Martes, 24 de octubre de 2017

La autoridad y el trasero

Dibujo silla: Federico Aguilar Alcuaz

Fotografía: J. J. Muñoz (Oporto)

      En mi trayectoria profesional he padecido un montón de jefes tontos y malos que me hacen pensar que el ansia de alcanzar un cargo es proporcional a la mediocridad. Son individuos que coinciden en acceder a sus parcelitas de poder mediante favores políticos o maquinaciones de pasillo, en escaquearse de responsabiliades y en perseguir a quienes les hacen sombra. Me da que estos personajes –los más acomodaticios– comparten con los antisistema un síndrome que relaciona a ambos con el culo: el narcisismo. Desde la más inocente reclamación estudiantil a la más estruendosa protesta callejera pueden sustanciarse con pequeñas o grandes sentadas. Véase el 15 M de la Puerta del Sol. André Stephane, autor de El universo contestatario, ve que estos últimos –los extremistas de todo cuño, antisistema y filoterroristas– "presentan un aspecto que obliga a pensar en esta analidad cósmica. La incesante producción de carteles, las pinturas murales, las frases propagandísticas, la continua fluidez verbal, el estruendo ensordecedor, toda esta literatura de folletos, manifiestos y octavillas, superan en mucho a la eficacia práctica que se busca en la realidad. Todo esto corresponde, a nuestro modo de ver, a una toma de posesión de carácter excremental". 

     Cervantes y Ortega y Gasset vincularon la autoridad al asiento del trasero. Reflexionando sobre quiénes resultan más valiosos para la sociedad, si los letrados, los soldados o los estudiantes, Don Quijote se inclina por los soldados, pero dice de ciertos estudiantes: "a muchos les hemos visto mandar y gobernar el mundo desde una silla". Ortega, en La rebelión de las masas, deduce: “En suma, mandar es sentarse. Trono, silla curul, banco azul, poltrona ministerial, sede… Contra lo que una óptica inocente y folletinesca supone, el mandar no es tanto cuestión de puños como de posaderas”. Me ha llamado la atención en internet un artículo sobre el Parque Arqueológico ecuatoriano Hojas Jaboncillo que comienza así: "Las sillas eran evidentemente un símbolo asociado al poder; estaban esculpidas en un solo bloque de piedra arenisca, zeolita, o en roca más dura". La historiógrafa Georgina Cebey ha estudiado el proceso por el que la silla "pasó de ser un elemento mobiliario común, resignificándose a través de sus creadores y los mecanismos que ellos mismos diseñaron para su difusión, así como de las tecnologías y sistemas de producción, para finalmente colocarse en el imaginario colectivo como un objeto de culto, de alto rango cultural, digno de ser coleccionado". O sea, que la silla ha vuelto a sus orígenes, porque antes de ser mueble de uso común y pieza artística de diseño fue símbolo de poder.        

    Que impongamos nuestra voluntad o nos hagan caso depende muchas veces de saber cómo y dónde sentarse. Y también, de vigilar la silla. Echarle a uno de un sitio o un cargo es darle una patada en el culo o mandarle a tomar... humillaciones que sólo se pueden evitar estando protegido por un buen asiento. Eso es lo que pretende plasmar el archirrepetido "quien fue a Sevilla perdió su silla". Aunque el resultado habría sido el mismo, porque alerta del riesgo de separar el trasero del asiento, no ocurrió como cuenta el refrán. El arzobispo Alonso de Fonseca (antepasado del Fonseca que mandó construir en Salamanca el actual palacio de la Diputación para su amante Juana de Pimentel) perdió la silla episcopal porque se fue de Sevilla, y no a Sevilla; es decir, cuando abandonó su archidiócesis dejando provisionalmente en el cargo a un sobrino suyo, un espabilado que no quiso devolverlo al regreso de su tío.

  Ir de culo es mala cosa dependiendo de adónde vayan a parar las posaderas. Resultaría incongruente que "trono" sea sinónimo de inodoro si no fuera porque el temperamento español posee un desprecio difuso a la autoridad, además de la arrogancia anarquista del "porque me da la gana". Quizá antiguamente pudiera decirse “dime dónde te sientas y te diré quién eres”, pero en una sociedad como la nuestra, bastante libre y de tantas idas y venidas, casi todos somos culos de mal asiento. No sentamos la cabeza.