Lunes, 20 de noviembre de 2017

Generalizaciones

Los recientes atentados de Barcelona y Cambrils, que han dejado una quincena de víctimas mortales, han traído a las conversaciones diarias de nuestras calles frecuentes generalizaciones sobre un colectivo entero, en este caso el de los musulmanes, a quienes ha habido quienes no tienen reparos en generalizar a todos ellos como terroristas.

Ciertamente, pasear por la calle y oír en alguna que otra conversación ajena de las terrazas de los bares este tipo de afirmaciones, me ha hecho recordar los tiempos en los que ETA atentaba, época en la que no faltaba también quien generalizaba el trato de asesinos a todos los vascos por lo realizado por unos pocos terroristas.

De hecho, recuerdo haber visto en aquellos años, siendo aún un niño, pintadas de “vascos asesinos”, como la que durante varios años jalonó la báscula de la localidad burgalesa de Santa María Ribarredonda, contigua a la carretera N-I, o escuchar en los típicos rifirrafes de chavales en los pueblos de la zona tirar del insulto fácil de “etarra” al niño implicado que vivía en el País Vasco, al ser hijo de salmantinos emigrados.

Y ciertamente, eso no implica que no hubiese ‘manzanas podridas’ en el cesto de los salmantinos emigrados, como lo fueron López Riaño ‘La Tigresa’ o los hermanos Sánchez Del Arco, todos ellos de ascendencia charra, pero es una obviedad que fueron excepciones dentro de una inmensísima mayoría de salmantinos emigrados y descendientes suyos a los que les repugnaba la violencia.

Afortunadamente, aquellas generalizaciones de las que tiraban algunos radicales, quedaron sepultadas por el lema de “Vascos sí, ETA no”, que abrazó la sociedad española tras el terrible crimen de Miguel Ángel Blanco, dejando claro que una cosa eran los terroristas y otra la sociedad vasca.

Y como de generalizaciones va la cosa, cabe señalar que tampoco han faltado radicales que erróneamente generalicen a toda la Iglesia católica los casos de pederastia que se han dado en una minoría de sus miembros, o las declaraciones polémicas que haya podido hacer un cura de una parroquia concreta, sin tomar en consideración que la gran mayoría de miembros de la Iglesia está al margen de dichos delitos o declaraciones, y ejerciendo una labor social mediante Cáritas sencillamente encomiable.

Y es que las generalizaciones nunca son buenas ni acertadas, pues lo que haga una minoría radicalizada de un colectivo concreto no convierte al resto en lo mismo. No debe valer el refrán de que hay que pagar “justo por pecadores”, pues la justicia realmente ha de ser que paguen los pecadores y que se deje tranquilos a los justos.

Del mismo modo, no se nos puede imputar a todos los hombres ser unos violadores, maltratadores o asesinos, por mucho que algunos hombres hayan cometido semejantes tropelías, como tampoco deben imputársele a todos los musulmanes los atentados o el radicalismo de cuatro descerebrados.

Por otro lado, dicha generalización sería además injusta si tenemos en cuenta que en torno al 90% de las víctimas del yihadismo son precisamente musulmanes, cuyos principales horrores los están cometiendo en países como Siria, Irak, Afganistán, Yemen, o en diversos del continente africano, cuyas noticias apenas nos llegan, pues en el mejor de los casos suponen una mención de medio minuto a mitad de telediario.

No obstante, esto no quiere decir tampoco que deba hacerse la generalización de que todas las víctimas del yihadismo son musulmanas, ya que los cristianos aunque más minoritarios en dichas áreas, están sufriendo también fuertemente todo el horror del yihadismo, siendo los cristianos coptos uno de los colectivos más sufridores del mismo.

Asimismo, cabría cuestionarse qué papel está jugando occidente en el terrorismo yihadista, el cual nació impulsado y financiado por Estados Unidos para combatir y derrocar el gobierno comunista que se implantó en Afganistán en 1978, en plena época de la Guerra Fría, tal y como señalé hace dos años en otro artículo. Del mismo modo, las buenas relaciones o venta de armas que actualmente se dan entre países occidentales y países con sospechosos vínculos con el yihadismo, como Arabia Saudí o Qatar, no hacen sino extender la sombra de la sospecha sobre occidente y concretamente sobre instituciones como la Casa Real española, cuyos negocios con Arabia Saudí son más que conocidos.

No quiero decir con ello que dichas instituciones o los países occidentales sean los culpables de los atentados yihadistas, ni mucho menos, pero sí que flaco favor están haciendo para combatirlos cuando por otro lado se mantienen negocios importantes o se colabora vendiendo armas a países como Arabia Saudí, una dictadura a la que los expertos en la materia acusan de colaboracionismo con las organizaciones terroristas yihadistas.

Y visto lo visto, uno se pregunta si todo esto, incluyendo las generalizaciones que buscan enfrentar entre sí a las comunidades religiosas (o nacionales como en Ucrania), forma parte de un negocio global en que unos y otros gobernantes juegan su parte de la partida para hacer más rentable el negocio de las armas, importándoles un pimiento el sufrimiento del pueblo trabajador, que en ese tipo de negocios es siempre el gran perdedor.

Esperemos, en todo caso, que no se siga derramando la sangre de inocentes. Descansen en paz todas las víctimas del terrorismo y de los últimos atentados fallecidas, y a las no mortales desearles una pronta y óptima recuperación.