Lunes, 23 de octubre de 2017

Neymar y mi sobrino

 

 

 

 

 

 

 

 

     Uno de mis primeros recuerdos infantiles es encontrarme pegado al cristal de una tienda de televisiones que había en la esquina en que las calles del Concejo y Zamora ponen proa hacia el Norte, donde estribor sería la calle Zamora y babor la del Concejo. En blanco y negro y sin sonido (no llegaba a la calle) estaban retransmitiendo por la tele un partido del Real Madrid. Como muchos niños de la época me sentía identificado con los jugadores y soñaba con parecerme a Puskas o a Gento, aunque nunca tuve ni el toque ni la precisión y potencia de tiro del uno, ni mucho menos la velocidad del otro. Nunca llegué a saber si yo valdría para el fútbol o no, pues el deporte base apenas existía, y menos para los que no estábamos afiliados al Frente de Juventudes y nos teníamos que conformar con jugar en la Calle Rodríguez Sampedro, que luego fue Pérez Almeida y ahora es Comuneros. El poco tráfico motorizado que entonces había, la anchura de la calle y la relativa ausencia de baches, permitían intensos partidos después del Cole, o los días en que no había clase. Pero sin orden ni concierto, ni entrenador, ni un compañero jugón del que poder aprender más deprisa.

     El fútbol siempre ha sido un juego divertido, formativo, educativo y muy entretenido. Los niños juegan al fútbol para pasárselo bien y muchos entrenadores de renombre hay que, cuando un jugador profesional salta al campo, le dicen que salga a divertirse; está preparado físicamente, domina la técnica, la táctica y la estrategia, tiene sentido del juego colectivo y se siente parte de un equipo, pero si no se divierte difícilmente exprimirá todo su potencial.

     Mi hermano pequeño Jesús y su hijo, mi sobrino Miguel, disfrutaron y disfrutan de una época mucho mejor que la mía para la práctica del deporte. Pero ya entonces, pronto hará cuarenta años, había gente, directivos de un Club importante como era la Unión Deportiva Salamanca, que no tenían las ideas claras y carecían de sentido común. Cuando mi hermano estaba en el último año del Bachillerato, un directivo de infausta memoria le dijo, más o menos: “Chico, tú vales para esto, pero tienes que elegir entre el fútbol o los estudios”. Me sorprendió la madurez de la respuesta de mi hermano: “ya lo he pensado. Y he elegido el fútbol –aquí hizo un breve silencio- y los estudios”. Y así fue como no pudo llegar más alto en el club, pero hizo una muy buena carrera universitaria, vocacional, que le ha permitido hasta ahora trabajar en lo que le gusta y vivir con normalidad y sin estrecheces. Tengo para mí que mi sobrino y sus compañeros, sus madres y padres y sus entrenadores y directivos lo están haciendo bien, aunando el deporte y los estudios, la vida familiar y el fomento de una amistad y compañerismo sanos, a la par que mantienen y perfeccionan los valores deportivos. La  conjunción y el equilibrio entre todos esos valores, sazonados por una pizca de sentido común zamorano, les ha llevado a ganar la última liga provincial correspondiente a su edad, alegrándose y festejándolo, pero sin subirse a pedestales falsos.

     Y es que la súper profesionalización del fútbol base está llegando a extremos tragicómicos: hay niños de trece años que ya tienen representante y padres que llevan cada día de la semana a su niño a entrenar a otra ciudad vecina, priorizando así un hipotético futuro  futbolístico profesional del niño, sobre su porvenir humano y vocacional. Una pena. Por no hablar de los comportamientos irracionales de algunos padres y madres de niños muy pequeños, que montan un show un fin de semana sí y otro también en los campos de fútbol base, como si su niño de nueve años, o de quince, estuviera disputando la final de la Champions League. Otra pena.

     El caso de Neymar, al parecer, supera incluso los límites de la hiperprofesionalización para pasar al ámbito de la alta política, 222 millones de euros, o sea treinta y seis mil novecientos treinta y siete millones seiscientas noventa y dos mil pesetas que el Club Paris Saint Germain, club de fútbol emblemático de París, pero dirigido por un jeque catarí -el que paga manda- ha pagado para hacerse con sus servicios; el Emirato de Qatar, podría haberse enfadado por la espantada que ha dado el Fútbol Club Barcelona al renunciar al patrocinio de la Qatar Foundation, y buscaría tomarse cumplida venganza privándole de su jugador más prometedor y mediático. Total, 222 millones, calderilla petrolera. ¡Será por dinero! Neymar ha pasado a estar en el centro del pin pan pun de las acusaciones cruzadas entre unos países musulmanes y otros también musulmanes, árabes o no, sobre quién potencia y financia más y mejor el terrorismo islamista. Y, como todo tiene un precio, el padre de Neymar ¿se llevará también? veintiséis millones de euros por ampliar un contrato que no va a cumplir.

     Espero que mi sobrino y sus compañeros no se dejen meter en este lío. Los jóvenes jugadores –que ya van siendo conscientes del embrollo- y sus padres y entrenadores y actuales directivos no deben renunciar al sentido común, dejándose engatusar por promesas improbables, para que ese maravilloso juego siga ayudando a millones de niños y jóvenes de todos los países, de toda raza y religión, a crecer como personas, a la par que se divierten.

(en la foto: mi sobrino Miguel junto con el resto de la plantilla del Club Deportivo San Lorenzo, de Zamora, en la categoría Cadetes, temporada 2016-2017)