Miércoles, 22 de noviembre de 2017

La vendimia

 

Me gusta el campo. Me encanta trochar los barbechos, husmear en las madrigueras de los conejos y de los zorros, detenerme en las lindes de los huertos para contemplar como crecen y esponjan las hortalizas, y probar las moras, que negrean en las zarzas. Me decía mi amigo Santi, que, casi siempre, al compás de las moras, madura la uva, y, si tempranas han llegado las moras, las uvas no se quedan a la zaga. Mi sobrino ya ha vendimiado en el Barco de Valdeorras, y me cuenta que la cosecha es bastante inferior a la del año pasado, pero que la uva no tiene mal arte.

Y recuerdo que, cuando era chico, llegaban las vendimias a finales de septiembre. Los cuberos bajaban a la bodega y ajustaban la duela de alguna cuba que andaba floja o había que remplazarla por otra nueva. Cuando empezaban a madurar las uvas, se permitía a los dueños de las viñas ir los viernes a buscar una cesta de uvas para el consumo de la casa. Se les llamaba viernes de uvas. El camino de las Cárcavas, que daba acceso a los pagos de viñas,  era un río de gentío. Los mozos y las mozas aprovechaban la ocasión para echar un parlao escaso, y otros, para afianzar una miaja más sus amoríos en ciernes. Los muchachos nos entreteníamos en pedir, a unos y a otros, un cacho de racimo. Era una fiesta vespertina, un cuadro bucólico, un rato que se esperaba semana a semana, como un momento merecido de alegría y divertimento.

Las vendimias revolvían el pueblo. Se daba el pregón el jueves en el mercado de Peñaranda, y afluían vendimiadores de todos los pueblos del entorno. Se habilitaban los pajares como dormitorio, adonde se arracimaban niños, padres, mozos, mozas y, más de una vez, hubo que poner moderación.

Al apuntar el día, salían los carros cargados de cestos con los vendimiadores y vendimiadoras encima; ellas cobijadas en la sayaguesa y, en la faltriquera, guardaban el hocín para cortar los racimos. Se llenaba el camino de griterío, de cantos y sonidos de almireces. Cada pareja cogía su cuévano y a vendimiar. Una vez llenos, se vaciaban los cuévanos en los cestos. Cuando la carga estaba repleta, se cargaba en el carro y se conducía al lagar. Se vaciaban los cestos por la bisnera, y se volvía a la viña trotando para estar a punto para reiniciar el acarreo. Existía hasta un desafío, entre una cuadrilla y otra, por ver cuál era la más lista, la más diligente.

Pero no era sólo trabajar y afanarse; de pronto, era una liebre la que saltaba de la cama y animaba las cuadrillas, o un mozo aprovechaba el menor descuido para estrujar un racimo en el trozo de rostro de moza que asomaba entre el pañuelo, que cubría la cabeza para no turrarse. Y la venganza no tardaba en llagar: cuatro mozas le tiraban al suelo, le desabrochaban la bragueta y le restregaban bien las “vergüenzas”.

Se paraba a la una. Se aprovechaba el último viaje de la mañana para traer la comida de casa. Con ella, solía venir el ama. Se sentaba todo el mundo en el suelo y, en medio, se colocaba el barreño grande con el cocido. Siempre el cocido fue la comida del vendimiador: Sopa, garbanzos, berza, chorizo, carne y relleno. Se comía a pilón. Para cenar, ya en casa, se ponían sardinas y callos de las reses, que se mataban para la ocasión. Algunos labradores se ponían de acuerdo y mataban a medias o a cuartas una res para la vendimia. Era el momento de preparar buenas tiras de cecina. Y siguiendo con el menú de la vendimia, se desayunaban patatas cocidas con pimentón, que picaban un rato, y torreznos.

Después de cenar, a pesar del cansancio, se organizaba un cacho de baile a los sones de la badila y del almirez. Yo recuerdo que, mientras el personal cenaba en la amplia cocina, algún gracioso colocaba en el portal el humazo, que se preparaba, vertiendo, sobre una lata, gallinaza con carbón, se prendía y despedía un tufo que apestaba. Todo el mundo se sentía asfixiar y, entre los estertores, salía alguna palabreja ofensiva  en contra del reo o reos de la broma.

Como hemos dicho más arriba, la uva se vertía en el largar a través de la bisnera. La uva, por su propio peso, se abría e iba depositando, en el pozo, un goteo lento de mosto, que emitía un pequeño sonido llamado “pin, pin”. Este mosto (esencia de la uva) se recogía, se embotellaba y se le añadía unas gotas de aguardiente para impedir que fermentara. Se abría la botella en Navidad y era un excelente compañero de turrones y mazapanes.