Domingo, 19 de noviembre de 2017

El odio...

 Mucho hablamos de odio, emociones, sentimientos...  nunca viene mal un breve repaso .

 Pero, ¿qué es realmente el odio? Podemos decir que  es un sentimiento procedente de la elaboración a través del pensamiento de la emoción, que conocemos como ira.

 

La emoción es algo que acontece en un espacio de tiempo muy pequeño, de corte fundamentalmente fisiológico y, por lo tanto, con escaso control por parte de la persona. ¡Quien no se emocionó y vertió alguna lágrima viendo procesionar la imagen de la Satisima Virgen o al Cristo yacente o crucificado?, ¿Cuánto duró ese  momento?

 

 

Lo que sigue a la emoción es el sentimiento, proceso más largo en el tiempo qué suscita en el ser humano esa emoción-  que antes mendioné - y qué decide hacer con ella a través del pensamiento. Es por lo tanto un proceso diferente. con posibilidades de control.

  La explicación la he hecho  un poco simple, pero creo que nos vale para ilustrar lo que queremos.

 

Una persona puede experimentar ira, por mil causas, hacia objetos, situaciones o personas. Cuando esto ocurre, se ponen en marcha una serie de procesos relacionados con el sistema neuroendocrino a través del sistema límbico, que es la vía habitual por la que se mueven las emociones (MSD  IV MÁS ALLÁ)

Dos opiniones que ayudaran a comprender que el odio no es tan terrible como nos lo presetnan el en cine o se habla ligeramente de él.

Para Aristóteles, puede ser una forma de ira no desahogada. Necesitamos ese sentimiento para separarnos de aquello que previamente hemos amado.

 Según Nietzsche, sirve para mantener un cierto estado de alerta intelectual.

 

 

VAYA PAR DE GEMELOS

 

En el pequeño pueblo de Nadieesdiferente, el nacimiento de los hijos  mellizos de Zugarreta fue muy sonado. Los hermosos gemelos rebosantes de salud vieron la primera luz  una tarde de otoño. El primero fue alumbrado  con facilidad, como si ansiara llegar a este mundo. El segundo se agarró a las entrañas de la madre ¡hasta  llevarla a la muerte!…  Algo que su padre no perdonó jamás.

 

Al primero lo llamó Juan, dedicó todo su tiempo y esfuerzo para darle felicidad y mucho amor. Las mejores ropas, los halagos más dulces, los mejores colegios, todo resultaba poco para regalar a su amado hijo mayor. Al segundo lo llamo Carlos… y en privado, bajo dientes “Asesino de tú madre”. Lo vestía con harapos y le regalaba palizas,humillaciones e insultos a la menor oportunidad.

 

Era fácil distinguirlos a pesar de ser idénticos; uno mal vestido y cabizbajo, siempre con expresión triste y amargada… era el segundo en nacer,Carlos. El de faz resplandeciente, que dedicaba una sonrisa al aire en plena mañana, era Juan el hijo amado.

 

El padre dedicó toda su larga vida a odiar y amar, sin disimulo alguno ante la familia y los vecinos del pequeño pueblo serrano. ¿Los hijos?, cada cual con el destino establecido por su padre alcanzaron la madurez, a la par que el padre la vejez, y con ella los achaques y… la cercanía a la muerte llamando a su puerta.

 

Ya en el lecho fúnebre, esperando la llegada de la Dama  Blanca, mandó llamar a su hijo Juan.

 

– Dime, padre.

– Muy pronto abandonaré este mundo amado hijo, y te quiero dejar todo lo que he conseguido en  vida.

 

– Padre. ¿No sería el momento de qué perdones a Carlos?, él no tuvo culpa que madre se fuera tras el parto, has sido tú quien le cargo y condenó a  una vida terrible

 

– ¡Jamás! –Bramó.- si por algo me voy satisfecho del mundo de perdición, es por la vida que le he dado a tú hermano.

 

– Debo confesarte algo antes  que partas a otra realidad, padre amado tanto mi hermano como yo hemos tenido tu amor y tu odio a parte iguales.

 

-¿No te comprendo querido hijo?… Nunca ¡Jamás! le he demostrado la más mínima muestra de amor,compasión o ternura!.

 

– Nos cambiábamos la ropa padre… Nos hacíamos pasar el uno por el otro.

 

– ¡Maldito seas traidor!

Al menos me voy con el consuelo de haberle amargado la mitad de su vida.

 

– Pero, padre razona ante el final… ¿A quién? Porque uno tuvo el cariño de su padre la mitad de vuestra  vida, y  siemrpe  afecto y sacrificio de su hermano, la otra mitad.

 

– ¿Quién de los dos eres tú? –Preguntó desconcertado.

El amor padre,  amor y  perdón, así nos llamamos realmente, usted es quien se irá con la duda.

El hijo abandonó la habitación sin mirar  el rostro de su padre ni escuchar las maldiciones que su boca profería.

 

Isaura Díaz de Figueiredo