Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Fe

El párroco contiene la respiración y me mira fijamente antes de responderme acerca de lo que destacaba más de su reciente experiencia. “La llegada O Cebreiro”, dice, y añade sin darme tiempo a preguntar por la razón: “no se trataba solo del retorno a nuestra tierra, era pensar que por allí mismo había entrado la fe”. Resuenan esas palabras días después cuando atravieso el paraje en dirección a la meseta. Ante lo primero, vuelvo a constatar lo falsario que a menudo resulta la ubicación de la tierra de uno mediante coordenadas geográficas, porque el viajero, cuando deja atrás el túnel, entra en una comarca que ya no pertenece a Galicia, pero cuyas reminiscencias en el habla y también en el paisaje harían que un extraño no notara la diferencia. Lo segundo, para un agnóstico como yo, aunque no deja de sorprenderme, me genera una sensación extraña que oscila entre la duda que me produce pensar qué hay de verdad en esa afirmación. Si es una respuesta manida, obviamente esperable, producto de un obligado guión de conformidad con el papel que cada uno asume en la vida, o, por el contrario, se trata de una convicción absoluta.

En mis clases intento hacer pensar a los estudiantes en torno al término “confianza” y su profundo significado. Un substantivo, les digo, básico para articular en su derrotero cualquier orden político. Una palabra pesada que contiene en sí misma numerosos matices y que a veces se trivializa o se deposita en torno a una institución que para la gran mayoría de la gente está a una distancia infinita -“¿qué grado de confianza tiene usted en el Tribunal Constitucional?”- Sin pararnos a pensar más allá escribimos sesudos trabajos. La fe tiene un componente similar, pero, contrariamente, se separa en seguida de aquella por adquirir una connotación de trascendencia incondicional. Diría que mientras la confianza se ubica en el orden social, la fe queda relegada al religioso. Por eso mi fascinación al escuchar el término acompañado de una mirada penetrante.

Durante un mes el sacerdote ha pedaleado para hacer el Camino a lo largo de los dos mil y pico kilómetros que separan Roma de Santiago. Se ha mezclado con cientos de peregrinos compartiendo albergues y sendas, ha sido testigo  de cambios atmosféricos, de insólitas transformaciones del paisaje, ha padecido el cansancio físico, incluso el dolor, ha percibido el modo en que transcurría el tiempo… De todo ello, lo que destaca es algo que se vincula muy íntimamente con el propósito último de su existencia y, posiblemente, de muchas otras gentes; algo diferente a los distintos motivos por los que él y yo nos sentamos uno  frente al otro en un acto que para mí es social, pero que para él tiene un profundo significado. Su rostro iluminado es una imagen que retendré unos momentos mientras se termina recluyendo en el archivo de los recuerdos hasta que el paisaje del Cebreiro lo conmemore. Entonces, aquella exaltación de lo que le conmovió no me dice nada.