Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Trece razones

Acabo de ver la serie en Netflix. Tengo dos hijas aún pequeñas y se me han encogido las entrañas. Imagino que les pasará lo mismo a los que sólo tienen hijos, incluso a cualquier persona sin descendencia. Es brutal para todo aquel que tenga más de dos dedos de frente en el corazón. Y no quiero ni imaginarme a los que tienen en casa a algún muchacho o muchacha en la edad crítica en que pasan de ser niños a ser adultos. Ya digo, tremenda.

Oficialmente, en España se registraron 3.602 muertes por suicidio en 2015, último año con datos del INE. Se quitaron la vida 2.680 hombres y 922 mujeres. Es, con mucha diferencia, la principal causa de muerte no natural. 

En la franja de edad adolescente y juvenil que va de los 15 a los 29 años, cuando se tiene toda la vida por delante, los suicidios se han disparado. Ya son la tercera causa de muerte. Los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística arrojan la escalofriante cifra de 310, lo que supone un 7.77% del total de víctimas del suicidio.

Entre las principales razones de este comportamiento va cobrando cada vez más fuerza el acoso escolar y el acoso a través de las redes sociales. 

“Trece razones”, que así se titula la serie que vengo a recomendar, es la historia de una de esas adolescentes que acabó en el suicidio porque no encontraba otra salida a su situación. No voy a entrar en detalles técnicos, ni interpretativos, ni de guión, ni nada que tenga que ver con el envoltorio del producto audiovisual. Insisto en que la miga del asunto está en el tipo de relaciones que se van creando a lo largo de este periodo convulso en el que se acaba de forjar la personalidad.

No voy a contar el final del argumento que te mantiene en tensión durante los 13 capítulos. Pero sí diré que cada uno de ellos está dedicado a un tipo de acoso que, más o menos, se puede encontrar en cualquier clase de cualquier instituto de cualquier lugar. 

La protagonista ha dejado grabadas siete cintas de casete antes de cortarse las venas. En cada una de las caras explica por qué una persona la empujó a tomar la decisión de desaparecer. El resultado final es que no hay un único culpable. Sí que hay diferentes grados de participación en las vejaciones, los desprecios, los silencios y las complicidades con los abusones. Pero también hay una dosis importante (muy importante) de libertad en la decisión final de la chica que acaba suicidándose. Un personaje ideal para que cualquiera de nuestros estudiantes se pueda sentir identificado, al menos, en algunos de los momentos en los que se convierte en chivo expiatorio del grupo.

Sin olvidar que es una serie de ficción y que necesita ciertos giros de guión no voy a equivocarme si afirmo que se trata de un regalo impagable de visionado obligatorio para adolescentes, educadores y padres de familia. Quizá viendo la serie de moda podamos acercarnos siquiera a entender la responsabilidad que todos y cada uno de nosotros tiene con los demás en la convivencia diaria. En casa, en el instituto, en la iglesia, en el barrio.