Jueves, 21 de septiembre de 2017

Círculos viciosos

Eso de los viajes largos te deja la cabeza boba, que diría mi abuela. Por un lado está el cambio de hora, desorientación absoluta, por otro, el océano de por medio, un vértigo febril y extraño que nos recuerda cuán pequeños somos. Tanto que todo al otro lado tiene una cualidad en sordina, como si no nos llegara claramente la pulsión diaria… y menos mal, porque tras el atentado de Barcelona uno siente verdadera vergüenza ajena, primero por la actuación de las diferentes policías y sus maneras de solaparse y después, por ese uso y abuso indecente del soberanismo para utilizar una tragedia. Sí, internet, que no tiene fronteras ni franjas horarias, nos devuelve la prensa española y nos descubre una situación que de puro estúpida daría risa si no fuera porque hay víctimas y aún más, fracturas que van a tardar mucho en sanar si es que sanan. Utilizar a los muertos es de una indecencia atroz, pero parece que nadie se atreve a decirlo en voz alta, esa voz que es la de todos aunque no se oiga.

         Lo que sí se oyen son pitos. Vaya con los pitos, primero al rey en una situación absolutamente inadecuada, segundo a un jugador del Barça que al menos, no tiene pelos en la lengua para defender sus propuestas, pero que, en ese momento, estaba en lo suyo, pegándole a la pelotita. Claro, que si se pita al rey, por qué no pitar a Piqué. Después de todo pito por pito, el anonimato y la masa hacen milagros. Yo a Piqué le admiro la valentía de dar su opinión aunque no la comparta, y al rey, bueno, al rey ni sé, demasiada desgracia tiene con eso de la altura, es imposible que pase desapercibido en una manifestación a la que tiene la obligación de ir y va con la cabeza bien alta, diana de todas las estupideces. Se puede ser republicano, soberanista, pero no estúpido y saber que hay momentos en los que sobra la banderita, la pancarta y las estupideces. Momentos en los que solo el dolor es importante, el dolor de lo que no podemos entender y el dolor de saber que nuestra vida es frágil y está sometida al azar y al horror.

         Uno regresa y hay aún sol, aunque el fresco de la mañana y los dichosos cuadernos empiezan a situarnos en un septiembre de sequía y de tristeza. Tristeza porque no hay solución a todos esos males que día a día se repiten en los noticiarios, tristeza porque el agua a veces falta y otras veces se desborda y tristeza porque a un país de opereta le da por hacer pruebas que, dentro de nada, nos obligarán a tomar una cruel decisión. A mí que me devuelvan el verano antes de todo esto, el verano recién estrenado, aún libre de atentados y sin la espada de Damocles nacionalista. A mí que me devuelvan mi huso horario y mi uso de la alegría. Mientras, la niña afila sus lápices con poca gana… a ella el tema de Cataluña le provoca una reacción alérgica curiosamente lingüística: cada vez que va a ver a sus primos hermanos se niega a hablar en catalán aunque lo entiende sin problemas. Y dice que lo hace por motivos políticos… la que estamos armando no tiene remedio si hasta una criatura de trece años toma partido de esta manera. Menos mal que su madre le sigue pegando al blanco del Penedés…

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.