Sábado, 19 de agosto de 2017
Bracamonte al día

Y después, los encierros, la procesión, la loa y la corrida

Esencias de una Villa con tradicional amor por el toro
Levántate, morenita,
levántate, resalada,
levántate.
Los novillos vienen,
al amanecer,
si no te levantas,
no los vas a ver…
 
Los encierros a caballo eran de una estampa excepcional. La nobleza de la manada, escoltada por un grupo de caballos y gente de a pie, avanzaba parsimoniosa, sendero arriba, hasta la Carrallano; se esperaba que el sol apuntara y, en ese instante, se espantaban los novillos, que, ladera abajo, los jinetes dirigían hacia el corral de las campanas, donde se cerraban, para después, trasladarlos a la plaza de toros, para la prueba de la mañana y la corrida de tarde. El griterío de las mujeres y el trance de la embestida de los morlacos se adueñaban del rastrojo recocido por un sol poco condescendiente. 
 
Antes del encierro, se había cumplido con el ritual de tomar el mantecao y la copa de aguardiente.
 
Y las pandas de mozas, como nos cuenta Ana María Hernández Martín, se  la pasaban en vela, para no perder el encierro.
“El día de san Roque tas las amigas nos acostábamos juntas, ni dormíamos ni ná. Nos quedábamos ancá la tía Manuela, tumbás en el suelo con la enagua y la atadera pa adelantar más por la mañana. En los incierros tos los toros corrían lo mesmo por las tierras que por el pueblo. Los toros corrían sin tino; al que podían apañar lo sacudían, y los mozos se acobijaban donde se terciaba. Cuando alguno se colaba por el pueblo, tocaban las campanas a toro suelto. Nosotras, cuando venían los cabestros, nos acobijábamos en la metecasa con alto miedo.
 
La misa en honor del Patrón se celebraba a las diez de la mañana, y, a continuación, la procesión del Santo, que, antaño, duraba cuatro horas, bailando la típica charrá de san Roque, que implantó Antolín Pachulo, en 1918, por siempre.
Antes de que el Santo hiciese su entrada en la iglesia, un jornalero del campo, de esos de inteligencia privilegiada, se subía a la vara de un carro y recitaba la loa a san Roque, se trataba del afamado Berbique, quien, con voz firme y sonora, se dirigía a la multitud:
 
 “Decidme, ¿a quién buscáis?
- A san Roque.
-Ya lo tenéis aquí,
a este Santo peregrino.
¡Cuánto gozan los vecinos
al acordarse de ti!
Todas las penas se acaban,
cuando se acerca este día;
el pobre goza sus penas,
el rico más todavía,
al mirar esos semblantes
de san Roque y de María”
 
 Y, a continuación, la capea, donde los aficionados al toro intentaban, con su percal, ganarse la admiración y el aplausos del respetable. Allá surgía el percance, el revolcón, el gracejo de algún Tancredo y el corte, a pie quieto, ante las astas. Sonaba el pasodoble, y el encogimiento de la moza enamorada, que gritaba a su mozo desde el balcón de la Ninfa.
 
Y fuera de la plaza, los puestos de golosinas preparaban los paquetitos de confites, de almendras garrapiñadas, el palo dulce y el regalí; lo mismo hacían el heladero y el del bombo de los barquillos, en espera de que los niños saliesen de los toros para hacer su pequeño agosto; y allá, bajo los soportales de la señora Guadalupe, el puesto de melones y sandías; y, en el rincón de la iglesia, Paquito con su churrería. No había más atracciones, pero las suficientes para pasarlo de madre, y con el ruego al Santo de que no se acabase el alboroto.
 
La juventud de hoy pide al Santo: que no se rompa la noche.