Domingo, 17 de diciembre de 2017

Mundo paralelo

No lo oculto. Me encanta ver a los deportistas en acción, asistir en directo o por televisión al despliegue de facultades excepcionales que llevan a cabo con una raqueta en la mano o un balón en los pies. O sobre una bicicleta o vehículo motorizado. Disfruto del virtuosismo con el que llevan a cabo su labor, envidio sus cualidades –muchas veces innatas–, su capacidad agonística, la precisión en los lanzamientos, su manera de idear estrategias a ciento ochenta pulsaciones. También la armonía con la que combinan esfuerzos los grandes equipos, la solidaridad con la que se emplean en pos de un logro común. Sufro con quienes se asoman a un precipicio para arañar unas décimas y con el corredor que empieza a ver que sus compañeros de grupo se le adelantan de manera irreversible.

 

Mucho tiempo quise ser como ellos: correr a la misma velocidad, saltar tan alto, gambetear por la banda, rematar en plancha, hacer un gancho ganador, adelantar al oponente en la última curva en el circuito de casa, empalar una derecha ganadora que tocara la línea por fuera y golpeara con fuerza el cartel de BNP PARIBAS. Fabulé numerosas situaciones: me vi en el dieciocho de Augusta tirando para birdie y ganar la chaqueta verde. Y en el Yankee Stadium conectando la pelota en el punto dulce del bate y enviándola fuera del “jardín”, al centro de la grada.

 

Me he identificado con numerosos colores y causas. He llorado cuando España –por esa extraña filiación que nos une con el estado en el que nacemos o vivimos– perdía en cuartos de final y también cuando ganaba Eurocopas y mundiales –ya ni perdemos ni ganamos y menos aún me da por llorar. He pedaleado al lado de Indurain y he soplado para que el tubular de Abraham Olano resistiera en el mundial de Duitama, camino de la meta y el arco iris. Soy madridista y de los Celtics, lo que a priori no tiene mucho mérito si se obvia que pasaron treinta y dos años entre la sexta y la séptima Copa de Europa y que en las últimas treinta y una primaveras los de Boston solo han ganado un anillo. Me interesa la historia del deporte, las biografías que relatan victorias heroicas y derrotas aún más épicas si cabe. Leo y veo películas relacionadas con el tema. Nada me inspira y hace más feliz que el deporte.

 

Pero no le reclamaría un autógrafo ni me haría una foto con un deportista. Con algunos, no demasiados, me gustaría hablar en profundidad sobre su día a día, sobre la esencia de su especialidad y la parte más espiritual y emocional del juego. Con algunos, menos aún, hablaría del estado actual del mundo, de historia y sociología, de filosofía, aunque fuera de la misma forma superficial en la que yo podría desenvolverme. Y con la mayoría, empezando por los madridistas que salieron a celebrar el cumpleaños de Cristiano después de perder 4-0 en el Calderón o con los culés que se hacen fotos jocosas con un compañero que ha decepcionado a tantos seguidores con su reciente salida, ni una foto, ni un autógrafo, ni una charla. Como mucho un “buenos días, disfruto mucho viéndoles jugar, pero no me interesa una migaja ese mundo paralelo en el que habitan”.