Lunes, 11 de diciembre de 2017

Ama y haz lo que quieras

He estado siempre muy lejos de pensar que la misericordia de Dios se redujese a las fronteras de la Iglesia visible. Dios es la verdad. Quien busca la verdad busca a Dios, sea de ello consciente o no”

 

Edith Stein (Carta 23-III-1938, OC I, 1251).

Quien ama no necesita más virtud que la de amar, comentaba San Agustín. En el amor perfecto del fin supremo no existe discordia ni desigualdad entre las virtudes, en la medida en que todas ellas se entregan por igual a Dios. En ese amor, las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza) se insertan en las teologales (fe, esperanza y caridad), donde el cáritas humano remite al ágape de Dios. Esa idea del obispo de Hipona, llegará a ser el hilo conductor en la vida de Sor Teresa Benedicta de la Cruz,  de la que hoy queremos hacer memoria, homenaje y admiración. Una vida desbordada en ese amor citado, que se despliega de forma casi ilimitada, creativa, siempre nueva y, abierta a posibilidades increíbles de donde el corazón propio ha penetrado en el corazón divino y laten al mismo ritmo. Pero no quisiéramos detenernos en la profunda espiritualidad de Edith Stein, sino en su búsqueda de la verdad.

Filósofa judía convertida al cristianismo, monja carmelita, canonizada por la Iglesia Católica y finalmente declarada Santa y co-patrona de Europa. Edith Stein, es apresada en su convento de Holanda, junto con su hermana Rosa y otros católicos de origen judío, el 2 de agosto de 1942 por oficiales de las SS, como represalia por las protestas de la Iglesia católica holandesa por el tratamiento de los judíos. Conducen a las dos hermanas al campo de concentración de Amersfort, donde llegan en plena noche, allí descubren los largos interrogatorios, los culetazos y patadas para introducir a los prisioneros en los barracones. En el campo, en los momentos más duros, muchos son testigos de la serenidad amorosa de Edith con las mujeres, muchos testimonios afirmaban que contagiaba santidad frente a las vejaciones. En los días siguientes son enviadas al campo de concentración de Auschwitz, junto con otras 1200 personas en un tren con las ventanillas tapadas. Según el testimonio de la madre del padre Bromberg: “La gran diferencia entre Edith Stein y las demás religiosas era su silencio. Mi impresión es que ella sentía aflicción en su interior, pero no miedo. (…) Casi nunca hablaba, tan solo con frecuencia miraba con enorme tristeza a su hermana Rosa (…) ella preveía lo que les aguardaba a ellas y a los demás”. En el abandono del sufrimiento, se entrega a los pies del crucificado, lo que no impide que sea una fuente de amor y misericordia para todos los que le rodean. Entrega su vida entre el 8 y 11 de agosto en una cámara de gas, desnuda y libre de equipaje, ofreciendo su martirio por la eterna salvación de su amado pueblo Judío.

Su vida está marcada por la búsqueda de la verdad, en uno de sus escritos afirma: “Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios”. En ese camino de búsqueda pasa de la psicología a la filosofía, desarrollando su pensamiento en la fenomenología de Husserl, de la que llegará a ser su asistente. Su época, como la nuestra, estaba marcado por un fuerte positivismo, relativismo y psicologismo, encerrado el pensamiento en el mundo material y desechando toda explicación religiosa, paralizando toda libertad de espíritu. Acallar el tema de Dios es la constante de nuestro tiempo, Heidegger recomendó no hablar en el ámbito del pensamiento, todavía nos estamos preguntando qué beneficios ha reportado ese silencio. Dios ha inspirado brillantes páginas en la historia de la literatura y de la filosofía. Esa inquietud de búsqueda de la verdad, lleva a Edith Stein a la búsqueda del sentido más allá de esa “psicología sin alma”, donde la vida y de la existencia se desconecta de la vida anímica y queda a merced de lo puramente sensorial. En la filosofía del Husserl, encuentra una búsqueda del sentido del ser que despliega con toda su pasión y creatividad, mientras que el maestro con su filosofía zarande todo empirismo, escepticismo y relativismo. Se convertirá en una de las mayores expertas en fenomenología de su tiempo, posiblemente la mejor de los discípulos de Husserl en la concreción de su pensamiento.

