el ansia de poder.

Cientos de personas volvieron a cruzar durante esos tres días por el arco de ese arruinado muro de piedra para descubrir por primera vez, o redescubrir, la belleza y el misterio del lugar para dejarse seducir por su entorno, por lo que su imaginación les pudiera sugerir que fue, o por lo que su fantasía les llevara a recrear de lo que podría haber sido.

Tiene razón Isidro Elena al destacar que “a pesar de vivir en entornos desfavorecidos y ciertamente marginados… el mundo rural está más despierto de lo que hasta nosotros mismos pensamos”. Sólo es necesario que nos lo creamos y nos pongamos a trabajar en esa dirección, valorando lo nuestro, imaginando alternativas, recreando nuestro magnífico entorno e impulsando propuestas que permitan a quienes nos visitan poder disfrutarlo con intensidad y en su totalidad. ¿Se imaginan, por ejemplo, en este mismo lugar, una noche de verano, con la luz de la luna y de cientos de lámparas solares, escuchar el diálogo de un arpa con una flauta travesera, el emotivo sonido de un saxo, o la ancestral magia de nuestra música celta?

Ojalá que iniciativas como la de Isidro Elena sirvan para destapar la caja de los truenos y nos ayuden a despertar de este largo letargo, de esta ya demasiado larga agonía, y para ofrecer al mundo lo mejor de nuestra propia esencia.  

F. Caro