Lunes, 11 de diciembre de 2017
Bracamonte al día

Y, después, el toro bravo

Un repaso por la esencia taurina siempre ligada a los macoteranos
La fiesta popular macoterana estuvo y está, desde siempre, condicionada por el toro, de tal manera que, “si no hay toros, tampoco, baile; y, si no hay baile, tampoco, misa; porque los mozos no la precisan”. La procesión de san Roque también fue y es pretexto, para que los macoteranos no faltemos a la convocatoria asamblearia anual del Santo; por lo que, el toro y la procesión han sido y son el hechizo de las fiestas patronales de San Roque. Y estos dos alicientes han presidido los días más añorados por los macoteranos, desde que tenemos uso de razón.
 
Y esta jarana sanroqueña se iniciaba el día de Santiago. Era costumbre que, después de misa mayor, los jóvenes tomasen el Consistorio, donde esperaba la Corporación, a pedir los novillos. Y el Ayuntamiento, previsor, ya los tenía apalabrados con algún ganadero del pueblo. ¿Queréis toros?, espetaba el alcalde. Y los mozos, bajando las escaleras, voceaban: “Tenemos toros”, Y cantaban: 
 
Los novillos de este año
ya sabemos quién los dos,
el tío  Molleta y Ramón,
que los saben contratar..
 
Y la canción se redoblaba por calles y bares. Y el contento era general. Y el ganadero traía los toros al prado, y todos los domingos se acercaban las pandas a ver el trapío de la manada, para, luego, urdir el comentario en las tertulias nocturnas, previas a los “sanroques”, en las terrazas de las tabernas. Y, durante los primeros días de agosto, el personal estaba atento al grito “¡Los carros!”, y todo el mundo se precipitaba con su carro y escaleras para coger el mejor sitio para contemplar la capea. El forcejeo, en la pugna, llegaba a tal extremo, que no faltó algún tirón de pelos por aquello de la prioridad. Y la juventud se afanaba en abrir los agujeros para colocar el trillo, que ejercía de burladero.
 
Y llegaba la víspera, y la serrana, llena hasta la baca, acercaba a los macoteranos, residentes en Salamanca, que habían conseguido el permiso del amo el mismo día por la mañana. Y el ambiente era ensordecer. El trajín de maletas y saludos se escuchaban por doquier. Las meriendas en las tabernas se adueñaban, con sus mesas, de buena parte de la vía, y las jarras de vino animaban el hervor de la emoción de encontrarse entre los suyos y con los suyos, que hacía tiempo no compartían la hebra. ¡Cuánto gentío! Y yo, niño, lo contemplaba ensimismado, sorprendido e invadido de curiosidad. Y me decía:” Yo, también, algún día seré grande”.
 
No había pregón ni desfile de peñas, porque no existía la palabra peña, sino la de cuadrilla y panda. Las pandas de mozos no aciguaban. Los sastres y modistas se afanaban en quitar los últimos hilvanes a los trajes y vestidos. La Virgen era el día grande, solemne, de la elegancia, del estreno, del lucimiento: de los tres bailes: al mediodía, tarde y noche, hasta pasada la media noche. La juventud disfrutaba de día y eran muy pocos los que alargaban la noche más allá de las tres de la madrugada. Había que asistir frescos al encierro. 
 
“Los novillos vienen 
al amanecer, 
si no te levantas, 
no lo vas a ver”.
 
Y el día de la Virgen se estrenaba la cuba de San Roque, cuyo vino, espumoso, se elaboraba con la mejor uva de un pago, que se llamaba la Llaná; y se guardaba en la bodega de la tía Mielera, muy próxima a la plaza. Se vendía por jarras y se pagaba con monedas, que el tío Pondera introducía por la ranura de una arquilla, cerrada con dos llaves, porque el dinero se lo repartían entre el tabernero y la dueña de la bodega. 
 
Y, un año, un macoterano invitó al “Niño de la Blusa” a san Roque, el señor fue el afamado torero, Vicente Pastor, bajó a la bodega y no podía subir. Aguantó la moña, en cama,  durante los tres días de San Roque.