Domingo, 19 de noviembre de 2017

La carga

El poeta recomendó viajar ligero de equipaje. Un dicho que he intentado seguir a rajatabla. Hace el tránsito más cómodo, facilita la desenvoltura en momentos turbulentos y es un recordatorio permanente de la futilidad de las cosas. La austeridad en la impedimenta ayuda a pensar en lo necesario antes de comenzar el periplo suponiendo un ejercicio de evaluación de fines y de medios, aunque no sea mi caso. En ocasiones es una pose estética, en otras una identidad con la velocidad de la vida, en las menos una concesión a quien(es) te acompaña(n) en el viaje agobiado(s) por la limitación del espacio. Tampoco son situaciones que me conciernen. Quizá, lo que me ocurre es que lo que quisiera es acarrear siempre la misma pequeña valija que, eventualmente, pudiera abandonar en un aeropuerto, en una estación de autobús o de tren, o en algún hotel. Una maleta como la de Port Bou. Pero eso sí, si pasara nunca sería igual, apenas es una quimera vanidosa. Papeles emborronados de notas interminables, legados de esperanzas marchitas, de sueños opacos, de ideas promisorias.

Hay, sin embargo, otro tipo de mochilas que muchos cargan y que solo un preclaro observador es capaz de descubrir. Se reflejan en el rostro de las personas: una mirada perdida, el gesto adusto, unas ojeras flácidas, aquellas arrugas profundas, unos tics muy sutiles, el aire de abstracción permanente… Pero también se proyectan en el lenguaje corporal mediante una leve inclinación cervical, el andar cadencioso que reclama el pasamanos cuando se baja la escalera, la risa forzada en la tertulia social, el sueño discontinuo... Diferentes macutos de contenido incierto y cuyo volumen es difícil medir: recuerdos inútiles, experiencias fallidas, traumas enquistados, oportunidades perdidas, promesas incumplidas, deseos obsesivos, ilusiones precarias. Contenidos variopintos inextricables que terminan generando un peso insoportable del que no hay un registro contable externo y cuyo abandono no resulta factible porque se han adherido de tal forma que se confunden con la existencia.

Hoy, mi equipaje es más liviano que nunca porque acumulo experiencias de supervivencia a veces amable y exitosa. La mochila que porto es la habitual, afectada por una querencia favorable a mis entresijos cotidianos. Confrontado sin atavíos al insomnio del vacío, al sinsentido de la mirada ausente, divago mentalmente mientras recorro solo el damero que dibujan las calles de La Antigua envuelta en un ambiente plúmbeo de bochorno. Desearía perderme para no tener que reconocer a nadie la levedad de mi vida, pero no es fácil porque el volcán de Agua es un faro omnipresente que me ayuda a estar siempre orientado. Cruzo una placita arbolada enmarcada por casas bajas enrejadas de colores intensos, donde el añil contrapuntea a la terracota. Poco a poco voy sintiendo cómo la desconfianza de otros se yergue amenazante ante mí, configurando una monumental carga, la más insólita, pero la más pesada, que, sin embargo, desaparece al doblar la esquina, al toparme con un cambio de luz imprevisto que marca el alejamiento de la tormenta y anticipa el crepúsculo.