Jueves, 21 de septiembre de 2017

Inteligencia espiritual en los niños

 

     El curso académico está a punto de comenzar en Educación Infantil, Primaria, Secundaria y Bachillerato. Y en las Universidades. Las Guarderías, los abuelos y los papás y mamás en baja maternal o paternal no han tenido vacaciones, porque los niños tienen la manía de crecer y progresar, lentamente, un poco cada día y las vacaciones, precisamente, pueden ser un período acelerado de crecimiento, pues permite una convivencia más prolongada, que los niños, más cuanto más pequeños son, menos entienden de “tiempos de calidad”, sino de estar con las personas que sienten que les quieren.

     Ha caído en mis manos, previo pago de su precio menos un equis por ciento de descuento por “leedor” habitual, un libro de Francesc Torralba, que ya va por su séptima edición, “Inteligencia espiritual en los niños”. Tiene el profesor Torralba una concepción holística de la educación, de modo que todas las dimensiones  –física, intelectual, emocional, social, espiritual- están relacionadas entre sí y que la clave de una personalidad equilibrada está en la inteligencia espiritual, que influye en todas las demás dimensiones y está influida por ellas.

     En las sociedades avanzadas de nuestro entorno, sobre todo en los países anglosajones, Estados Unidos, Canadá y Australia se percibe claramente la necesidad de educar la inteligencia espiritual de niños, adolescentes y jóvenes. En los países del Sur de Europa y del Mediterráneo las cosas están más difíciles y hay muchos grupos que la rechazan como algo negativo e, incluso, perjudicial, apoyándose en versiones reduccionistas de la realidad, en las que las dimensiones espiritual, religiosa y trascendente o se juzgan anticuadas o se perciben como  un freno para lograr personalidades libres, críticas y progresistas.

     La educación espiritual está relacionada con la educación religiosa, pero no se identifica con ella, dado el pluralismo ideológico en el que vivimos. Precisamente por ese pluralismo es más necesaria que nunca la honradez de los padres y educadores, pertenezcan estos al ámbito informal o formal de la educación. Ningún educador es neutro, pero ningún educador tiene derecho a manipular el alma de los niños. Los niños tienen obligación de ser pequeños, pero no son tontos, aunque sí manipulables. La mejor forma de no manipularles es que sus padres y educadores se tomen en serio, ellos los primeros, la dimensión espiritual de la vida y, si la tienen, profundicen en su experiencia religiosa, más que nada porque los niños les van a preguntar y tienen derecho a recibir una respuesta seria y a no ser engañados ni despachados con simplezas.

     En este momento me acuerdo de D. Francisco Umbral y digo: “pero yo, aquí, he venido a hablar de mi libro”. El libro del profesor Torralba me está ayudando a refrescar preguntas, pero “el mío”, mi experiencia espiritual, me dice que la relación personal con un Ser Trascendente y personal, el Padre de Jesucristo, no sólo no me achanta, sino que potencia mi inteligencia y mi sentido crítico, pues una vez que se cree en el Dios de Jesús –con todas las dudas, insuficiencias y pecados que imaginarse pueda- ya no es posible creer en diosecillos, por más poderosos y mediáticos que aparezcan –los bitcoins y otras formas modernas o más que antiguas de “la pasta”, las exhibiciones de violencia y poder absolutos, las prédicas ideológicas de este o la otra políticos, o la brillantez de determinado deportista-.

     La fe en Dios nos instala, bien que trabajosamente, en la experiencia de la confianza, tan necesaria en todos los aspectos de la vida. La oración nos abre al silencio, a trascender nuestros límites, a la experiencia de comunión profunda con toda la realidad, con los demás humanos, aunque sean muy distintos de mí y con todos los seres vivos e incluso con el Cosmos entero; la encíclica ‘Laudato Si’ del papa Francisco nos da muchas pistas al respecto. La experiencia espiritual cristiana nos lleva necesariamente al Otro y a los otros en la experiencia fundante del Encuentro y del Amor –activo y comprometido o pasivo y contemplativo-. Y nos abre a la esperanza y a la vocación a alcanzar un horizonte de Utopía que supera mis límites personales y da sentido a mi vida incluso más allá de la finitud y de la muerte, el Reino de Dios.

     Pero todo esto tiene un comienzo: el bebé que experimenta la confianza y el amor incondicionado –incluso desde antes de nacer-, el niño que se maravilla ante la aparición de un grillo en su agujero y que se va acostumbrando a pequeñas sesiones de silencio y de respeto y adoración ante lo sagrado, el adolescente que ahonda en su convulsa interioridad y se aventura a preguntar al coetáneo, al educador o al padre-madre y a confrontar con ellos sus inseguridades y sus descubrimientos.

     Difícil tarea, más no imposible. Y, como ven más cuatro ojos que dos, madres, padres y educadores tendrán que compartir con sus iguales sus desvelos y preocupaciones. Nadie ha nacido enseñado y ser padre, madre o educador, es una responsabilidad que se ejerce cada día y que merece la pena ser compartida, dando y recibiendo ayuda. “Escuelas de padres” y Foros de Educadores hay. Y si no los hay, habrá que crearlos. Por respeto a los niños.