Sábado, 23 de septiembre de 2017

Sentimientos

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Comienza septiembre y con él se inicia el curso político y social. El panorama, en lo político, no puede ser más desolador, sobre todo por el grave conflicto territorial entre el gobierno catalán y el español debido al controvertido referéndum de independencia que los “hunos” (gobierno central) dicen que no se va a celebrar y los “hotros” (responsables de la Generalitat catalana) proclaman que sí.

Tal cúmulo de adversidades provocan el hartazgo en la ciudadanía, a la que, por cierto, no hacen caso los gobernantes y políticos de turno, porque en la calle (ni en Cataluña ni en el resto de España) el problema identitario no es la principal preocupación, sino que lo son el paro, la corrupción, los problemas sociales, la educación, la sanidad o las pensiones. Es más, creo que tanto a los hunos como a los hotros les interesa que el debate político vaya por esos derroteros para ocultar su verdadera incapacidad a la hora de resolver los problemas reales de los españoles.

Por ello y ante este maremágnum de problemas sugiero al lector a reencontrarse con el sosiego espiritual y físico tan necesario en estos tiempos de cólera, olvidarse por unos días del ajetreo cotidiano y acudir a las fiestas de mi pueblo, la localidad de Mieza, enclavada en la hermosa comarca de Las Arribes del Duero. Allí celebramos, un año más, las fiestas en honor a la Virgen del Árbol. Una tradición milenaria que, al parecer, proviene de la cultura Celta (luego asumida por la religión Católica y que se sigue celebrando con el fervor tradicional que merece), puesto que el término municipal de Mieza es uno de los que más densidad tiene de árboles frutales en la provincia de Salamanca y los lugareños daban gracias al cielo y a los dioses por los frutos recibidos en la cosecha.

Y, aunque de tradición Celta, también se puede percibir en los miezucos (como algunos historiadores se han atrevido a asegurar) ciertos vestigios de otra cultura diferente, la de los Fenicios (mercaderes por excelencia), porque los miezucos históricamente llenaban las plazas y mercados (no sólo de las comarcas de Vitigudino y Ledesma, sino de otras más lejanas) con cerezas, guindas, almendras, aceitunas, uvas, melocotones, peras, manzanas e incluso naranjas (por el microclima mediterráneo que atesoran las orillas  del Duero). Sabido es que los habitantes de Mieza cogían las banastas, las cargaban en los mulos y se disponían a recorrer carreteras y veredas para vender sus productos lejos de su terruño.

Hoy, debido a la fuerte emigración y las nuevos métodos productivos y mercantiles, poco queda de aquéllas costumbres comerciales, pero no está mal recordarlo, porque a nuestros padres y abuelos les genera un sentimiento especial, una nostalgia irrefrenable que forma parte del tuétano de nuestra existencia como pueblo y del que emanan nuestras costumbres, tradiciones, cultura e idiosincrasia.

Por ello, y desde este rincón inigualable que es el Mirador de la Code, invito al lector a pasear por nuestros hermosos senderos donde se divisan los paisajes más impresionantes sobre el Duero, a disfrutar de la ofrenda de las madrinas a la Virgen con roscas de almendra y del baile de la bandera, a degustar nuestra gastronomía arribeña, a beber nuestros frescos y afrutados vinos de uva de Rufete, Juan García y Malvasía y el aguardiente, tan exquisito, a cantar y bailar hasta el amanecer en las verbenas y al calor de las acogedoras “peñas” festivas.

La llegada de las fiestas patronales supone siempre un sentimiento general de ternura, de racimos de recuerdos de la infancia correteando por las calles, del calor de los veranos y de las siestas, del cariño entrañable e infinito de los abuelos. Las vivencias de las fiestas evidencian la emoción del reencuentro con los seres queridos y con muchos amigos con los que, por motivos laborales y de residencia, sólo se coincide en estas fechas. Son, en definitiva, torbellinos de sentimientos que brotan de lo más profundo de nuestros corazones, nos humedecen los ojos y recorren cada centímetro de nuestra piel. ¡Vivámoslo, merece la pena!