Martes, 17 de octubre de 2017

Maldita ironía

Me gusta la ironía, el filtro natural que establece entre las inteligencias flexibles y aquellas otras excesivamente estructuradas. Me gusta cuando se expresa con finura y provoca sonrisas cómplices de lado a lado de la mesa entre unos pocos privilegiados. Me gusta cuando eleva a la crítica a renovadas cotas de calidad literaria. No me gusta nada, en cambio, cuando muestra su versión más siniestra y macabra, interrumpe el curso natural de las cosas y conduce a paradojas tan poéticas que duelen de verdad, como que Ángel Nieto, uno de los mejores pilotos de motociclismo de la historia muriera sobre un vehículo de cuatro ruedas, despedido por el impacto de un coche en una isla de paisajes paradisíacos claramente asociada al período estival.

 

La misma semana en que nos enteramos del fatal desenlace del piloto zamorano, otros dos fenómenos del deporte concretaron o anunciaron su adiós. Usain Bolt lo hizo con un modesto tercer puesto en los cien metros lisos del Mundial de Londres, alegando excusas impropias de un hombre que rebajó las plusmarcas del cien y el doscientos hasta casi fosilizarlas. Alberto Contador lo ha hecho con un comunicado en el que anuncia que la Vuelta a España será su última prueba como ciclista profesional. Lo hace feliz, dice, feliz de no tener que soportar nuevas torturas a bordo de una bicicleta, ninguna nueva dieta limpia en grasas e hidratos de carbono para mantenerse en el peso ideal fijado por su médico.

 

No me cabe duda de que Usain Bolt y Alberto Contador sabrán dotar de un nuevo sentido a su vida tras la retirada. El primero será embajador del COI o la IAAF, filántropo y promotor de mejores condiciones para las nuevas promesas jamaicanas del atletismo. El segundo se muestra entusiasmado con su fundación para la divulgación y expansión del ciclismo, de la que a buen seguro surgirá el germen de un equipo profesional que dirigirá de manera más o menos directa o implicada. Ambos son referentes de sus deportes y de sus países; el primero, tal vez, el mejor atleta de todos los tiempos.

 

Sin embargo, ambos entenderán que a los pies del campeón recientemente fallecido solo les queda arrodillarse. No por sus campeonatos, que dibujan un palmarés impresionante, a la altura de muy pocos, sino por su carisma y esa condición de pionero que lo sitúa a la altura de los primeros conquistadores de tierras vírgenes o recónditas, de selvas, polos y cumbres inaccesibles. Ángel Nieto comparte méritos y trofeos con muchos (en realidad pocos) otros genios de sus respectivos deportes, pero su historia personal es la de un puñado de privilegiados que se empecinaron en hacer de entornos hostiles, incompatibles con el desarrollo de una carrera profesional, vergeles ricos en agua y vegetación, ambientes excepcionales para el surgimiento de tipos tercos y muy testarudos, convencidos de que ir y volver de Madrid a Barcelona por la antigua Nacional II no era una locura, sino el único camino hacia ese éxito que muy pocos pudieron predecir. Un éxito que nada le debe a la maldita ironía y todo, si acaso, a esa bendita locura que compartía con Seve, Manolo o Paquito Fernández Ochoa.