Jueves, 21 de septiembre de 2017

No me gusta la orina del enfermo

Cuando en los atentados de Barcelona y Cambrils aún hay cadáveres sin identificar, heridos en estado crítico y otros muchos recuperándose de sus lesiones, las primeras medidas y las primeras palabras deben ser, precisamente, de homenaje a las víctimas, apoyo y consuelo a familiares y amigos, y agradecimiento a cuantas personas han intervenido tras este desgraciado ataque: Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, personal sanitario y los voluntarios que se han ofrecido para paliar el sufrimiento de los primeros momentos. De que el mundo civilizado se encuentra sensibilizado por el fenómeno del terrorismo yihadista dan prueba las numerosas muestras de apoyo y condolencia recibidas de gobiernos, instituciones y personalidades de los cinco continentes. Cuando un descerebrado yihadista toma la decisión de cometer un atentado de estas características, no lo hace pensando en hacer daño a la comunidad de ese lugar; sólo le mueve el odio ciego hacia todo hereje e infiel que no piense como él. La casualidad ha querido que las víctimas pertenezcan a más de 30 nacionalidades y, aunque no sea el caso, alguna podía haber islamista. No han atentado contra Cataluña, siempre lo hacen contra el resto del mundo.

Porque la desnuda realidad es así de desgarrada, estos atentados deben servirnos, al menos, para sacar conclusiones, tratar de corregir posibles deficiencias e intentar mejorar nuestra seguridad a corto plazo. La seguridad total no existe, ni para las naciones con más medios. Esta guerra que ha emprendido el yihadismo salafista contra el resto del mundo, y que, como está perdiendo en el campo de batalla, quiere ganarla en las ciudades, deja siempre alguna laguna en los planes de seguridad. Por ahí se cuelan los terroristas. Y no se trata de culpabilizar a nadie, porque si existe un culpable, no está en nuestro bando, pero, a la vista de los hechos, bueno será poner los medios para no favorecer las intenciones de quienes quieren eliminarnos. Tampoco es hora de aprovechar las desgracias para arrimar la sardina al ascua de la propia ambición política. Las cartas sobre la mesa.

En primer lugar, debemos aparcar de una vez el propio complejo de autosuficiencia. En esta guerra tan particular cualquier ayuda será siempre provechosa y, más que ninguna otra, la información oportuna en tiempo y forma. Una vez empleados los medios propios, si el problema subsiste, necesitaremos ayuda de quien pueda proporcionarla, y toda disculpa que se alegue para despreciar esa colaboración, además de ser ruin, nunca podrá tener justificación. Todo parece indicar que el grupo terrorista responsable de estos atentados ha tenido su centro de operaciones en un chalet - no se indica si okupado o abandonado- de la localidad tarraconense de Alcanar, casi al extremo sur de la comunidad catalana. Tampoco sabemos con exactitud el tiempo que lo han utilizado. La primera noticia de ese chalet se tiene el 17 de agosto, cuando se produce una fuerte explosión que lo destruye y ocasiona un muerto y varios heridos. A pesar de encontrar casi un centenar de bombonas de gas, de que el muerto y algún herido se apunta que son “de origen marroquí”, transcurre una semana hasta que algunos de los presuntos ocupantes de ese chalet reaparecen violentamente en las Ramblas de Barcelona y en el paseo marítimo de Cambrils. Tanto en el periodo de preparación del atentado como en la misma explosión del chalet y su posterior cambio de planes, al parecer, no encontraron ningún impedimento. El “famoso” imán de la mezquita de Ripoll ha estado envenenando a decenas de jóvenes hasta convertirlos en potenciales asesinos de inocentes, sin que nadie se lo impidiera. En más de una ocasión, se recomendó al Ayuntamiento de Barcelona la conveniencia de colocar bolardos que impidieran el paso de vehículos al paseo de las Ramblas. La Sra. Colau dijo que eso sería atentar ¡contra la libertad! Algo ha fallado.

Si decimos que en situaciones tan desgraciadas es de mal nacidos arrojarse mutuamente los muertos, hay que convenir que el Consejero de Interior del gobierno catalán, Sr. Forn, estaba haciendo política barriobajera cuando hizo distinción entre las víctimas catalanas y las españolas. Este mismo consejero, para que no quede ninguna duda de su catadura democrática, ya se ha declarado contrario a una posible presencia del Ejército en las calles de Cataluña si la situación lo requiriera, aduciendo que sería una provocación. Es decir, lo que es normal –y muy agradecido- en USA, Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica o Italia, sería contraproducente en Cataluña. Fuera caretas. Lo que les pone de los nervios a los independentistas es la posibilidad de encontrar patrullas militares próximas a los lugares en que pudiera cometerse algún acto ilegal el próximo 1-O. Eso hay que evitarlo por todos los medios.

 Quien no está dispuesto a saltarse la ley, no sólo ve como normal ese refuerzo de su seguridad, sino que, como sucede en todas las democracias, se muestra orgulloso de lo suyo. Tal vez, quien tiene la obligación en Cataluña de velar por el cumplimiento de la ley crea que, en el tema de la paranoia independentista de su prusés, existe la posibilidad de que su policía autonómica esté dispuesta a facilitar la desconexión. De políticos iluminados –y conscientes de que lo tienen muy difícil- se puede esperar cualquier barbaridad. No estaría demás que, al adecuado tacto a la hora de tomar medidas, desde Madrid se uniera un detallado estudio de las hipótesis más probables y las más peligrosas.