Jueves, 21 de septiembre de 2017

Son los días tranquilos de septiembre

 

 

Son los días en que las hojas empiezan a revolotear por los suelos, en un giro infinito. Días de hojas amarillas y de sombras encendidas que nos hablan de la vida y la muerte. Para ser más exacto son días en que los recuerdos son una visión y una imagen encerrados en una impresión general con la certeza de estar vivos.

 

Mientras  septiembre se adentra en el otoño, prescindo de su primera capa de cielos azules, de lunas inmensas y noches largas, mientras llegan las lluvias y los cielos de nubes caprichosas.

 

La memoria conoce los claroscuros de la vida, los cielos en los que los días son una fábula y sus espejos metáfora de los sueños, en los que somos cautivos de las raíces del tiempo, atrapados a las paredes de los húmedos relojes y  lejos, muy lejos  del asombro y la inocencia.

 

 

Septiembre es   la resonancia de la voz del viento… y la vida es frágil como las hojas muertas que de pronto se ponen amarillas.

 

Cambia el color del parque,  el sol se tiñe de olvido, el calor  cede su territorio de pasión, el viento sopla, y va y viene por la ciudad y esparce los sueños, mientras las hojas se mueven de un lugar a otro arremolinando sueños, esperando los cielos teñidos  de gris... y luego deshechos  en lluvia
en las miradas de las cancelas vacías.

 

 

La memoria crece y septiembre es una fábula, metáfora de vida en los claroscuros del día y la ciudad, son horas de pedirle sueños al silencio, de aspirar el aroma de cielos encendidos, de escuchar  el silencio del mundo.

 

 

La memoria pervive en la ciudad,

en esos pasos que siempre la recorren,

en la ruina en que se alza,

en la luz que la transforma en armonía

 

 

Recorrerla en sentirla

en las esquinas de los vientos

en los parques que sin apenas saberlos

los amamos en el sueño de los árboles.

 

En los muros pintados y en los rostros

somos partícipes de un devenir de sombras,

también en los cielos de cada atardecer que aquí pervive

con los signos de la supervivencia.

 

 

Somos testigos de abrazos y crepúsculos

de lluvias y de soles. Del tiempo que pasa

como si no pasara nunca

en la memoria y olvidos de todo lo que fuimos.

 

Hoy, tu, regresas, como cada tarde,

en el vuelo de las aves, en la rosada cortina de los sueños,

en el hermoso cuento de las luces

a las colinas y valles que encierran la ciudad.

 

 

Hoy queda el duelo de palabras y días

de calles y plazas, de jardines y piedras

donde grabar los nombres de las sentidas memoria

en las páginas del tiempo, donde la ciudad reposa.