Domingo, 24 de septiembre de 2017

El odio...

 Mucho hablamos de odio, emociones, sentimientos, bien un breve repaso nunca viene mal.

 Pero, ¿qué es realmente el odio? Podemos decir que el odio es un sentimiento procedente de la elaboración a través del pensamiento de la emoción que conocemos como ira.

 

La emoción es algo que acontece en un espacio de tiempo muy pequeño, de corte fundamentalmente fisiológico y, por lo tanto, con escaso control por parte de la persona. ¡Quien no se emocionó y vertió alguna lágrima viendo procesionar la imagen de la Satisima Virgen o al Cristo yacente o crucificaso?, ¿Cuánto duró ese  momento?

 

 

Lo que sigue a la emoción es el sentimiento, proceso más largo en el tiempo qué suscita en el ser humano esa emoción y qué decide hacer con ella a través del pensamiento. Es por lo tanto un proceso diferente. con posibilidades de control.

 Bueno, la explicación es un poco simple, pero creo que nos vale para ilustrar lo que queremos.

 

Una persona puede experimentar ira, por mil causas, hacia objetos, situaciones o personas. Cuando esto ocurre, se ponen en marcha una serie de procesos relacionados con el sistema neuroendocrino a través del sistema límbico, que es la vía habitual por la que se mueven las emociones (MSD  IV MÁS ALLÁ)

Dos opiniones que ayudaran a comprender que el odio no es tan terrible como nos lo presetnan el en cine o se habla ligeramente de él.

Para Aristóteles, puede ser una forma de ira no desahogada. Necesitamos ese sentimiento para separarnos de aquello que previamente hemos amado.

 Según Nietzsche, sirve para mantener un cierto estado de alerta intelectual.

 

 

VAYA PAR DE GEMELOS

 

En el pequeño pueblo éste nacimiento fue muy sonado. Dos hermosos gemelos rebosantes de salud vinieron al mundo una tarde de otoño. El primero fue alumbrado  con facilidad, como si ansiara llegar a este mundo. El segundo se agarró a las entrañas de la madre hasta  llevarla a la muerte…  Algo que el padre no perdonó jamás.

 

Al primero lo llamó Juan, dedicó todo su tiempo y esfuerzo para darle felicidad. Las mejores ropas, los halagos más dulces, los mejores colegios, todo resultaba poco para darle a su amado hijo. Al segundo lo llamo Carlos… Y en privado, bajo dientes “Asesino de tú madre”. Lo vestía con harapos y le regalaba palizas e insultos a la menor oportunidad.

 

Era fácil distinguirlos a pesar de ser idénticos; el mal vestido y cabizbajo, de expresión triste y amargada… era Carlos. El de faz resplandeciente, que dedicaba una sonrisa al aire en plena mañana, era Juan el hijo amado.

 

El padre dedicó toda su vida a odiar y amar, sin disimulo ante la familia y los vecinos del pequeño pueblo. Los hijos, cada cual con su destino establecido por su padre, alcanzaron la madurez, a la par que el padre la vejez, y con ella los achaques y… la cercanía a la muerte.

 

Ya en el lecho fúnebre, esperando la llegada de la Dama  Blanca, mandó llamar a su hijo Juan.

 

– Dime, padre.

– Muy pronto abandonaré este mundo, y te quiero dejar todo aquello que he conseguido en la vida.

 

– Padre. ¿No sería el momento de qué perdones a Carlos, él no tuvo culpa que madre se fuera, has sido tú quien le cargo con una vida terrible?

 

– ¡Jamás! –Bramó.- si por algo me voy satisfecho, es por la vida que le he dado.

 

– Debo confesarte algo antes  que dejes éste mundo, padre; tanto mi hermano como yo hemos tenido tu amor y tu odio a parte iguales.

 

-¿No te comprendo amado hijo?… Nunca ¡Jamás le he demostrado la más mínima muestra de cariño!.

 

– Nos cambiábamos la ropa padre… Nos hacíamos pasar el uno por el otro.

 

– ¡Maldito seas traidor!

Al menos me voy con el consuelo de haberle amargado la mitad de su vida.

 

– Pero, padre… ¿A quién? Porque uno tuvo el cariño de su padre la mitad de su vida, y el afecto y sacrificio de su hermano la otra mitad.

 

– ¿Quién de los dos eres tú? –Preguntó desconcertado.

El amor padre, el amor y el perdón, así nos llamamos realmente, usted es quien se irá con la duda.

El hijo abandonó la habitación sin mirar  el rostro de su padre ni escuchar las maldiciones que su boca profería.

 

Isaura Díaz de Figueiredo