Miércoles, 20 de septiembre de 2017

Autobiografía e inquina

       Me hizo mucha gracia el artículo de Fernando Segovia del miércoles 23 de agosto en esta misma sección titulado "Autobiografías". Dice Fernando: Debería “prohibirse” escribir (dictar y publicar) autobiografías antes de cumplir ochenta. Aunque sea futbolista famoso, torero, o multimillonario. No le falta razón; vivimos una sociedad tan superficial y pendiente de la imagen, que desprecia uno de los valores más útiles tanto para el individuo como para la colectividad: la experiencia. ¿Tiene algo de extraordinario haber triunfado de forma meteórica gracias a los medios? ¿Acaso resulta modélica o ejemplarizante la vida de las jóvenes estrellas del deporte o del espectáculo?

     Lo de no publicar un libro hasta no tener obra sólida, vale tanto para los escritores como para músicos o pintores. Produce vergüenza ajena la osadía de ciertos aspirantes a Picasso que exhiben trabajos pretenciosamente revolucionarios... antes de manejar los rudimentos del oficio. Si no dominan el dibujo, si ni siquiera han "hecho mano" para trabajar con soltura, ¿cómo se atreven a "romper moldes" o promover "innovaciones"?

     Sin llegar a la edad mínima que mi colega Segovia marca irónicamente para las autobiografías, estoy poniendo en orden mis papeles, artículos, fotografías, documentos académicos y profesionales, con miras a escribir unas memorias a modo de desahogo o, mejor dicho, de revancha. Porque las autobiografías se escriben por uno de estos dos motivos: autobombo lucrativo o desquitarse de las putadas que propina la vida.

     La recopilación del papeleo me pone ante los ojos ciertos hechos que, sin ser graves, dejan un poso agridulce. Mencionaré un fenómeno que sin duda conocen bien los profesores que me leen. El mundillo de los congresos, conferencias, cursillos y seminarios es una industria que se desenvuelve en cotos bastante cerrados. La participación en él suele obedecer al sistema de "hoy por ti, mañana por mí", de modo que quienes carecemos de cargo, influencia y dinero lo tenemos difícil. Aun así, desde que inicié la docencia en la Universidad Pontificia, y todavía más desde que estoy jubilado, he sido invitado en varias ocasiones, unas veces como oyente y otras como ponente. La foto de arriba –en la que poso con Javier Urra, José María Martínez-Val e Ignacio Buqueras– corresponde al seminario celebrado este mes en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander sobre la optimización del tiempo. La de abajo, al encuentro internacional “Los periodistas maestros del español” que tuvo lugar en 2010 en San Millán de la Cogolla, presidido por la entonces Princesa Letizia. O sea, han contado conmigo Universidades (entre ellas la civil de Salamanca), fundaciones y diversas organizaciones académicas y profesionales... Pero nunca la Universidad Pontificia de Salamanca, ni siquiera para un acto académico. No sé si debe a simple desinterés debido a mi insignificancia o a que sólo hay una cosa que dura más que la verdadera amistad: la inquina de los mediocres.