Jueves, 21 de septiembre de 2017

Borrador para unos los ojos abiertos

“La experiencia de Dios inspirada bíblicamente no es una mística de ojos cerrados, sino una mística de ojos abiertos; no es una percepción relacionada únicamente con uno mismo, sino una percepción intensificada del sufrimiento ajeno”

 

J. B. Metz, El clamor de la tierra: el problema dramático de la teodicea.

 

 

(…) “desechamos lo sobrante del modo más radical y efectivo: lo hacemos invisible no mirándolo o impensable no pensando en ello. Sólo nos preocupa cuando se quiebran las rutinarias defensas elementales y fallan las precauciones, cuando corre  peligro la confortable y soporífera insularidad de nuestro Lebenswelt que supuestamente protegen”

 

Bauman, Vidas desperdiciadas

Un creyente, como cualquier ser humano, no puede renunciar a la pregunta por el sentido, sino transcenderla en la búsqueda de la verdad y apuntar hacia la esperanza. La pasión por lo Eterno, no debe anular el horizonte liberador de Dios abierto por la resurrección de Jesús, en el crucificado nace la esperanza de la presencia de lo indecible, del Dios del amor. En centro de pregunta, está ese Dios de Jesús, el Viviente, que abre el horizonte de sentido en el amor al hombre, sobre todo a los más necesitados y abandonados por el mundo y la sociedad. Si el Resucitado está en el centro de la vida del creyente, sus seguidores deben estar donde se colocó el Maestro, suspendidos en el dolor, pero iluminados por la vida. No pueden lavarse las manos ante tanta historia de sufrimiento y estar presentes en las heridas del mundo, sobre todo en el dolor y las lágrimas de los más necesitados.

Mirar nuestro mundo desde la fe, es mirar con ojos espiritualmente abiertos, liberar la mirada para no perder la razón y la solidaridad, como recordaba Saramago en su Ensayo sobre la ceguera. El excelente escritor articula un grito humano sin Dios y, ante la situación de nuestra realidad, llama a desplegar la lucidez y el vivir con humanidad ante la indiferencia existencial. El creyente que vive en verdad, debe desplegar un grito desde la humanidad de Dios, un Dios con nosotros, que no quiere ser sin los más necesitados de la tierra. Acoger al inmigrante, al refugiado, al pobre, al que sufre, es acoger al “Otro”, abrirnos al extraño, cambia nuestra forma de ver la realidad y también de entendernos a nosotros mismos.

Jesús creció en un mundo donde los pobres carecían de lo más necesario para su dignidad, en medio de las tensiones socioeconómicas de la Galilea del siglo I. En medio de su realidad, abrió los ojos y pudo ver que la pobreza no solo era material, también social y espiritual. La opresión, la explotación les hacía vivir al margen de la sociedad y también de Dios, acceso exclusivo para los que eran pulcros cumplidores de la ley. Jesús bebe del propio pozo de la tradición bíblica del judaísmo, para levantar la bandera del Dios de los pobres. “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. (Lc 4, 18 – 19; Is 61, 1-2). El anuncio que realiza en la sinagoga de Nazaret, su pueblo, no es teórica, es una realidad que se está viviendo y que vivió en su propia familia. En Jesús, el futuro nuevo de Dios, anunciado en Isaías, se quiere hacer realidad en una Buena Noticia para aquellos pecadores, pobres y rechazados. Dios ha instaurado un nuevo tiempo en Jesús, en base a su misericordia, un Reino, que como un tesoro escondido o una perla preciosa, se anuncia a los más pobres, frágiles, enfermos y humillados de su sociedad.

Dios se abajó de su transcendencia, y a pie encarnado en el mundo, como el buen samaritano, se le conmovieron las entrañas por el dolor y el mal ajeno, allí al borde del camino, en el camino de Jerusalén, se encontró con muchos golpeados por la pobreza y la injusticia. El dolor de los pobres se convierte en Jesús en una experiencia religiosa, que le permitió reconocer en aquellos lugares de injusticia, pobreza y humillación, el discernimiento de la presencia del Dios del Reino o la presencia de Dios en la historia.

Hoy también, el seguidor de Jesús no puede serlo al margen del enorme dolor del mundo. La espiritualidad que Jesús vivió y enseñó, tendría que marcar el logos del pensar cristiano, una mística que desea ver más y que quiere hacer visibles a los que sufren invisiblemente y, que pueda alentar una práctica de la compasión como mística de la justicia divina (Metz). Los ojos deben mirar a ese mundo de “residuos humanos” (Bauman), esa masa de “poblaciones superfluas” de emigrantes, refugiados, pobres, humillados, que en la globalización se han convertido en residuos no deseados, en personas totalmente invisibles e injustamente tratadas. La sociedad no busca resolver el drama de los refugiados, la inmigración o la pobreza, sino la forma más eficaz de invisibilizarlos, de anularlos lo más rápidamente posible para que no sea un obstáculo en esa sociedad líquida y consumista de la vida moderna.

Es necesario abrir los ojos a esa realidad que estamos viviendo, sabiendo que la última dimensión de lo real está habitada por Dios. Dios se hace presente en el dolor de los humillados, siendo imperativo indisoluble el amor a Dios y el amor al prójimo. La pasión divina debe reconocerse y consumarse en nuestra misericordia, en nuestra disposición intensificada a la percepción compasiva del dolor ajeno (Metz). Seguir ese camino de Jesús con esa espiritualidad de ojos abiertos, es un imperativo categórico para todo cristiano, al que se pueden sumar toda persona que busca la justica y un mundo más humano en la noche oscura de la indiferencia. Es una mística relacional, interhumana y política, que brota de la indignación y de la misericordia que provoca la percepción del sufrimiento injusto (F. Javier Vitoria). Confesando humildemente  nuestra fragilidad humana, pero la certeza de ser amados sin medida por un Dios que sufre con los que sufren, se debe desplegar el doble latido de un corazón que afina los sentidos para ver la novedad en la cotidianidad de cada día.