Jueves, 17 de agosto de 2017

Nada es lo que parece

El agosto tórrido de todos los años, pródigo en incendios, gentes de vacaciones, niñas rubias con menorquinas y calores extremos nos está dejando noticias triste, colas turísfobas, políticos que no hablan y muertos en las carreteras ya sean de Ibiza o de India. Agosto cruel el nuestro, casi recién comenzado aún, que no son las fiestas de la virgen y la sierra de Salamanca bulle de gente feliz que arrastra la nevera o se sienta en las terrazas a conjurar la crisis. Agosto debía ser un mes de alegrías, pero nos está dando bastantes disgustos, y como en el hemisferio sur están en invierno o en tiempo turco, hasta nos llegan noticias de un levantamiento militar en Venezuela de esos que huelen a Erdogan que tiran para atrás.

         Heme a mí misma el otro día dándole la razón –qué extraño- a Felipe González mientras cocinaba y oía la radio. Normalmente a González no le hago ni caso, pero hablando de Venezuela –quitándole importancia a Zapatero, cosa curiosa- dijo que, si Maduro tenía tantos votos, lo que debía hacer era convocar unas elecciones generales y que se jorobara el que perdiera. Cierto. Pero también es verdad que en una sociedad tan fragmentada y tan herida ¿Quién va a fiarse de los resultados? ¿La fiscal general recién destituida? Ni entro ni salgo, pero es cierto que, ante esa noticia del supuesto golpe no puedo por menos que pensar en el efecto turco. Armo la de Dios y luego a limpiar disidentes mientras Europa mira hacia otro lado. Venezuela, a la que llamaron los españoles pequeña Venecia, es un extraño país en el que movemos ficha cuando nos aburrimos de mirarnos el ombligo. Venezuela, que tanto nos importa, está lleno de españoles y de corrupciones varias que, sencillamente, en estos años de revolución bolivariana, han cambiado de signo. El dinero es igual de importante, seas una familia de las de toda la vida o un recién llegado chavista. Y ahí está la cuestión. En el dinero, el que una revolución no reparte, sino que cambia de manos. Unas manos tan sucias como las de Ortega en Nicaragua y alguno de los Castro en esa Cuba que, al final, no va a tener petróleo ni para mover una moto de uno a otro lado del Malecón.

         Si el mundo tiene a Corea para entretenerse, América Latina tiene a Venezuela. España a Cataluña, pero de estos estamos más cansados. Y así va pasando el verano, entre calores, sofocos, terrazas y accidentes. No está siendo un estío normal o quizás sí, con sus cosas, con sus crisis, con sus patios de afuera pasando calamidades mientras la gente joven de aquí se busca la vida y hasta se abrasa viva trabajando en un hotel de Tarifa. La España que no veranea se pelea con el calor, los horarios, los convenios colectivos y hasta los incendios forestales. Por eso suda sangre y no está bien pagada, por eso hace colas y en ocasiones, la pega contra el turismo. Y mientras, no sabe uno ni qué hacer, porque todo depende de la perspectiva. Y eso, en Venezuela, es como mentar a la turca, que venga el levantamiento y a hacer limpieza. Aprender de los otros es una virtud, que no un vicio. Efecto de perspectiva.

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez