Domingo, 22 de octubre de 2017

De olmos y monjas

OLMEDO DE CAMACES |  ‘Teresa, la jardinera de la luz’ vuelve a contar esta historia llena de valentía, carisma y profundos valores humanos

Grupo de teatro Lazarillo de Tormes, en Olmedo de Camaces

Un olmedo es un conjunto de olmos. Aparecen formando composiciones paisajísticas de armoniosa belleza, allí donde la Naturaleza tiene la fortuna de ser alimentada y arrullada por las aguas de algún río. Olmedo de Camaces, pueblo salmantino de la comarca del Abadengo, que extiende sus tierras entre Vitigudino y Ciudad Rodrigo, encierra en su nombre, no lo heredado de la historia de los hombres que lo habitaran, sino de la topografía que siempre lo conformó.

En un territorio abundante en olmos, creció este pequeño pueblo a las orillas del río Camaces, rodeado de una dehesa donde la brava ganadería se alimenta de la bellota de sus robles, y la loma del Sierro de san Jorge ha sido el respaldo en el que apoyarse y acoger a la ermita de este santo, protector y defensor como lo eran los Templarios que hace muchísimo tiempo se ocuparon de estos lugares lejanos y fronterizos.

Un convento está formado por grupos de personas, que dedican sus vidas a Dios, bien compartiéndolas con el resto de sus semejantes, ayudándolos en sus necesidades; bien entre sus muros, donde la oración es la tarea mediante la que encomiendan intensamente a Dios a todas sus criaturas. Frailes y monjas eligen así, una forma de vivir distinta, pero libremente escogida en la que también sentirse libres.

Hace cinco siglos, que una mujer inició este camino en una época, la del XVI, en la que una sociedad desigual e injusta, en particular para las mujeres, coartaba ese derecho a la libertad que tiene cualquier ser humano. Teresa de Jesús no sólo reformó la orden religiosa de carmelitas a la que pertenecía, para hacerla más austera y cercana al mensaje del “nazareno” en el que creía profundamente, sino que con la fuerza que esto le proporcionaba, se enfrentó al círculo cerrado de varones prepotentes de su tiempo y rompió tantas barreras entre los suyos y los que no lo eran, que la misma Inquisición tomó cartas en el asunto, a pesar de la profunda amistad que el propio rey Felipe II tenía con la carmelita.

Nuevamente “Teresa, la jardinera de la luz” vuelve a contar esta historia llena de valentía, carisma y profundos valores humanos. Lazarillo arriba a Olmedo de Camaces en la tarde del 10 de agosto para ofrecer su representación 158,en vísperas de las fiestas de Nuestra Señora de la Asunción; y en la iglesia dedicada a esta advocación de María, nos trasladamos una vez más a la del convento de Alba de Tormes en unos momentos cruciales para Teresa.

Todo se desarrolla en una hora gracias a la maestría como guionista que Denis Rafter nos deja patente en esta obra de teatro. Lazarillo de Tormes monta su escenografía en el altar mayor, sin más elementos que los esenciales y apropiados: un púlpito, y una réplica exacta del órgano del Maestro Salinas, cuyo original se conserva en la Catedral Vieja de Salamanca. Ambos objetos han salido de las manos de uno de los actores, cuyo papel en la obra es también imprescindible, el padre dominico.

Al órgano se interpretan canciones renacentistas propias de la época, a manos de otro de los actores, un joven, ciego como el maestro Salinas, y responsable así mismo del Kyrie Eleyson, con el que entra cantando a la iglesia el grupo de hermanas carmelitas de Teresa, que abre la puesta en escena y que es capaz de conquistar al público asistente desde ese preciso instante. El resto puede parecer igual, por ya conocido para muchos espectadores que han asistido en varias ocasiones a disfrutar de “Teresa, la jardinera de la luz”, pero sin embargo parece magia comprobar que cada representación es única, a la vez que convierte en único al público asistente.

Los actores, vestidos con los hábitos de la época de Teresa de Jesús, hacen dudar en alguna ocasión de su auténtica condición de religiosos en la vida real, sin que se repare en que el vestuario no pertenece a nuestra época. Está puntillosamente confeccionado de acuerdo a los cánones entonces establecidos, y son el trabajo de una de las actrices, que aunque en la obra apenas habla, por ser la hermana “lega”, responsable de las necesidades del resto, con esta magnífica confección, ha aportado también un elemento básico para su éxito y credibilidad. La fuerza concentrada en el recinto religioso, como marco incomparable para el montaje y escenario de alta relevancia histórica, artística y teatral, es la guinda, por la que desde un primer momento apostó el productor Javier de Prado para su obra.

Olmedo de Camaces aplaudió como en tantas otras ocasiones, la luz que aporta este gran trabajo teatral, no sólo por su belleza estética, gracias a la sencillez y elegancia de los distintos cuadros creados en escena, sino por la elocuencia y claridad de un texto que nos acerca a una figura femenina que resplandece en su condición de mujer y nos hace entender el alcance real que tiene su dimensión de santa, porque es imposible llegar a Dios sino es a través de los hombres. La imagen viva de ello fue Jesús de Nazaret, su amado, que la llevó a entender no sólo los valores humanos que todos tenemos, sino la aspiración divina que en nosotros también se encierra.

Sus hechos y palabras lo ponen de manifiesto, porque para Teresa de Jesús “es tiempo de caminar” y “en la palabra está todo”. Quizá porque el Verbo se hizo carne..., y el nombre que damos a las cosas, las crea para siempre. Un gran olmo que había en la Plaza Mayor de Olmedo era el recuerdo de la abundancia de ellos en la zona. Un tornado se lo llevó. Sin embargo el origen y crecimiento de la localidad siempre estarán marcados por este hecho. Muchos “tornados” quisieron destruir a Teresa de Jesús, pero sus huellas ya eran demasiado profundas en todos los lugares y vidas donde quedaron marcadas. Como el san Jorge, patrón del pueblo y que da nombre a la ermita del Sierro, luchó contra cualquier adversidad, y sus semillas quedaron en otros y dieron luz para que deseos impensables salieran de la oscuridad e iluminaran como lo hacen las estrellas que caen en esta noche de san Lorenzo en la que la confianza parece hacernos a todos iguales: “...que quien cree y espera, todo lo alcanza.”.

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