Lunes, 23 de octubre de 2017

El futuro es el pasado

Hace tanto como en 1973, tomé una foto callejera en Argel (asistía entonces como periodista a la Conferencia de Países No Alineados), en la que una joven maquillada y minifaldera se topaba con una matrona enlutada que sólo dejaba ver una parte mínima del rostro. “¡Vaya —pensé—, éste es el cruce del pasado que se va con el futuro que ya viene!”

Me equivoqué de medio a medio: la joven lamentablemente representaba la libertad laica que desaparecía de un Magreb cada vez más fundamentalista, y la vieja, en cambio, suponía la vuelta con todo su furor del Islam más radical y duro.

Los aprendices de futurólogo nunca hemos acertado con nuestras predicciones. Según lo que se preveía hace setenta u ochenta años, los humanos vestiríamos habitualmente trajes de neopreno a partir del año 2000, nos alimentaríamos con algas, en vez de la exquisitez de la nouvelle cuisine, y estaríamos regidos por una autoridad universal.

Muy al contrario: la población del planeta se ha duplicado desde entonces, pero el número de países se ha triplicado. Sin contar con los Estados viejos, como San Marino o la Ciudad del Vaticano, algunos de los nuevos no llegan a los 20.000 habitantes, como Tuvalú, con 11.000, o Nuaru, con 13.000.

O sea, frente a la unión, la dispersión; frente a la igualdad, la diferencia. Cuando vivimos ya en un mundo global, en el que se consumen las mismas hamburguesas en el atolón de Kiribati que en Manhattan, en la que los niños kuwaitíes llevan las mismas camisetas del Madrid o del Barça que sus coleguillas de Hong-Kong, ni siquiera sabemos en cambio quién gobierna en Libia o en Somalia, Gran Bretaña se sale de la Unión Europea y los separatistas catalanes pretenden la destrucción de España.

El último analista que se equivocó fue Francis Fukuyama, con su libro El fin de la Historia, al afirmar que las luchas ideológicas se habían acabado con el fin del comunismo y el triunfo e del capitalismo. Muy al contrario, el conflicto ahora es religioso, quién lo diría, y sin saber cómo estamos en las guerras santas de hace mil años pero, eso sí, con nuevas tecnologías.

O sea, que sintiéndolo mucho, el futuro, hoy día, vuelve a ser el pasado.