Un momento importante de esa búsqueda, fue el impacto de las conferencias religiosas de Max Scheler, filósofo judío convertido al catolicismo, que provoca la conversión de muchos de los discípulos de Husserl. La “filosofía profética” y la ética de los valores de Scheler, deja en Edith una profunda impresión, abriendo un mundo totalmente nuevo y colocando a la pensadora en el ámbito de la religión. Solo desde esta realidad religiosa, el fundamento de los valores, llevan al hombre a un abismarse en la realidad trascendente. Una realidad que no llevó a Edith Stein a la fe, pero hace que descubra que la realidad de lo eterno brille en la amplitud de las cosas y del mundo.

Otra de las personas que admirará Edith y que ayudan a esa búsqueda de la verdad, será el joven profesor Reinach, ferviente cristiano y fenomenólogo y eslabón entre Husserl y sus discípulos en el camino hacia la fe. El pensamiento de Scheler se encarnaba en la vida del joven profesor, resaltando por la bondad de su corazón. La muerte prematura de Reinach en la Gran Guerra, inclinarán a Edith hacia ese nuevo mundo, abriendo su pensamiento y su corazón a una realidad no tan estrecha. En el otoño de 1921 pasará unos días en una finca de unos amigos, la famila Matius. Devorando libros de la biblioteca de la familia, un día tomó un libro de Teresa de Jesús, siguiendo sus propias palabras: “Un día tomé un volumen bastante recio. Se titulaba Vida de Santa Teresa de Jesús, escrita por ella misma. Comencé a leer. Al instante me sentí cautivada, no pude interrumpir la lectura hasta llegar a la última página. Cuando cerré el libro dije en mi interior: ¡esto es la verdad!”. El Dios que descubre Edith y que marcará su destino, no es el Dios de la ciencia y el pensamiento, sino del amor. En ese himno continuo a la misericordia de Dios que descubre en Teresa de Ávila, hace que salga de las sobras del abismo y se encamine como un torrente a la luz de Dios. En la locura de la cruz comienza la felicidad y el verdadero cambio de Edith Stein, que la llevarán con 30 años al bautismo y después a ingresar en el Carmelo. “He aprendido a amar la vida desde que sé para qué vivo”.

Esa nueva realidad abre su razón al pensamiento de Santo Tomás de Aquino, en el filósofo dominico, completará su búsqueda de la verdad, poniendo su ciencia al servicio de Dios. Comprenderá que la vida contemplativa no es una huida del mundo, es salir de sí para adentrarnos en Dios, en los demás y en el propio mundo. Con Santo Tomás puede interrogar a Dios y trazar las fronteras de la razón, moviéndose entre Atenas y Jerusalén, entre la filosofía y la teología, encontrando sentido y respuesta a sus preguntas.

La vida de Edith Stein no se reducen a su pensamiento y filosofía, profundo y luminoso, tendrá una rica vida religiosa y espiritual, en la línea de los grandes maestros carmelitas: Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Teresita de Lisieux. Alcanzando la profundidad mística, caminando por las sendas de la oración y la contemplación que la llevan a la unión con Dios, que no se turba ni en los momentos más duros de su vida. La mística, descubre Edith, es el culmen de la religión dinámica, dejándose penetrar por la divinidad como el hierro por el fuego que lo enrojece. El verdadero hombre o mujer de religión, incluso en las experiencias más fuertes, nunca renuncia al pensamiento en la búsqueda de Dios.

Una de las últimas fotos de Edith Stein antes de ser deportada en la que su rostro refleja una profunda paz