Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Ganar qué

Ahora que empiezan las temporadas, que los entrenadores diseñamos sesudas planificaciones (llamadas a ser ignoradas) y los jugadores afrontan con ilusión un nuevo comienzo (debidamente desmemoriados tras acabar saturados el año anterior), conviene mezclar con tino las dosis de ilusión y realismo que se congregan alrededor del equipo, vertidas por todo tipo de fuentes, conscientes y subconscientes, doctas e ignorantes, propias y extrañas.

 

Conviene, por una parte, visualizar grandes gestas, objetivos difíciles de alcanzar a priori. “Solo se puede lograr aquello que se ha soñado antes”, “impossible is nothing”, “siempre es temprano para rendirse” o “haz que ocurra” bien podrían ser nuestros lemas. En esta misma línea, tal y como avanzan los gurús del pensamiento positivo, hemos de insistir en el concepto de “resiliencia”, la capacidad de un material, mecanismo o sistema,… No, perdón, es la otra acepción, capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos, es decir, aquello que Samuel Beckett resumió en el “ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better”. Pues eso, fracasa mejor, o “cuando pierdas, no pierdas la lección” o “lo que no te mata te hace más fuerte”.

 

Hay que huir de las profecías autocumplidas, esas en las que nos acomodamos al aceptar nuestras propias limitaciones, del efecto pigmalión y sus consecuencias adversas. Aquí toca echar mano de Henry Ford y su “tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, estás en lo cierto”. Hay que eliminar vitolas de perdedor e invocar, si es necesario, cuentos de hadas en los que sujetos corrientes llevan a cabo acciones extraordinarias. El de la Cenicienta (o sus infinitas versiones bibliográficas o cinematográficas), aunque no pase la censura feminista, sigue siendo un bonito guión con el que empezar las temporadas.

 

Eso siempre que no olvidemos que no hay hada madrina ni varita mágica más precisa que la del trabajo diario, la disciplina y el esfuerzo. Los eslóganes de generaciones pasadas que, junto al valor de la memoria en la educación, más vilipendiados han sido por la irrupción de la creatividad y otras excusas para procrastinar sin cargo de conciencia. La imaginación y el trabajo no son dos cualidades incompatibles: ser creativos implica plantear nuevos supuestos e interrogantes, vislumbrar metas más arriesgadas y preguntarse “¿por qué no?” Trabajar supone avanzar hacia la respuesta (y hacia nuevas preguntas), aproximarse a la meta (y fijar nuevas metas), comprobar que estabas en lo cierto cuando dijiste aquello de “¿por qué no?”

 

Pues bien, entrenar es todo esto. Inculcar esa fe, educar en el “sí puedo”, huir de las profecías que nos limitan, predicar con el ejemplo del esfuerzo e incidir en todas las recompensas que encierra en sí mismo el viaje. Todo ello y recordar de vez en cuando, cuando crees que eres demasiado bueno o sueñas con demasiada frecuencia, las palabras de ese padre, o esa madre, o esa pareja, que te mira por encima de las gafas mientras lee una novela y te ve llegar a casa tarde y fatigado, después de haber madrugado para preparar los entrenamientos –y poder conciliar así tus múltiples actividades–, y te dice: “¿Qué dices que vais a ganar?”