Jueves, 21 de septiembre de 2017

Buenismo y yihadismo

      El buenismo se está extendiendo con la misma virulencia con que lo hizo hace décadas la maldición de lo políticamente correcto. Y ambas actitudes han intoxicado un órgano vital de nuestra civilización: la libertad. En nombre de la tolerancia, el diálogo, la convivencia, la solidaridad, el progresismo y otros valores igual de difusos y relativos, se ha impuesto una dictadura moral que paradójicamente sustituye a las tiranías de las que nos libramos a lo largo de los últimos siglos.

      El manual de instrucciones de la supervivencia física está impreso en nuestros genes en forma de instintos. Las religiones, en cambio, ofrecen por escrito el manual de instrucciones de la conciencia. Solemos atribuir al humanitarismo la capacidad de resolver o paliar los problemas sociales cuando lo cierto es que las peores desgracias provienen precisamente de nuestra condición humana, porque los seres humanos somos los únicos capaces de cometer y provocar desgracias adrede por mor de dogmas y prejuicios que repugnan no ya a la razón sino a la Naturaleza misma. Los abusadores de toda época y condición saben que prometiendo paraísos inverosímiles resulta fácil sorber el cerebro y fanatizar a individuos inmaduros.

      Los defensores de la versión pacifista y humanitaria del Islam aducen que para los más devotos Yihad significa “esfuerzo en el camino hacia su Dios”. Es una de las posibles interpretaciones, claro, pero la que nos concierne es la que hizo al comienzo de la Primera Guerra Mundial el Shaik al-Islam. Para él, yihad significa Guerra Santa. El teólogo Hans Küng escribió en El cristianismo y las grandes religiones (1982) que “muchas disposiciones del derecho militar islámico, sobre todo las que no se fundamentaban directamente en el Corán, han sido derogadas por los mismos gobierno islámicos [...] Este sentido es el que hoy día suele ponerse en primer plano para subrayar la disposición del Islam para la paz”. Lástima que los países musulmanes no distingan entre religión y política, puesto que sus leyes se fundamentan en el Corán. Oriana Falacci, izquierdista confesa, residió durante bastante tiempo en territorios musulmanes a causa de su trabajo como periodista. Poco antes de morir de cáncer dejó este testimonio: «No entiendo la deferencia con la que los católicos se refieren al Corán. Alá nada tiene que ver con el Dios del cristianismo. Nada. No es un Dios bueno, no es un Dios padre. Es un Dios malo, un Dios dueño. No trata a los seres humanos como hijos suyos. Los trata como súbditos, como esclavos. Y no enseña a amar. Enseña a odiar. No enseña a respetar. Enseña a despreciar. No enseña a ser libre. Enseña a obedecer». El Corán contiene numerosos versículos que llaman a los musulmanes a la guerra contra cristianos, judíos y paganos en general. Una muestra, la Sura 9.5: "lucha y asesina a los infieles, allí donde los encuentres captúralos, rodéalos, miente y espéralos con cualquier estratagema; pero si se arrepienten y siguen la oración y la caridad establecidas, abre tu camino a ellos". La terrible afirmación de Hermann Hesse “la vida humana se convierte en verdadero dolor, en verdadero infierno, sólo allí donde dos épocas, dos culturas o religiones se entrecruzan” puede aplicarse a cualquier situación de radicalidad y fanatismo ideológico. Ciertamente se hace cuesta arriba conjugar las llamadas al amor y las promesas de felicidad eterna con las infamias, torturas y crímenes practicados tiempo atrás en Occidente por la Inquisición o con las amenazas de destrucción que salpican hoy desde el Corán a medio mundo. Y los atentados se cometen invocando a Alá. 

     Los buenistas –reacios a admitir la libertad del prójimo a contradecirles– se niegan a reconocer que la traída y llevada Alianza de Civlizaciones es más que un error: es una necedad muy peligrosa. Entre el islamismo y Occidente no existe un choque de civilaciones sino de formas opuestas de entender la vida. Nuestra cultura y nuestra historia sí se han civilizado y ha situado como valor prioritario la libertad. La mentalidad de un alto porcentaje de los musulmanes, sus costumbres, incluso sus prácticas religiosas, siguen anquilosadas en la cerrazón, el atraso y la esclavitud. El escritor angloindio Salman Rushdie, perseguido desde que criticó el radicalismo, manifestó hace ya veinte años: “Los intelectuales de Europa y de Estados Unidos no se dan cuenta de que lo que ocurre en los países islámicos es una confrontación entre el fundamentalismo y la modernidad, una lucha por saber quiénes son los dueños de las palabras”.   

        Pues hoy por hoy se están apropiando de la palabra los buenistas.